Sergio Ramos, soberano de Camas
Sergio Ramos, el dueño del centro de la zaga | Licuadito VAVEL.com: Javier Robles

Camas es tierra de grandes tesoros, tierra agradecida y puerta abierta a Sevilla. Es tierra de tartesios, eternos toreros y grandes futbolistas. Quizás por ello a nadie extrañó que en 1958, en un cerro cercano a la villa fuera descubierto un fabuloso tesoro tartesio bautizado como El Carambolo, un aderezo, posiblemente masculino, compuesto de 16 placas de cinturón o diadema, 4 pectorales, 2 brazaletes y una cadena colgante. El tesoro idóneo para un tartesio, que podría lucir flamantemente sobre el pecho de un faraón y por su puesto sobre el de un rey, pero resulta que los tartesios hace miles de años que nos dejaron y, Curro, ‘el Faraón de Camas’, se basta con un capote y una rama de romero en su solapa. Por lo que en la agradecida tierra camera solo hubo lugar para un rey, que gustosamente prestó su pecho para portar por el mundo con orgullo el fabuloso tesoro de la Villa de Camas.

Y en la ciudad de Camas, en el barrio jardín Atalaya un niño con aires de príncipe patea una pelota a un ángulo imaginario que dibuja telarañas entre los árboles de una plaza. Luego regresa sobre sus pasos y defiende con su alma la imbatibilidad de una portería delimitada tan solo por dos piedras. Es la cancha de los sueños en mitad de una plazoleta, es el puro barrio de Atalaya, son lo orígenes y pergaminos del recuerdo del mayor futbolista surgido de esta singular tierra en la que anida la magia.

Sergio, que siente como suyo el cante y el toreo, sólo llora por el fútbol

Quiere ser portero pero juega como delantero y vive esos mágicos momentos en los que el fútbol se viste de ilusión, se abre puramente a la felicidad de una infancia en la que solo caben pensamientos para la diversión. Sergio es puro torbellino, sube constantemente a los arboles buscando quizás un lugar más alto para contemplar su querida Camas. Siente en lo más profundo de su ser los ‘soníos negros’ del duende del flamenco y muere con el arte natural de su paisano Curro, paradigma del mito, materialización del misterio del toreo, ese del que tanto oyó hablar de pequeño en la Bodega La Santina, donde Sergio lanzaba al vuelo el capote de su imaginación cada vez que iba con su padre o su abuelo y las historias del fútbol y el toreo anidaban sobre la barra. Pero Sergio, que siente como suyo el cante y el toreo, solo llora por el fútbol. No en vano aquel que aun no conoce que el destino le tiene reservado el mejor regalo, sueña con una España Campeona del mundo y no puede soportar ver a su selección eliminada.

Y entre capotes, cantes y el rodar de una pelota que en Sevilla gira de otra manera, crece para el fútbol en las filas del conjunto de Camas. Con tan solo ocho años ingresa en los escalafones inferiores del Sevilla Fútbol Club, su infancia y adolescencia han concluido, al menos la habitual para un chico de su edad, pues a partir de aquí debe renunciar a muchas cosas con la única intención de lograr sus objetivos y metas. Juega como delantero pero retrasa paulatinamente su posición porque su crecimiento reclama espacio para desarrollar óptimamente su enorme potencial, arrancando con metros por delante, la actitud por bandera y un envidiable destino a sus pies.

En Sevilla su trayectoria confluye con la de los educadores deportivos, cinceladores de estrellas como Pablo blanco, que nada más verle comenta a "Rubio" (su padre): "Este niño será futbolista". Y a un costado del terreno de juego, en el lateral derecho, irrumpe con fuerza, Manolo Jiménez le marca sus primeros objetivos y sus buenas actuaciones en el filial, le llevan a la puerta del vestuario del primer equipo, donde comienza a entrenar con solo 16 años y conoce a Joaquín Caparrós, otro cincelador de estrellas al que considera su padre deportivo.

Un 1 de febrero de 2004 y a la edad de 17 años, debuta con la camiseta del Sevilla en partido liguero frente al Deportivo de la Coruña. Para Sergio es un sueño compartir vestuario con jugadores como Pablo Alfaro, Javi Navarro o Darío Silva. El técnico de Utrera le marca profundamente, le transmite la importancia del sacrificio, la ilusión por los objetivos diarios y la profesionalidad. Son años cruciales e inolvidables para Sergio, que absorbe ávidamente las enseñanzas que le transmiten los veteranos y crece arropado por la valiosa amistad que le une a compañeros como Antonio Puerta y Jesús Navas.

El potencial de Sergio es enorme, dotado de una calidad técnica muy notable y unas cualidades defensivas excepcionales, apunta cualidades de defensa de época. Sobresale por su personalidad, su capacidad en el juego aéreo, rapidez y velocidad al corte, además de las luces que muestra en las incorporaciones ofensivas. Tras dos temporadas brillando en el lateral diestro de Nervión, el Real Madrid se interesa por su fichaje y cierra su pase en la cantidad de 27 millones de euros, convirtiéndose así en el traspaso más caro de la historia por un jugador de su edad. Con 19 años llega a Madrid, Sergio posee una personalidad muy marcada pero siente vértigo al entrar al vestuario madridista y comprobar que Zidane, Roberto Carlos, Raúl, Beckham y Ronaldo, son personajes de carne y hueso.

En ese momento es consciente de que aún no ha conseguido nada, y tiene ante sí el mayor reto de su vida: portar el nº4 dejado por Fernando Hierro y llevar una camiseta con tanto peso histórico como la del Real Madrid. Saltar al Bernabéu, ser defensa puro y honesto en un templo sagrado, cuyo bello cimiento y gentil muro son de alabastro duro y blanco nácar. Una tarea nada sencilla en la que sucumbieron zagueros mucho más experimentados que él, pero Sergio lleva el vértigo tatuado en su piel desde que con siete años jugaba con una ficha falsificada en su querido Camas FC.

No hay reto imposible para el defensa andaluz, pues Sergio es un futbolista de raza, de piel, mapa en el que ha tatuado todos sus sentimientos y vivencias. El nombre de su madre 'Paqui' en la muñeca izquierda y el apodo de su padre 'Rubio' en la derecha. En la parte baja de la espalda, René y Miriam, sus dos hermanos; subiendo hacia arriba, casi llegando al cuello, un pequeño duende sujeta un balón y confluye con sus raíces, pues el de Camas no concibe el fútbol sin alma, sin creatividad, sin el don natural que simplemente tiene y jamás podrá enseñarse en una pizarra. En los doce tatuajes de su piel queda reflejada su personalidad, reservando un sentimiento especial para el que lleva en su antebrazo izquierdo, dedicado a su amigo Antonio Puerta: "Nunca me olvidaré de ti".
Una frase que pueden tatuarse los aficionados madridistas, puesto que difícilmente podrán olvidar al defensa de Camas. Los más veteranos creen ver en la efigie real del defensa andaluz a una leyenda como Santamaría, otros a un icono como Fernando Hierro, pero hace tiempo que la historia del Real Madrid hizo hueco para Sergio Ramos. Son ya ocho temporadas y casi 400 partidos con la camiseta del Real, como le había augurado Pablo Blanco siendo aun un niño, su infinito potencial le llevó al centro de la zaga, donde es ciertamente complicado encontrar defensor central de similar categoría a nivel mundial. Como antaño sigue marcándose objetivos diarios, regresa mentalmente a la plazoleta del barrio de Atalaya, en la que mantiene la ilusión más pura, y encuentra en cada baldosa sus objetivos inmediatos. Aunque a veces los altísimos niveles de exigencia pasan factura a su capacidad de concentración, jamás se deja un ápice de esfuerzo en su trabajo. Por la citada razón Mourinho, técnico que conoce bien las aptitudes de Ramos y en la primera página de su libro de estilo tiene anotado como primer mandamiento la exigencia y la actitud, no deja pasar una al segundo capitán del Real Madrid.

En el vestuario madridista sólo Casillas ha jugado más encuentros que él con la camiseta blanca. Tres campeonatos de Liga, dos Supercopas de España y una Copa del Rey adornan un sueño comenzado en una plazoleta de Camas, en la que jugaba a ser torero con un balón y lloraba por una selección que le aguardaba en su destino para gozar del hermoso privilegio de enjugar las lágrimas de generaciones pasadas. A un paso de la centena, dos Eurocopas y un Mundial le contemplan, los cinceladores de estrellas sienten orgullo al contemplar al niño anónimo que quiso ser faraón del toreo y orfebre del cante. Y es que a estas alturas nadie duda que el fabuloso tesoro tartesio descubierto en un cerro cercano a la villa sevillana, no puede encontrar más digno portador que este ‘Gerión del fútbol’. Simplemente Sergio Ramos, aquel que como Argantonio lo fue de Tartessos, es hoy insigne soberano de Camas.

Fotos: Félix Ordóñez (Reuters), EFE.

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