Estrellas de los Mundiales: Mané Garrincha
Fotomontaje: Ricardo Palmeiro | VAVEL.

Suele ocurrir que en los libros de Historia aparecen personajes épicos. Valientes generales, sabios literatos, admirados líderes. Los que escriben la Historia acostumbran marcar una clara diferencia entre buenos y malos. Entre admirados y olvidados. Modelos de conducta que sirvan a los más jóvenes. Ejemplos. También ocurre con el fútbol. Quizá es por ello que el nombre de Mané Garrincha no aparezca con la asiduidad que debería dictar su colosal talento de otra galaxia. Solo así podría explicarse que un genio del fútbol, campeón del mundo y absoluto dominador dentro del campo, muriera sin llegar a cumplir el medio siglo en medio de la mayor de las miserias y solo en el olvido.

Ni un atisbo de gloria presagiaba la infancia de Manuel Francisco dos Santos. A los pocos años de su nacimiento, el 28 de octubre de 1933 en Pau Grande, barriada de Río de Janeiro, los doctores ya le diagnosticaron varias malformaciones. Columna desviada, la pierna derecha seis centímetros más larga que la izquierda y los pies zambos, torcidos hacia adentro, todo ello agravado por una severa poliomelitis. Todos estos problemas le granjearon al pequeño Manuel el sobrenombre de Garrincha. Este apodo se lo pusieron sus hermanos en referencia a un pequeño pájaro de la selva de Mato Grosso, conocido por ser realmente feo y torpe. Asequible de atrapar para los cazadores. Increíble paradoja la que traería el tiempo.

No es que nadie imaginase que ese pequeño pudiera ser campeón del mundo y leyenda del fútbol brasileño. Sencillamente era que nadie en su sano juicio podría creerse que aquel delgaducho desgarbado pudiera jugar algo más que pachangas en el barrio, esas en las que solía ser el último en ser elegido por los “capitanes” de cada equipo.

De la nada al todo

Pero el pequeño Manuel disfrutaba de la pelota. Era su amiga. Pasaba más tiempo con ella que con nadie. Quizá por ello aprendió a tratarla así. Su habilidad le llevó a fichar por el Botafogo, después de darse a conocer en el equipo de la industria textil en la que trabajaba. Profesional. Garrincha lo había conseguido. Se acabaron las maratonianas jornadas en la fábrica. Su pasión sería también su trabajo.

La enorme alegría que supuso en la familia de Mané llegar al Botafogo, algo impensable, pronto se convertiría en una brizna de paja en el viento. En el primer peldaño hacia el recuerdo eterno. Rápidamente, se pudo comprobar que la insultante superioridad que tenía Garrincha en el fútbol amateur, era casi idéntica en el profesionalismo. Con 19 años, en 1953, inició una inolvidable carrera en el Fogão que duraría 13 años. Cada dos semanas, los hinchas cariocas iban al Engenhao a ver a Garrincha. No al Botafogo, ni a su rival, ni siquiera a ver la victoria de su equipo. Lo único que importaba era ver al genio patizambo hacer magia en cada pelota que tocaba.

Esa gran popularidad le lanzó al estrellato y su carácter despreocupado hizo el resto. Sobre el campo era lo mismo. Su enorme facilidad para driblar rivales, le llevaba a esperarles para volverles a superar. Fútbol era diversión para Garrincha. Y fútbol era diversión para los que veían a Garrincha. Por este motivo se ganó el apelativo de La alegría del pueblo.

De amarillo al cielo

La fama que había alcanzado Garrincha obligaba a Vicente Feola a llevarlo al Mundial del 58 en Suecia, a pesar de tener dudas sobre su capacidad de involucrase colectivamente. Pronto quedó demostrado que su colosal talento y facilidad de desborde trascendía a cualquier impedimento que el seleccionador pudiera poner. De los 60 partidos que jugó con la selección, Garrincha solo perdió uno. En Suecia, la fama se la llevó Pelé, mientras que el extremo del Fogão disfrutaba regateando, fintando y engañando a los rivales. Junto a Pelé, Didí, Vavá y Zagallo, formó una delantera mítica, que llevó a Brasil a lograr su primera Copa del Mundo.

Bicampeón del mundo con las piernas torcidas

Pero la leyenda de Garrincha se escribió cuatro años después, en Chile. Con 28 años, Mané llegaba en plena madurez deportiva. Esa frase sería aplicable a cualquier profesional, pero no al ángel de las piernas torcidas, que nunca tuvo ni madurez deportiva ni otra de ningún tipo. Un terremoto había puesto en peligro la celebración del torneo. Finalmente el terremoto fue Garrincha.

Todos los focos se pusieron sobre el fenómeno de Río cuando Pelé se quedó fuera del campeonato por lesión en el segundo partido del campeonato. Decir que Garrincha asumió el reto sería mentir. Simplemente, el extremo siguió haciendo lo que hacía siempre, pero sin nadie con el que compartir mérito. Despreocupado, dejado. Mané se divertía destrozando defensas rivales. Brasil se beneficiaba pasando eliminatorias.

Garrincha contra el mundo. (Foto: Futebol Arte).

En cuartos de final, la Canarinha venció a Inglaterra. Dos goles de Garrincha y su ilimitado catálogo de recursos técnicos, desquiciaron a los británicos, que cayeron 3-1. Pero la exhibición por excelencia de aquel torneo llegó en semifinales. Ante la anfitriona, Chile, Garrincha jugó desbocado. Su atrevimiento y su descaro llegaron al máximo. Apareció por todas partes, se fue como y cuando quiso. Imposible quitarle la pelota. Ante las patadas de los chilenos, Mané se levantaba con una sonrisa. Bravucón. Se sabía tan superior que nada le importaba. Un doblete suyo y otro de Vavá llevaron a la Seleçao a la final. Al día siguiente, el diario chileno Mercurio lanzaba una pregunta al viento en su portada: “¿De qué planeta procede Garrincha?”.

Llamaba Joao a todos su rivales

Sucedió que en aquella exhibición contra Chile en semifinales hubo una nota negativa. Fue la expulsión de La alegría del pueblo. Resultó que después de la enésima patada de los chilenos sin sancionar, Garrincha se revolvió contra el árbitro y, al ver sus rasgos orientales, se decidió a insultarle pensando que no entendería nada. La mala suerte que tuvo el extremo fue que el colegiado era peruano. La posibilidad de suspensión en la final de Mané llegó hasta el presidente de Brasil, que intercedió ante la FIFA para que le quitasen la sanción. Tal era la expectación que hasta el gobierno peruano y la selección checoslovaca (la otra finalista) pidieron que la roja se quedase en amarilla. Así fue. El órgano federativo permitió a Garrincha seguir brillando en la final de su Mundial. También ayudó que, cuando se retiraba tras la expulsión, fuera alcanzado por una piedra y recibiese puntos de sutura. Otro ejemplo de cómo fue usado por el poder mientras era útil.

El día del partido definitivo, el futbolista iba hacia el estadio tan tranquilo como siempre pero, en un momento dado le preguntó al seleccionador Aymoré Moreira por qué había tanto ruido. El entrenador, sintiéndose casi insultado le respondió: “Hoy es la final de la Copa del Mundo”, a lo que Garrincha respondió: “Ah claro. Debe ser por eso que hay tanta gente”. Así era Mané. Todo le daba igual. No le importaba el dónde, ni el cómo, ni el contra quién. De hecho, a todos sus rivales les llamaba Joao, en clara muestra de su desinterés y de su espíritu vacilón. Después de esa situación kafkiana, el extremo carioca venció junto a sus compañeros a Checoslovaquia por 3-1 y se convirtió en bicampeón del mundo.

Del todo a la nada

Garrincha tuvo tiempo para jugar otro Mundial. En el 66 en Inglaterra. El rendimiento de Brasil no fue el esperado y cayó en la primera fase. El ocaso como futbolista de La alegría del pueblo daba comienzo. También el personal.

Antes de la treintena, el extremo parecía inmune a su alcoholismo y a su tabaquismo. Se tomaba cubatas delante de los entrenadores, añadiendo discretamente ron a su vaso de coca cola, trasnochaba, se pasaba el día gastando bromas. Pero su especialidad era escaparse de las concentraciones para vivir numerosas y variadas aventuras sexuales, para las que estaba especialmente dotado. Cuentan que su armamento disponía de 25 centímetros de calibre. Tres bodas y 35 hijos, de los cuales reconoció “solo” a 15.

Murió borracho y solo. Utilizado. Olvidado

Pero la edad empezó a hacer mella en el indestructible extremo. Dejó el fútbol en el 72, y ahí empezó un declive vertiginoso que le llevó a perder la vida nueve años después. A nadie le preocupó mientras estaba vivo. Ya muerto se sucedieron homenajes, recuerdos y palabras grandilocuentes sobre el mito. El Botafogo, que no le pagó todo lo que le debía, puso su bandera sobre su ataúd. El gobierno del país, que tanto le vanaglorió cuando fue campeón del Mundo en el 58 y en el 62, miró hacia otro lado en su caída hacia el abismo. Garrincha murió borracho y solo, con cirrosis, en un arrabal de Río de Janeiro, sumido en el olvido.

Un final triste para La alegría del pueblo, que vivió sin miedo, sin obligaciones, sin responsabilidades. Un tren de vida que él mismo eligió. Su forma de ser única le llevó a esa espiral de autodestrucción, pero también a una manera de jugar inigualable, histórica. El mejor extremo de la historia vivió a su manera y murió como consecuencia de ello. “Yo no vivo la vida, la vida me vive a mí”, acostumbraba a decir. La vida le vivió hasta que se cansó. La sociedad le utilizó hasta que le cansó. Nadie quiere poner a un borracho, golfo y vividor como ejemplo de nada. Pero todo brasileño (y muchísimos foráneos) soñaron alguna vez con ser Garrincha.

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