Reyes sin corona: Brasil 1982
Fotomontaje: Ricardo Palmeiro | VAVEL.

Hubo un tiempo en el que no importaba tanto el palmarés. Que ganar Copas no era cuestión de vida o muerte. Que el segundo no era el primero de los perdedores. Hubo un tiempo que una constelación de estrellas como nunca más se ha vuelto a dar en la historia del fútbol, maravillaron al mundo entero con su juego de diamantes. Hubo un tiempo, muy cerca de aquí, en que Brasil no ganó la Copa del Mundo del 82, pero se ganó para siempre el corazón de cualquier aficionado a este deporte.

Tres estrellas en doce años. Una trayectoria fulgurante culminada con el legendario Brasil del 70 y con el ascenso a los altares de Pelé, símbolo de una generación. Insuperable. Los siguientes Mundiales arrojaron fracasos para la Seleçao. Ni en Alemania ni en Argentina, la Canarinha estuvo a la altura y entró en un período de declive. España 82 se presentaba como el giro a los orígenes. La vuelta a la esencia. El regreso al jogo bonito. Una conjunción de estrellas nunca antes encontrada, bajadas del cielo al césped por Téle Santana para que su arte quedase inmortalizada en los estadios españoles. No es que aquel equipo no tuviera ningún crack. Simplemente era que había tantos virtuosos, tantas estrellas brillando con fuerza, que ningún futbolista era considerado el factor diferencial. Aquel Brasil era un factor diferencial por sí mismo. Extraordinario.

Jugando para disfrutar

Resultó que la tierra de Federico García Lorca, de Antonio Machado, de Miguel Hernández, inspiró a los brasileños. La Seleçao llegó a España dispuesta a hacer poesía sobre el verde. Hoy en día, un equipo de estas características podría ser hasta criticado por los resultadistas. Fútbol moderno. En aquel entonces, el aficionado soñaba con el espectáculo, con la belleza. Aquella Canarinha hacía feliz al mundo.

Foto: CBF.

Siempre se dice que en Brasil lo único que importa es ganar. Quizá sea cierto en la actualidad. Pero no es menos cierto que un enorme número de brasileños piensa que el equipo del 82 era mejor que el del 70, aun a pesar de tocar metal. El considerado mejor equipo de la historia tenía una delantera devastadora, con Jairzinho, Tostao, Rivelino y Pelé aplastando a cada rival que encontraban en su camino hacia la tercera estrella. Sin embargo aquella generación, ya sin O Rei, halló su némesis cuatro años más tarde, cuando el fútbol total de la Naranja Mecánica de Rinus Michels (otro rey sin corona) la derrotó en el Mundial de Alemania. Fin de ciclo. Aquel equipo de Mario Zagallo era la samba. Juego alegre, combinativo, con muchas asociaciones. La calidad técnica era superlativa. El ritmo, dinámico sí, pero llegado el punto, previsible. Repetitivo, incluso.

Brasil no ganó el Mundial del 82, pero sí el corazón de todos los amantes del fútbol

El Brasil de Téle Santana era la bossa nova. Una música interpretada por auténticos virtuosos del balón. Cada intérprete, un talento inigualable. Un ritmo pausado que de repente acelera. Imprevisible. Nunca se sabía por dónde iba a salir. No es que aquellos músicos desechasen la partitura. Simplemente la adaptaban a su infinito talento para hacer de la improvisación arte. Por los costados, por dentro. Castigando desde fuera o llegando a línea de fondo. La Canarinha de 82 tenía multitud de variantes, pero una solo credo: la belleza. Con la pelota controlada, o en estampida. La contínua movilidad de sus jugadores ofrecía un caudal ofensivo sin límites. Brasil había llevado un paso más allá el fútbol total.

El arquitecto

“El fútbol es arte, es divertido, siempre atacando”. Podría haberlo dicho cualquier chico que disfruta con sus amigos jugando pachangas en la calle. Quizá un entrenador de categorías inferiores. Pero no. Esas palabras las dijo Telé Santana, el seleccionador de aquel sueño hecho realidad de cualquier aficionado al fútbol. Simplemente impensable en un técnico moderno. La torcida brasileña, tantas veces acusada de resultadismo, no debe serlo tanto. En una reciente consulta, la gran mayoría de los encuestados votó a Telé Santana como el mejor seleccionador de la historia de Brasil.

Telé Santana (1931-2006) entendía el juego como un espectáculo. Pensaba que los jugadores debían disfrutar jugado y los aficionados viéndolo. Si el técnico volviese a la vida y viese en lo que se ha convertido Brasil y, por extensión, el fútbol en general, regresaría rápido por donde se vino.

Foto: Brasil Post.

El único pecado de Santana en el Mundial de España fue ser fiel a sus ideas. El jogo bonito era innegociable para él. Lo pagó caro contra la mejor anuladora de fútbol ofensivo de siempre. Italia, fiel a su leyenda, fue capaz de ganar en cuartos de final a la máquina amarilla, para acabar levantando la Copa en el Bernabéu. Aquel partido ya pasó a la historia como la Tragedia de Sarrià.

La constelación

Resulta complicado encontrar en la historia del fútbol, un equipo que juntase tantísimos jugadores de talento en su once. El Brasil del 82 tenía dos puntos débiles. Una pareja de centrales que, siendo decente, no era super. A Óscar y a Luizinho les faltaba la contundencia necesaria para cubrir las espaldas a tal cantidad de talento. El otro lunar de aquel equipo era Serginho. La falta de un delantero centro de nivel, fue algo que siempre se le achacó aquel equipo y, efectivamente, el atacante del São Paulo era la auténtica nota discordante en el prodigioso circuito futbolístico amarillo. Sin embargo, el devastador caudal ofensivo del resto de la Seleçao era más que suficiente para anotar una gran cantidad de goles y aprovechar el trabajo de fijación de centrales y desgaste de su delantero centro.

El Brasil del 82 era un factor diferencial en sí mismo

Un buen equipo ataca junto y defiende junto. Esa frase, tan manida en el mundo del fútbol, empezó a llevarla a cabo la Holanda de Rinus Michels y su fútbol total. Pero fue Telé Santana el que le dio su valor real. Sabedor de que la mayoría de partidos se deciden por lo que pasa en la sala de máquinas, el técnico juntó todo el talento posible en el centro del campo. A partir de ahí hacia adelante o hacia atrás. Juntos. Empezando por los laterales, el desbordante talento de aquel equipo empezaba a fluir. Junior en la izquierda. Leandro en la derecha. Futbolistas de una calidad superlativa y de gran recorrido que, a pesar de ser defensores, se sumaban al ataque con una frecuencia pasmosa.

Pero la magia surgía en la zona ancha. Sócrates, Falcao, Toninho Cerezo y Zico forman uno de los mejores mediocampos de la historia. Virtuosismo. Los cuatro eran complementarios y extraordinarios. Pero si hubiera que elegir al más talentoso, probablemente ese sería Zico. El portador de la diez. El Pelé blanco. Su calidad iba aderezada con dosis de electricidad. Un diablo capaz de resolver en cualquier momento. Un pie derecho de seda, con un majestuoso golpeo. La ponía donde quería. El carioca era un superclase en las faltas directas. Y, como todos los demás, un músico indispensable en la bossa nova de Santana. El intercambio posicional contínuo y la capacidad de improvisación eran afines en todos ellos. No obstante, Zico era lo más parecido a un crack en aquel equipo. Resolutivo. Ya fuera con un último pase o directamente a puerta. El diez estaba inmiscuido en la mayor parte de los goles anotados por su equipo. Un jugador infravalorado, incluso olvidado por la historia del fútbol, ingrata en ocasiones.

Sócrates+Zico=magia. (Foto: whoallthepies.com)

Pero el líder de aquel equipo era su capitán. Sócrates es histórico. Un prodigio como futbolista, con talento para abarcar muchas otras facetas de la vida, más importantes que la pelota. Doctor en medicina, culto, interesado en la lectura y en el aprendizaje. Con 23 años ya era pediatra y jugador del Corinthians, donde, junto a varios compañeros, creó la famosa democracia corinthiana, en la que todas las decisiones referentes al club se tomaban por consenso o por votación de todos sus miembros, desde los jugadores hasta los utilleros, pasando por los directivos. Aquella iniciativa fue un desafío al régimen militar imperante en Brasil, que alcanzó su punto álgido cuando, en la final del torneo paulista entre el São Paulo y el Corinthians, Sócrates saltó al campo con el puño izquierdo en alto portando una camiseta que rezaba: “Ganar o perder, pero siempre con democracia”. El activismo social siempre fue una de sus prioridades: “Regalo mis goles para un mundo mejor”, dijo en una ocasión.

Como futbolista era un superdotado. Un 1’93 de altura contrastado con un 37 de pie. Especial. Su fútbol era de diamantes. La prolongación de Santana en el verde, el paladín del fútbol arte. Sócrates flotaba por el campo. Sus idas y venidas eran suavidad pura. Jugando fácil, asociándose, llegando… y marcando. El capitán canalizaba el juego, lo pausaba. El punto de encuentro de todas las jugadas. El denominador común de la belleza de aquel equipo. El jogo bonito hecho persona.

El Brasil del 70 era la samba, el del 82, la bossa nova

Aquel centro del campo de virtuosos lo completaban Toninho Cerezo y Falcao. El primero era un mediocentro de clase, posicional, con capacidad para mezclar juego corto y largo y con mucha facilidad en el primer pase. Sin embargo (cosas del fútbol) una mala entrega suya desembocó en el definitivo gol de Rossi que dejó fuera del Mundial 82 a Brasil. Falcao era un portento. A su enorme calidad unía un extraordinario sentido táctico. Su inteligencia le hacía en un jugador letal. La aparición de segunda línea era su especialidad y marcó muchos goles llegando desde atrás. Un centrocampista total, capaz de aglutinar juego a su alrededor como nadie, recuperar y marcar. Legendario. Tal fue así, que el padre de Radamel Falcao le puso su nombre al Tigre en honor al fenómeno de Santa Catarina.

El broche de oro de aquella máquina lo ponía Eder. El cambio de ritmo, la electricidad, el menudo extremo tenía una velocidad diabólica, con y sin balón. Versátil. Era capaz de juntarse a tocar en el medio o de abrirse hasta la cal para dar amplitud. Con un magnífico uno contra uno, Eder ponía la sexta marcha a un equipo que siempre jugaba en quinta. Además, contaba con un maravilloso golpeo de balón, gracias al que rivalizaba con Zico por tirar las faltas.

Se desata el ciclón amarillo

Brasil quedó encuadrada en un grupo junto a la URSS, Escocia y Nueva Zelanda. Una primera fase que se presentaba asequible, pero que podía traer sorpresas inesperadas, como en casi todos los Mundiales

Los primeros partidos de una Copa del Mundo nunca son fáciles para los favoritos. Con todos los focos puestos sobre él, Brasil encaraba su debut en el 82 contra la URSS. Un bloque sólido, bien montado y no exento de talento. La presión del favoritismo pesó a los amarillos al principio. Atenazados. Los soviéticos, sabedores de que tenían una ocasión única de ganar al mejor equipo del mundo, se lanzaron hacia adelante buscando aprovechar el punto débil de los de Santana: la defensa. Tras varias ocasiones, los rojos se adelantaron con un disparo lejano de Bal, que el guardameta brasileño Peres no pudo blocar. Tocaba remar contra corriente. Sin embargo, el gol eslavo sacudió los nervios brasileños y sus fenómenos empezaron a jugar sin complejos.

La violencia de una estampida al son de una suave sinfonía

La maquinaria empezó a carburar y Sócrates pagó a la URSS con su misma moneda, marcando con un disparo lejano. Tras librarse de dos rivales, el Doctor incrustó la pelota en la escuadra con un latigazo cruzado. A partir de ahí, empezó el festival. El prodigioso ritmo de juego de aquel equipo, más propio de la época actual que de principios de los 80, salió a la luz. Los soviéticos fueron barridos del césped del Sánchez Pizjuán. Pero el gol de la victoria no llegaría hasta casi el final, cuando Eder, en una maniobra genial, anotó de volea con una soberbia folha seca.

Con la primera emboscada superada, los amarillos se armaron de confianza para afrontar los dos partidos restantes de primera fase. Primeramente Escocia, que a pesar de conseguir adelantarse se llevó cuatro goles, en una fantástica actuación de Zico y Falcao. Nueva Zelanda, el rival más débil, recibió otros cuatro de la Canarinha. De esta manera, con diez goles en tres partidos, Brasil accedía a la segunda fase.

Zico lo intenta de chilena contra Nueva Zelanda. (Foto: enunabaldosa.com).

Rivales inesperados

En lugar de pasar directamente a eliminatorias, como en la actualidad, en aquella época la segunda fase era una nueva liguilla compuesta por tres equipos. Sendos fallos de Argentina e Italia en su grupo de primera fase les llevaron a vérselas con Brasil en la segunda. Un grupo de la muerte en toda regla.

Antes de que los amarillos entrasen en liza, se enfrentaron Italia y Argentina. Los azzurri venían de empatar los tres partidos de la primera fase y los albicelestes contaban con un Maradona cada vez más en auge. El partido se planteó solo para los italianos. Gentile estuvo encima del Pelusa los 90 minutos, haciéndole la vida imposible, sacándole del partido. Una agresividad y una brusquedad impensables en el fútbol moderno. Un partido más en el que Maradona era cosido a patadas. Los transalpinos se llevaron la victoria por 2-1 y dejaron a los argentinos a los pies de los caballos.

A los pies del caballo amarillo. El siguiente partido, el clásico sudamericano por excelencia, un Argentina-Brasil. Los campeones del mundo cuatro años antes, llegaban con la imperiosa necesidad de lograr una victoria, y de intentar que fuese contundente, por posibles empates. Esa ansiedad jugó en su contra. La Canarinha, sabedora que tenía que anular a Maradona, se quedó con la pelota en propiedad para evitar que el pequeño genio les hiciera cosquillas. Menotti colaboró colocado al diez como delantero, muy alejado del centro del campo y de la pelota.

"No hay que jugar para ganar, sino para que no te olviden", Sócrates

Pronto, muy pronto, Brasil se adelantó y ya todo fue cuesta abajo. Serena. La Canarinha se limitó a controlar el balón y a llevarlo de lado a lado, sin prisa por marcar el segundo. Tan tranquilos estaban los brasileños que incluso le cedieron la posesión a Argentina que, falta de ideas, no supo que hacer con la pelota. La llamativa posición de Kempes como mediocentro, incidía en este aspecto. De esta manera y a la contra, Brasil machacó. Primero Serginho, a pase de Zico, y después Junior finiquitaron el partido. Fruto de la impotencia, Maradona se autoexpulsó en los minutos finales, ensombreciendo el gol del honor argentino sobre la bocina.

La tragedia de Sarriá

Y llegó el partido que pasó a la historia. El equivalente a unos cuartos de final pero con el condicionante de que a Brasil le valía el empate. La irregularidad de Italia no parecía poner en jaque la supremacía amarilla. Nadie se temía lo que pasó. El heredero del Maracanazo.

Italia ganó. Ganó un partido que si se volviese a jugar nueve veces perdería en todas ellas. La conjunción de planetas se produjo. Falta de acierto brasileña, máxima efectividad italiana, suerte y un Paolo Rossi inexistente hasta aquel momento. El delantero de la Juve, decidió resucitar ante el mejor equipo del mundo y anotar un hat trick que llevó a su selección directa al título. A los cinco minutos marcó el primero llegando al segundo palo para rematar de cabeza un gran centro de Cabrini.

Paolo Rossi, historia negra de Brasil. (Foto vía Noticias al día).

Que pareciese un accidente. Esa era la intención de Rossi y así sucedió. Los brasileños, tranquilos, ya habían tenido que lidiar con la tesitura de ir por detrás en el marcador ante la URSS y Escocia. Rápidamente la orquesta empezó a tocar. A los siete minutos, en una fulgurante combinación entre Zico y Sócrates, el Doctor empató.

El toma y daca acababa de empezar. Brasil jugaba confiada. Muy confiada. Demasiado. Italia, agazapada, esperaba su ocasión. Ambas tesituras se juntaron y Cerezo entregó muy mal un pase horizontal en campo propio. Rossi robó y volvió a poner a la Azzurra por delante. La Canarinha siguió jugando, con fe. Los genios se juntaban en el centro, la pelota volaba. Los azules no podían contener el tornado amarillo y justo antes del descanso, Falcao logró marcar.

Si el partido de Sarriá se jugase nueve veces más, Italia habría perdido todas

Un gol con un centro lateral y otro aprovechando un error del rival para matar a la contra. Solo faltaba la pelota parada en el catálogo azzurri. Un saque de esquina mal defendido por la Canarinha fue aprovechado por Rossi para sellar su triplete. Quedaba media hora para que Brasil le diera la vuelta al partido, pero esta vez sí, Italia se encomendó al catenaccio para ponerle cerrojo a la portería. Los de Santana lo intentaron con empeño, pero no había conejo en la chistera esta vez. Italia se llevó la victoria que le daba el pase a semifinales, y Rossi siguió con su inercia y anotó dos tantos más contra los polacos y uno en la final contra Alemania.

El principio del fin del jogo bonito

Aquella derrota fue tan traumática que nunca una Seleçao volvió a jugar igual. Después de aquel partido, Sócrates asumió que no serían campeones, pero no que no fuesen los mejores: “Perdimos. Mala suerte. Peor para el fútbol”. La tragedia de Sarriá ejemplificó el pase al fútbol moderno, que representaba Italia. Defender, golpear, aprovechar errores. Cualidades muy valoradas hoy en día, a las que en conjunto se les denomina “saber competir”.

Un nuevo fracaso en el 86 y en el 90 terminó de condenar la apuesta preciosista amarilla. En el 94, Brasil volvió a ganar la Copa del Mundo de la mano de Parreira y un planteamiento mucho más férreo. Europeizados. Scolari lo llevó a la enésima potencia en 2002 y, a pesar de tener fueras de serie como Rivaldo, Ronaldinho, Kaká o Ronaldo, un sólido sistema defensivo y una gran pegada arriba llevaron a la Canarinha a ser pentacampeona. Felipão repetirá planteamiento en su Mundial.

Pero los jugadores brasileños del 82 representaban otra cosa. El placer de la pelota, la belleza del juego, el espectáculo. Recordando el partido contra Italia, Zico lo achacaba todo al destino: “Llegué a la conclusión de que no importaba los goles que marcásemos. Los italianos iban a ser capaces de marcar siempre uno más”, comentaba con una sonrisa. Pero el placer de disfrutar y hacer disfrutar de aquella manera de jugar perduró en la memoria del gran mediapunta carioca, que recuerda con orgullo aquella etapa. Poco antes de morir, Sócrates se reafirmó en aquella idea: “No hay que jugar para ganar, sino para que no te olviden”. Misión cumplida Doctor.

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