Anécdotas de los Mundiales (III)
Fotomontaje: Ricardo Palmeiro | VAVEL.com

¿Quién osó regatear a Garrincha para después orinarse sobre Jimmy Greaves? ¿Qué pidió el "ángel de las piernas tuertas" en lugar de una casa en la playa? ¿Qué excusa pusieron los italianos tras perder contra Corea del Norte? ¿Por qué no se marchaba del campo Rattin tras expulsado? ¿Qué causó la encarcelación de Bobby Moore antes del Mundial de México?

Chile 1962

El Mundial de 1962 se alojaría en Chile, a pesar de los terremotos que sacudieron el país sudamericano poco antes de empezar. Con un mensaje optimista, Dittburn, el presidente de la Federación Chilena, acuñó el lema: “Debemos tener la Copa del Mundo, porque no tenemos nada”. En el césped, Brasil seguía reinando mediante la simbiosis entre Zagalo, ejemplo de rectitud, católico y casado, y Garrincha, fumador, adicto a las apuestas y con quince hijos reconocidos. En estos dos pilares se apoyaba Pelé, aunque el astro se lesionó en el primer partido del campeonato.

En las antípodas del fútbol profesional, Inglaterra, paradójicamente el país inventor. Su expedición era una suerte de chiste. Viajaron sin médico, lo que provocó que un tratamiento erróneo casi acabara con la vida de Peter Swan. Para colmo, contaban con un portero con problemas de visión, el cual incurría en constantes fallos a los disparos de media distancia. También disparatado el hecho de incluir en sus partidos de preparación a un multimillonario australiano que pagó para ello. Como punto final, la única esperanza era Haynes, hasta tal punto que un incisivo entrenador yugoslavo afirmó: “¿Por qué en Inglaterra lo hace todo el número diez? Saca los córneres, los saques de banda. Ponemos un hombre sobre el número diez. Adiós, Inglaterra”. No se equivocó, Johnny Haynes no marcó ni un solo tanto e Inglaterra cayó eliminada en cuartos de final, venciendo en un solo partido.

Juego sucio

El de Chile tuvo la fama, fundada, de ser un Mundial muy brusco. Se registraron en las crónicas entradas escalofriantes y alcanzó su clímax en una disputa entre Mario David y el chileno Leonel Sánchez, quienes se harían amigos poco después en el Milan. El local, hijo de un campeón de boxeo, honró a su padre propinando un limpio gancho de izquierda al italiano. El árbitro le perdonó, pero expulsó poco después al defensa transalpino. Antes había mostrado la roja a Ferrini, el cual tuvo que ser arrestado por los Carabineros de Chile por su negativa a dejar el campo. Ken Aston, el colegiado, admitió sus errores pero se excusó: “No arbitré un encuentro de fútbol, hice de juez en un conflicto militar”. El odio de los chilenos residía en el ininterrumpido goteo de jugadores sudamericanos fichados por equipos italianos, además de unas hirientes declaraciones de dos periodistas italianos, que tildaban a Chile como un país “afligido por todos los males del mundo”.

Un invitado a cuatro patas

En lo que respecta al juego, Brasil volvió a aliñar el campeonato. Los cariocas disputaron un espectacular partido contra España, donde los íberos trabajaron con talento y orgullo, pero el desequilibrante Garrincha y el doblete de Amarildo derrumbaron el gol de Adelardo. Otras actuaciones destacadas las cuajaron el central húngaro Meszoly, aplaudido por la selección inglesa desde la grada y, aún más espectacular, el centrocampista Sekularac en el Yugoslavia-Uruguay, sacado a hombros por los rivales charrúas.

Foto: blogexperto

Por último, un protagonista inesperado. Brasil e Inglaterra medían sus fuerzas, cuando un perrito negro saltó al campo. El animal amagó al portero carioca, enfiló el mediocampo y, en una escena memorable, regateó a Garrincha. Jimmy Greaves, delantero inglés, se puso a cuatro patas y logró atrapar al can, el cual, por los nervios, se orinó encima de su captor, que comentó: “Yo olía muy mal después de aquello, podía haber creado más ocasiones, porque ningún defensa brasileño se quería acercar a mí”. A Garrincha le dio tal ataque de risa, que estuvo a punto de tener que abandonar el campo.

El ángel de las piernas tuertas

El Mundial de 1962 tuvo nombre propio: Garrincha. El mágico de Río desarboló defensas con sus impredecibles arrancadas, marcando dos goles y dando una asistencia en cuartos de final y repitiendo registro en semifinales. Contra Chile dejó una marca gris en su expediente, siendo expulsado tras, harto de las patadas, revolverse contra Rojas. Cuando salía del campo, una botella le abrió la cabeza. A pesar de ambas circunstancias, pudo jugar la final, ya que aún no se aplicaban sanciones. El partido decisivo lo jugaba contra Checoslovaquia. Durante la charla técnica de Aymoré Moreira, Garrincha interrumpió al entrenador y preguntó: “Maestro, ¿hoy es la final?”. Ante la respuesta afirmativa, añadió: “Con razón hay tanta gente”.

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Después de mostrar este desapego por la profesión, salió al césped y enloqueció su banda. Aunque no marcó, Brasil fue campeona del mundo por segunda vez consecutiva, liderada por el genio de las piernas desiguales, quien, a falta de O Rei por lesión, hizo las veces de valido. El héroe carioca fue requerido por un periodista al término del encuentro, el cual le pidió que dijera dos palabras para el micrófono. El flagrante campeón del mundo le miró extrañado, pronunció tímidamente un “adiós, micrófono” y se marchó.

Simplemente Garrincha. El maravilloso jugador también fue una gran persona. En el Mundial de 1958 había dejado un hijo con una sueca a la que no volvió a ver jamás, pero en esta ocasión, adoptó al perro que saltó al campo contra Inglaterra y se lo llevó a Brasil. También llevó la dotación en dólares a su pueblo y preguntó quién tenía deudas. Después de su llegada, nadie más las tuvo. El dinero no le importaba. Cuando el presidente de la Federación le ofreció una casa en la playa, Garrincha la rechazó. El directivo se extrañó: "¿Y qué quieres, entonces?" Una paloma blanca asistía al acto dentro de una jaula. El jugador solamente quería verla volar libre.

Tenía tanta confianza en su gambeta que jamás se preocupó de su marcador. Para él, el nombre del defensa contrario era siempre Joao. Precisamente un Joao (Saldanha), este de verdad, seleccionador de Brasil posteriormente, definió la importancia del jugador: “Cuando se hable de fútbol dentro de 400 años, se hablará de Garrincha”.

Inglaterra 1966

El fútbol volvía a su lugar de origen: Inglaterra. Alf Ramsey, un humilde inglés que había conseguido ascender al Ipswich Town desde tercera y convertirlo en campeón de Liga en tan solo tres temporadas, fue elegido seleccionador. Eliminó el Comité de Selección y conformó por voluntad propia el combinado nacional. Insistió en la profesionalidad y rigurosidad de cara al Mundial. Mientras Inglaterra entrenaba, en Westminster un policía de los seis que custodiaban el trofeo Jules Rimet se despistó. La Copa del Mundo fue robada. Una semana de angustia para los organizadores ingleses. La búsqueda encargada a Scotland Yard no tuvo éxito, pero un detective a cuatro patas triunfó. El perro Pickles salvó el trofeo al encontrarlo en unos arbustos.

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Mientras los ingleses levaban armas, un espigado central alemán surgía de la nada y comandaba a su selección: Beckenbauer. Otro astro se dio cita en este Mundial. Una pantera exportada desde Mozambique a Portugal. Eusebio, unas “altas piernas”, unos “brazos caídos” y una “mirada triste”, como escribió Galeano. El chico de la moneda de 25 tostoes en la media cedió a su compañero Simoes la camiseta con el número 11 que le había tocado por azar y deslumbró al mundo con el 13.

Brasil desconocido...

En el otro extremo de la balanza, Brasil se desangraba. La bicampeona perdió a Pelé por lesión y a Garrincha por cansancio, perdiendo contra la Hungría de un coreado Albert. Contra Portugal, se unieron dos fatídicas circunstancias. Primero, los nervios del guardameta carioca Manga, apodado Frankenstein, facilitaron la tarea a Eusebio y los suyos. Segundo, Pelé, medio cojeando, recibió entrada tras entrada de Morais. Al ver las salvajes imágenes, el delantero juró que nunca volvería a disputar un Mundial. Mintió.

...y Corea dándose a conocer

Hubo una sorpresa en este Mundial: Corea del Norte. Un combinado asiático que todos desconocían se coló en cuartos de final, dejando a Italia por el camino. Los transalpinos, eliminados en fase de grupos, alegaron que los asiáticos habían aprovechado su supuesta similitud para sacar once nuevos jugadores en el descanso. Evidentemente, la acusación fracasó. Fue el gol de un dentista el que dejó fuera a Italia. Ya en cuartos, los rápidos coreanos endosaron un 3-0 a Portugal, que hubiera sido una losa para cualquiera, menos para un equipo comandado por Eusebio, autor de cuatro de los cinco goles de la remontada lusa. La prensa coreana no supo administrar el buen papel y dejó para la historia titulares como “No fue Inglaterra sino Corea del Norte quien inventó el fútbol” o “Han Bong Zin es mucho mejor que Pelé”.

Problemas de traducción

En cuartos de final, Argentina se encontró con la anfitriona Inglaterra. Los sudamericanos, sabiéndose inferiores en juego, embarraron el partido, amén de vengarse de la víspera del choque, en la que no pudieron entrenarse en Wembley porque se celebraba una carrera de perros. El capitán Rattin no cesó de protestar y tras una entrada, por la que sus quejas elevaron el tono, fue expulsado por el colegiado Kreitlein, censurado como casero. El alemán confesó: “No entiendo español y no entendí lo que dijo, pero su cara lo expresaba todo”. El argentino simuló no comprender la expulsión, puesto que aún no había tarjetas, y hasta que no salió un traductor, se negó a marcharse del campo. Al menos, los argentinos no perdieron el buen humor. Una vez eliminados, esperando ser recibidos por la reina, Óscar Mas se acercó a una mujer vieja y, pensando que era inglesa y no le entendería, le espetó: “¡Qué fea sos!”. A lo que la mujer, que resultó ser la traductora del evento, le contestó: “Y vos muy lindo que digamos no sos”.

No quedó atrás en violencia el Uruguay-Alemania. En una tangana, Emmerich golpeó al capitán celeste Troche sin que le viera el árbitro. El uruguayo respondió con un directo al estómago y fue expulsado. En ese encuentro, el alemán Haller fue acusado por sus rivales de fingir lesiones. Quizá algo de razón tenía y se comprobó esa noche, durante la que estuvo supurando sangre por un agarrón rival en los testículos. El fútbol, con dos uruguayos fuera del campo, lo puso Beckenbauer, que empezaba a condecorarse Kaiser.

El gol que no fue

En la final, los locales se miraban a un espejo alemán. Muy disputado, el marcador estuvo dominado por los ingleses hasta el último minuto, en el que, después de una ocasión clamorosa que Hunt desaprovechó, Weber puso tablas. El flemático Ramsey pronunció una frase motivadora para sus chicos: “Habéis ganado el Mundial una vez. Tenéis que hacerlo otra”. Dicho y hecho, instante dramático de por medio. Hurst, goleador previo y posterior, conectó un fuerte disparo. El balón encontró el larguero y botó... ¿dentro? Hunt, cuya inclusión en el once había sido muy polémica y que ya había marrado varias oportunidades, estaba en boca de gol. En lugar de empujar el cuero, el inglés que pudo provocar una debacle salió corriendo con los brazos en alto, celebrando. El árbitro, dudando, corrió hacia su asistente. Señaló el centro del campo. Inglaterra, campeona del mundo.

México 1970

El Mundial viajó a México. Años más tarde, se investigaron supuestos acuerdos ilícitos para que el país azteca fuera la sede del máximo torneo de fútbol. La altitud, que alcanzaba más de 2000 metros en algunos estadios y los horarios desfavorables, con partidos disputados bajo el sol de mediodía debido a contratos televisivos, demuestran que la organización pudo mejorar.

La clasificación para este Mundial dejó uno de los episodios más negros del balompié. El combinado de El Salvador se desplazó hasta Tegucigalpa para enfrentarse con Honduras. El recibimiento fue atroz, pero queda en mínimo si lo comparamos con la vuelta en San Salvador. En ambas ocasiones, los habitantes de las ciudades se dedicaron a rondar los hoteles del equipo rival y lanzar gritos y amenazas para interrumpir el sueño del equipo contrario. Esto, sumado a las tensiones políticas entre ambos países, detonó la llamada, seguramente de manera injusta, “Guerra del fútbol”, la cual duró solamente cuatro días. Lo que no provocó un conflicto político, sino que quedó en mera anécdota, fue la selección de la Unión Soviética rompiendo filas mientras sonaba el himno de Uruguay. Quedó en una graciosa confusión debido a la larga duración de la música charrúa.

Desprecio británico

Vuelta al césped, aunque no escapamos del odio. En este caso, la animadversión que se granjearon los ingleses por medio del técnico Alf Ramsey, tan flemático como poco diplomático. También los mexicanos tuvieron la idea de hacer rondas nocturnas por el hotel inglés, provocando el cansancio en los jugadores. Otro dato que contribuyó a la furia mexicana fue el desprecio británico al llevar su propia agua, desconfiando de la del país anfitrión. Para rizar el rizo, Bobby Moore, capitán británico, fue detenido por el supuesto robo de un brazalete y pasó una noche en prisión, peligrando su participación en el primer partido. Años más tarde se descubrió que le tendió una trampa el encargado de la joyería del hotel donde sucedió el hecho. Sin embargo, Alf Ramsey, lejos de templar los ánimos, enfureció a los mexicanos infravalorando su economía: “¿Para qué iba a robar Bobby el brazalete, si tiene dinero para comprar el hotel entero?”.

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De aquel conjunto inglés habría que destacar al cancerbero Gordon Banks, “más seguro que un banco inglés”. Especialmente recordado por el partido de grupo contra Brasil, donde hizo una parada a Pelé que fue reconocida como “la mejor del siglo XX”. O Rei se elevó, cabeceó con potencia y Banks no podía hacer nada más que lo imposible. Lo hizo. El brasileño comentó: “Yo marqué un gol, pero Gordon Banks lo paró”. Antes de los cuartos de final frente a Alemania, Banks se bebió una cerveza, irónicamente símbolo bávaro, y se sintió indispuesto. A pesar de su ausencia, los ingleses vencían 2-0, por lo que el portero decidió echarse la siesta en el hotel, tranquilo por el resultado. Cuando despertó, los tres goles teutones con errores de Bonetti, su sustituto, habían apeado a su selección del Mundial.

El partido del siglo

La semifinal entre Alemania e Italia supuso una oda al fútbol. Los ítalos se desprendieron del juego rancio ofrecido en fase de grupos, donde se clasificaron con un único gol y los alemanes respondieron dignamente. A más de 2000 metros de altura, el Estadio Azteca atestiguó el gol italiano, así como la respuesta alemana en el último minuto de tiempo reglamentario. La prórroga que se jugó daría para alguna novela y varias películas. Resumido: Müller adelanta a los suyos (1-2), Italia voltea de nuevo (3-2), Müller se empeña en el empate (3-3) y finalmente Gianni Rivera hace explotar de júbilo al país de la bota. Exhaustos, sobre el césped, los jugadores terminaron el que es considerado “el partido del siglo”. Tal espectáculo resultó, que Beckenbauer no quiso perderse ni un minuto, aunque acabó el encuentro con el brazo en cabestrillo.

La final apenas tuvo historia. Brasil llegaba relativamente descansado y con un Jairzinho desatado. El excelente brasileiro marcó en todos los partidos del Mundial, siendo el único en conseguirlo. También Pelé hizo su gol. Gerson y Carlos Alberto terminaron de inutilizar el gol italiano. La samba venció a la solidez y la fiesta que produjo es indescriptible. Tercer Mundial de color verde y amarillo, con lo que el trofeo Jules Rimet pasaba a ser propiedad del pueblo carioca.

Aquí puedes seguir leyendo anécdotas de los Mundiales:

-Anécdotas de los Mundiales (I): Uruguay 1930, Italia 1934, Francia 1938

-Anécdotas de los Mundiales (II): Brasil 1950, Suiza 1954, Suecia 1958

-Anécdotas de los Mundiales (IV): Alemania 1974, Argentina 1978, España 1982

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