Suiza 1954, la gran oportunidad magiar
Suiza 1954, la gran oportunidad magiar | Montaje: Santiago Arxé Carbona (VAVEL.com)

Para paliar esta obligada "abstinencia", se trató de organizar un Mundial en Suiza en 1949 (nótese que se hubiese obviado la tradicional regla de los 4 años) ya que los helvéticos, al haber permanecido neutrales durante la guerra, no sufrían los infinitos daños sufridos por otros países del Viejo Continente. No obstante, y dado que los helvéticos no tenían, en aquel momento, la infraestructura a nivel de estadios y demás, para organizar un evento de tal magnitud, se decidió adjudicar el Mundial de 1950 a Brasil y dar a Suiza cuatro años más para prepararse para el gran evento futbolístico internacional. Además, las fechas "encajaban" muy bien porque, en aquel 1954, la FIFA, con sede en Zúrich, celebraba su 50 aniversario.

Poniendo el foco ya en lo deportivo, cabe hacer una reflexión que ilustra en buena forma lo que fue el fútbol de aquellos años en Europa. Ha dejado la historia de los Mundiales equipos para la historia, la mayoría de ellos, campeones: el Brasil tricampeón de Pelé, el ya citado Uruguay del Maracanazo, la Argentina de Maradona o la finísima España de 2010. Al margen de esos martillos pilones y excelsos competidores que son Italia y Alemania, en cualquier época (72 años han pasado, hoy, entre el primer Mundial de Italia, en 1934, y el último, hasta la fecha, en 2006; y 60 entre primero y último de Alemania, de 1954 a 2014).

Cartel del mundial de Suiza 1954
Cartel del mundial de Suiza 1954

Pero hay dos equipos que también deben considerarse míticos: la Holanda de la década de los 70 y la Hungría de 1954. Ya se ha venido hablando en anteriores capítulos de esta serie de lo potente era el fútbol centroeuropeo en aquellos primeros Mundiales: Austria, Checoslovaquia, Hungría… pero el nivel máximo de excelencia futbolística la alcanzaron aquellos países, seguramente, con la Hungría de 1954. Aquel era el equipo de Puskas, Czibor, Kocsis, Hidekguti, Kovacs… un equipo fantasioso, potentísimo, excelso y que, contra todo pronóstico, y contra toda justicia futbolística, no logró alzarse con la Copa del Mundo. Desgraciadamente, si se habla del caso de los magiares, fue su último estertor en Europa: nunca jamás, desde entonces, han vuelto a tener ningún tipo de actuación relevante en competición alguna; habiendo estado, de hecho, fuera de las últimas fases finales de Eurocopas y Mundiales (la pasada Eurocopa de Francia 2016 fue su única aparición en fase final desde México 1986).

Retrocediendo hasta los principios de esta Copa del Mundo, cabe decir que, pese a la guerra, el interés de países y federaciones por este evento iba, claramente, in crescendo; y, donde en Uruguay 1930, ni siquiera se cubrió el cupo de 16 participantes previstos; donde en Italia 1934 y Francia 1938 se diputaron eliminatorias (y, muchas de ellas, ni eso, por renuncia de algunos de los participantes), en Suiza, hasta 39 países manifestaron su deseo de participar en la fase final, a disputar en el verano de 1954.

Y eso provocó una fase de clasificación en toda regla y, de hecho, con anécdotas fantásticas, que merecen ser reseñadas y que darían, muchas de ellas, para un artículo completo. Tras los cambios políticos habidos tras el final de la guerra, coincidirían, el grupo 1 de clasificación para aquel Mundial la recién nacida Alemania Occidental (la Alemania Oriental, que hoy tampoco existe y que algunos conocimos, no optaría a participar en un Mundial hasta cuatro años más tarde) y Sarre. Muchos se preguntarán "¿y qué es Sarre?" Pues, el llamado “protectorado del Sarre” es un territorio (actualmente, uno de los estados federales de Alemania) controlado por Francia tras la Segunda Guerra Mundial y que, en 1947, obtuvo autonomía propia, pudiendo participar, así, en la fase de clasificación del Mundial de Suiza. Y no solo participar, sino que, en su primer partido de clasificación para el consabido Mundial, lograría derrotar a Noruega, a domicilio, por dos tantos a tres. Quedaría eliminada, finalmente, como no podía ser de otra forma, pero su participación quedara, sin ningún género de dudas, entre las historias más apasionantes de los Mundiales.

Los británicos, queriendo, por un lado, integrarse, otra vez, en ese floreciente acontecimiento que era el Mundial y, por otro, sin querer renunciar a sus orígenes y sus raíces, consiguieron que su famoso British Home Championship (el último, por cierto) fuese su forma de clasificación para el Mundial; e Inglaterra y Escocia fueron las clasificadas al tener este grupo, excepcionalmente, dos clasificados, al contar también con cuatro participantes.

Y más anécdotas: varios grupos quedaron reducidos de tres a dos equipos, provocando, por tanto, enfrentamientos directos: fue el caso del de Austria, Portugal y Dinamarca (los daneses se retiraron por cuestiones económicas), del de España, Turquía y la Unión Soviética (en el que los soviéticos renunciaron por cuestiones políticas); el de Polonia, Países Bajos y Hungría, en el que los dos primeros renunciaron, facilitando la clasificación del ultimo; y el de Siria, Egipto e Italia, donde los primeros renunciaron, facilitando la clasificación de los últimos, en el doble enfrentamiento ante los egipcios.

Y España…  en el citado grupo completado por Turquía y la Unión Soviética, los soviéticos renunciaron y el grupo se resolvió en un doble enfrentamiento entre españoles y turcos. Victoria de España en Madrid, por cuatro goles a uno; y victoria turca en Estambul por un gol, a cero. Al no estar vigente (todavía) la diferencia de goles, se fue a un partido de desempate en terreno neutral, en Roma, en el cual ambos combinados empataron a dos. Y, al no haber más opciones en aquellos tiempos, se fue a un sorteo, puro y duro, en el cual resultaron ganadores los otomanos.

Como resultado de todo, estos fueron los países clasificados para la fase final de aquel Mundial de 1954.

Y, con seis sedes (Zúrich, Lausana, Ginebra, Lugano, Basilea y Berna) y cuatro grupos de cuatro equipos cada uno, se planteó aquel Mundial; pero con un sistema de competición que, una vez más, parecería de ciencia ficción en estos tiempos de fútbol moderno: de los dieciséis equipos, ocho fueron nombrados, a dedo, cabezas de serie. Planteando, además, un sistema de competición en los grupos en los que, tanto los cabezas de serie como los no cabezas de serie, no se enfrentaban entre ellos; teniendo como consecuencia, por tanto, una fase de grupos absolutamente irregular y asimétrica en la que cada equipo jugaba apenas dos partidos ¡¡¡en un grupo de cuatro!!!

La falta de unificación de horarios y el sistema de competición motivó que, por ejemplo, Yugoslavia y Brasil especulasen lo necesario para dejar fuera a Francia.

Pero, analizándola gran noticia de aquel Mundial, merece la detenerse en la citada selección húngara; no solo los verdaderos protagonistas de aquel Mundial sino, siendo objetivos, también el mejor equipo). Solo por dar algunos datos, objetivos, de lo que era aquel equipo: llegaron a aquel Mundial siendo campeones del torneo olímpico dos años antes, en Helsinki 1952, llegaban al Mundial con una racha de 28 partidos consecutivos sin perder y, en la primera fase de aquel Mundial, destrozaron a Corea del Sur por nueve goles a cero y a la Alemania Occidental ¡por ocho goles a tres!

Tras la insólita fase de grupos, llegarían los cuartos de final, los más goleadores en la historia de un Mundial de fútbol: 26 goles en apenas cuatro partidos, con mención especial para aquel fantástico partido que fue el Austria – Suiza (7-5). Por lo demás, victoria, contundente, de la ya nombrada Hungría ante Brasil; victoria de la Uruguay de Obdulio Varela y Juan Alberto Schiaffino ante Inglaterra y victoria de Alemania ante Yugoslavia. Y las semifinales, más de lo mismo, porque todo parecía conducir a lo mismo: contundente victoria de Hungría ante Uruguay (cuatro a dos) y gran paliza de Alemania ante Austria (seis a uno).

Hungria derrotaria a Brasil, por cuatro tantos a dos, en los cuartos de final de aquel Mundial (Foto: es.fifa.com)
Hungría derrotaría a Brasil, por cuatro tantos a dos, en los cuartos de final de aquel Mundial (Foto: es.fifa.com)
 

Otro ejemplo de lo goleador que fue aquel Mundial fue que su máximo goleador seria el magiar Sandor Kocsis que lograría la increíble cifra de once goles en apenas cinco partidos; era, por aquel entonces, el record de anotación en un Mundial y, desde aquel lejano 1954, solo ha sido batido una vez, en otra actuación tremendamente memorable (o aún mas) que ocurriría apenas cuatro años después.

Salvando ese curioso engendro que es el partido por el tercer y cuarto puesto, llega una de las finales más chocantes, más peculiares, más dignas de ser reportadas que ha habido en la historia de los Mundiales. Hungría y Alemania, frente a frente, con los magiares como claros e indiscutibles favoritos tras sus resultados previos al Mundial pero, sobre todo, tras el resultado de la primera fase, aquel descarado 8-3.

Pero, como en el fútbol, nada es lo que parece, aquel 4 de Julio de 1954, en el Wankdorfstadion de Berna se vivió una de las mayores sorpresas de la historia de los Mundiales. Al nivel, posiblemente, del Maracanazo de 1950, del 7-1 de Alemania a Brasil en 2014, de la derrota de la Italia de Faccheti, Mazzola o Gianni Rivera frente a la debutante Corea del Norte en Inglaterra 1966 o de Francia, vigente campeona del mundo, ante Senegal, en el partido inaugural de Corea y Japón 2002, la final de 1954 es una de las fechas marcadas en la historia del fútbol.

Y los primeros minutos de aquella final parecieron confirmar el pronóstico y hacían presumir una nueva goleada magiar: Puskas y Czibor habían puesto el dos a cero en el marcador apenas en el minuto ocho. Pero, sorprendentemente (o no), los germanos, comandados por el también mítico Fritz Walter se sobrepusieron con casi idéntica rapidez y, en el minuto 18, habían ya logrado la igualada con la que se llegaría al descanso.

La primera seleccion alemana campeona del mundo (Foto: es.fifa.com)
La primera selección alemana campeona del mundo (Foto: es.fifa.com)
 

El segundo tiempo pasaría a historia y, desgraciadamente, la reabriría muchos años después: en 2010, el Instituto Federal de Ciencias Deportivas alemán publicó un informe en el que se aseguraba que los jugadores alemanes de aquella época fueron dopados antes de partidos clave, entre ellos, la final de marras. Y en honor a la verdad y aunque soporte una teoría que, de ser cierta, resultaría altamente reprobable, es de justicia reseñar que cuentan las crónicas que el despliegue alemán en el segundo tiempo fue descomunal y, de hecho, muchísimo mayor que en el primero.

Ello llevó a que, en el minuto 84, Helmut Rahn, autor también del empate a dos, lograse el tanto que hacía a Alemania (Occidental) campeona del mundo por primera vez, comenzando una leyenda, la germana, que todavía permanece vigente a día de hoy.

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