Hooligans, cargando de razones a Borges
Graves incidentes entre aficionados ingleses y rusos / Foto: EFE

Borges fue siempre tremendamente crítico con el fútbol, es más durante toda su vida defendió que el fútbol era popular porque la estupidez era popular. Lógicamente todo aficionado al fútbol difiere en gran medida del repudio intelectual del escritor para un deporte que siempre consideró violento y absolutamente carente de sentido. Para Borges esa metafísica que provocaba que un ser humano se identificara con un determinado equipo o una selección, constituía un ejercicio de irrealidad y una absoluta absurdez. Bajo su punto de vista la proyección del aficionado sobre un equipo o un jugador, la alegría o la tristeza que le generaba el resultado, carecían absolutamente de sentido real, pues este no era partícipe físicamente de lo que acontecía en un terreno de juego. Por ello llama poderosamente la atención que un genio de las letras como él, en cuyo universo borgeano recurría incesantemente al carácter ilusorio de la realidad, revelación, orden y caos, anverso y reverso… jamás comprendiera este sentimiento metafísico que produce el juego sobre los aficionados.

Por esa regla escrita borgeana jamás ninguno de sus lectores podría haberse identificado con su literatura, con sus ficciones, su idea panteísta de que en un hombre existen dos, la simbolización de esa característica humana que Borges identificó en Shakespeare, en sus personajes, la identificación que los lectores sienten con algunos de ellos y los roles que les tocan desempeñar. Es curioso que para un literato que construía lo fantástico desde un prisma de irrealidad, desde el prisma del otro Borges, que vivía en un espacio en el que se habían esfumado los límites entre ficción y realidad, entre fantasía y lógica, entre irrealidad y coherencia, entre sueño y vigilia, nunca llegara a comprender la incoherente proyección de un aficionado al fútbol sobre su otro yo. Sobre ese ente abstracto que disputa el partido con la camiseta de su equipo o su selección. No existe ficción más surrealista que el citado concepto, es más haciéndolo un poco más sencillo, si todo fuera así, ningún lector se habría sentido identificado con la literatura por el mero hecho de no haberla vivido o escrito. Pues toda literatura, todo personaje es la proyección de su autor, con el que el lector se siente identificado. Concepto absolutamente extrapolable al fútbol como juego, como proyección estética de la personalidad de un jugador o un equipo de fútbol.

Enajenación del fútbol

Foto: www.ub.edu
Foto: www.ub.edu

Posiblemente la clave pudo radicar en que Borges no identificó en el fútbol una serie de valores estéticos y morales vinculados al juego. En cambio entre líneas de dura crítica al fútbol, el escritor argentino dejó verdades como puños que deben invitar al aficionado al fútbol a reflexionar. Borges repudiaba que entorno a un absurdo balón se aglutinaran la semejante masa de identidades que el fútbol generaba. Creía que el concepto de que cuando jugaba una selección jugaban todos los aficionados, constituía el arma perfecta de la manipulación, de la enajenación. La representación tautológica de la estupidez y el lavado de cerebro de absurdos patriotismos sustentados en la oportunidad de victorias ficticias sobre otras nacionalidades. La enajenada ocasión del fanatismo de resarcir cuitas históricas, de convertirse en meros instrumentos políticos, ideológicos y económicos. La invasión inconsciente de un individuo programado para ejercer la violencia con la excusa metafísica de que representa a un país.

Borges constituye sin duda una de las mejores opciones de legitimación para la crítica de la enajenación mental que produce el fútbol en muchos individuos, especialmente de aquellos que conciben el fútbol como un acto de guerra. Como un acto de defensa de un radicalismo ideológico y político, como un ejercicio absurdo y gratuito de fanatismo patriótico. Toda proyección elevada a la radicalidad convierte el ejercicio de la observación en un acto de irrealidad, de irresponsabilidad que lleva al hooligan, al enajenado del fútbol, a pasar de la observación a la acción. Enajenarse de tal modo como para creer que el que juega el partido es él, que el fútbol no es una metáfora sino la guerra, el paso a la acción violenta a través de la cual pretende defender a su país. En cambio el fútbol que el verdadero aficionado valora surgió como metáfora deportiva de un enfrentamiento, pero también como elemento de ocio, creatividad, estrategia, metodología, superación, asociación, y ficción de competencia deportiva. De la lucha entre los seres humanos que defienden su propia cultura deportiva, pero respetan la diversidad de nacionalidades, aceptando derrotas y victorias como parte del juego. Comprendiendo que el espectador de fútbol es un observador que puede llegar a sentirse arrastrado por la emoción multitudinaria, por el sentir de unos colores o un país. Que incluso puede verse tentado más que a intervenir a participar, que de hecho puede hacerlo, pero tan solo con sus cánticos, sus colores y gritos de aliento. Un espectador que debe discernir entre el narcótico de la llamada del pan y circo, y la proyección vital o estética de una vivencia deportiva, metafísicamente encarnada en los que juegan sobre el césped.

Foto: EFE
Foto: EFE

El fútbol, un fin en sí mismo, no un instrumento

El fútbol no es lo más importante de lo menos importante, debe ser la ficción de un sentimiento abstracto de la victoria y la derrota, del goce y el sufrimiento, pero nunca elevado al grado de la radicalidad. Precisamente Borges nos regaló en una de sus muchas reflexiones una pregunta realmente edificante para la ocasión: ¿Debe ser el arte (en este caso el fútbol por su estética y su condición de espectáculo) un instrumento político y económico o un fin en sí mismo? ¿Debe la vida de cada individuo ser un instrumento político y económico o un fin en sí mismo?

El fútbol concebido como arte deportivo, como desarrollo estético de un juego, constituye lo más cercano de su fin en sí mismo, de su esencia. En cambio a medida que se convierte en instrumento político y económico, se aleja cada vez más del juego y se acerca peligrosamente a ese concepto enajenado de estupidez que Borges repudió. Pues como decía Kant, el hombre, en este caso el aficionado, es un fin en sí mismo, no un medio para usos de otros individuos. Bárbaros que con su violencia, manipulación, corrupción y utilización, (pues no todos los hooligans llevan palos, sino que muchos portan traje y corbata) no solo consiguen atentar contra la dignidad humana y deportiva, sino que provocan que todo un pueblo, toda una ciudad, todo un país y toda una afición, sientan vergüenza de ser representados por un grupo de enajenados que cargan de poderosas razones a Borges. Pues observando las tristes imágenes que llegan de la Eurocopa no es lícito pensar que cuando juega nuestro país, jugamos todos, pues existe un puñado de idiotas empeñados en demostrar que el fútbol es tan popular porque como dijo el escritor argentino la estupidez es popular. 

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