Xavi Hernández, la mesocracia del fútbol
Licuadito de VAVEL.com dedicado a la magia de Xavi Hernández

La palabra mesocracia extrae su origen etimológico del griego ( μέσος medio y κράτος poder): y podríamos definirla como la forma de gobierno en que prepondera la clase media. Aquella que hasta no hace mucho y salvo honrosas excepciones parecía no contar para la leyenda y la historia del fútbol. Una circunstancia que parece empeñado en cambiar un futbolista que ha construido sobre su normalidad, el imperio de su mesocracia futbolística. La suya es una biografía que comienza con una infancia ausente de retratos míticos, épicos, pues en ella jamás encontraremos pies descalzos, potreros ni favelas. Tampoco campos sintéticos de la alta sociedad, sino la normalidad vital de aquel que nació y creció en el centro de Terrassa y en el seno de una familia de clase media. En un paraje coronado por una nube de humo y repleto de fábricas en las que familias similares a la suya se ganaron la vida, mientras Xavi Hernández emprendía su viaje hacia la revolución mesocrática en el campo del Jábac, del Jaba Carmelitano, con su camiseta blanca y su franja diagonal verde.

Y fue así como el Sr. Hernández, que bien podría haber sido García o López por su mesocrática condición, se percató de que la normalidad no servía para generar épica y el centro del campo tampoco, pero aun así se empeñó en demostrar todo lo contrario. Como muy bien dice Vicenç Villatoro en su relato “Elogio del centro del campo” del libro “Cuando nunca perdíamos” de la Editorial Alfaguara (que recomiendo): “Para generar épica partiendo de una biografía, el centro del campo no sirve, pues necesitamos goleadores porque innegociablemente la épica siempre dibujó su leyenda en derredor del gol”. Por ello Xavi Hernández, el chaval de la Cultura Práctica, de la Calle Galileu, el niño que jugaba en el Jábac y la Plaza del Progrés, aquel que pertenece a la clase media trabajadora de aquellos que crecieron con la naturalidad de ser culé y en el seno de una familia con acusada tradición futbolística (su padre Joaquín jugó en el Sabadell), tuvo que demostrar y trabajar tanto para que las altas esferas le tuvieran en cuenta para sus premios individuales. Y por ello creo, que aun mereciéndolo sobradamente, jamás recibirá el Balón de oro; posiblemente por ello y por Lionel Messi, al que la pelota y el gol tratan como mito con todo merecimiento, pero que sin  la inestimable colaboración de la mesocracia del equipo de Guardiola, con el de Terrassa al frente, no lo hubiera conseguido.

Esta es la mesocrática historia de Xavi Hernández, aquel que en el fondo sigue siendo ese chaval que acudía a los entrenos del Barça en los servicios de transportes públicos para desarrollar su aprendizaje en la mesocrática cantera azulgrana y regresar al centro de Terrassa. Al centro en el que todo comenzó, trabajando con constancia, discreción y sin molestar a los demás. Demostrando que el estilo del centro del campo en su caso es una forma de ser nada frívola, alejada de cualquier atisbo de banalidad. El trabajo silencioso de aquel que es consciente de la importancia del colectivo por encima del brillo personal. Que destruir puede ser beneficioso pero es infinitamente menos valioso que construir.  Y sobre todo que la inteligencia y la cabeza unida a la técnica individual, son infinitamente más importantes que el físico. Quizás por ello hasta que no vimos a futbolistas como Sócrates, Guardiola o como él, no nos percatamos de que se podía ser un número uno sin hacer demasiados goles, simplemente haciendo una buena lectura del partido, dando pases de genio y marcando el tempo del juego donde se cuece y fábrica el fútbol ofensivo de un equipo: en la zona medular.

 Su genialidad muy trabajada, que siempre permaneció silenciosa y latente, puede que no corresponda a un don natural como el de Diego Maradona, y ahora Leo Messi, sino al fruto de la formación, el entreno, la inteligencia y la reflexión. Por ello posiblemente todos nos sentimos tan cercanos a Xavi Hernández, por eso le vemos como uno de los nuestros, porque con su mundana forma de ser, de entender el fútbol y la vida, ha conseguido hacerse hueco en la leyenda y la épica. Por ello proyectamos en él nuestras mesocráticas metas de normalidad, y por ello Xavi nos demuestra que en la mesocracia azulgrana todo es posible, que el 4, el 6 y el 8 pueden llegar a ser épicos o falsos épicos, capaces de entrar y salir de la leyenda para golear y construir.

Y es que Xavi jamás será Bogart, pero como Sam seguirá tocando maravillosos acordes de piano ante la mirada entregada, impotente y atónita de una superproducción llamada Casablanca. Posiblemente cuando estas líneas vean la luz, Messi habrá conseguido hacer historia con su tercer Balón de Oro consecutivo y Xavi contemple una vez más la escena en un discreto segundo plano, pero Bogart (Leo) siempre sabrá que sin los acordes de piano de Sam, su fútbol jamás habría sonado a música para nuestros oídos. Y tan solo por ello, aunque la épica y la leyenda del gol no se enreden entre el minimalismo genial de sus botas y su fútbol, como icono y principal representante de la mesocracia del fútbol, merecería un reconocimiento individual del citado calibre. 

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