Yo jugué en el Real Betis: Txirri
En la imagen, el central nacido en Barakaldo durante el Betis-Zaragoza de Copa de 1994. (Foto: ABC de Sevilla).

Yo jugué en el Real Betis: Txirri

Criado en la cantera bilbaína, la suerte no le sonrió a este espigado central en San Mamés, desde donde tras mucho esperar inició un periplo por varios clubes del sur que le llevó al Málaga, el Atlético Marbella y una escuadra de las trece barras con la que fue semifinalista de Copa (eliminando incluso al Barcelona del 'Dream Team') y logró un ascenso; ahora, brilla por fin como rojiblanco, siendo parte de la dirección deportiva vizcaína.

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J. Julián Fernández S.

Para cualquier aficionado resulta prácticamente imposible acordarse de todos los futbolistas que pasan por su equipo. Así, no es de extrañar que haya jugadores con los que, pese a intervenir en encuentros que han pasado a la posteridad, cuesta caer en la cuenta de que vistiesen una determinada elástica. Es lo que ocurre, por ejemplo, con aquel mítico encuentro en el Camp Nou entre el Betis y el Barcelona en los cuartos de la Copa 93/94, donde, contra todo pronóstico, la escuadra de las trece barras eliminó al ‘Dream Team’. De aquella noche, todos tienen presente el gol de Juanito, pero son muchísimos menos los que recuerdan la presencia en el once de nuestro protagonista de hoy: Txirri.

Nacido en la localidad vizcaína de Barakaldo el 12 de noviembre de 1964, Fernando Quintanilla Barañano pronto dejó atrás su nombre para ser conocido por un sobrenombre que le puso su padre, quien, debido a su hiperactividad de pequeño, le llamaba ‘txirrindulari’ (ciclista en vasco). Más tarde, y con el paso de los años, ese apelativo quedó reducido a Txirri, justo con el que fue conocido durante su carrera deportiva, que desde muy joven estuvo vinculada al Athletic de Bilbao.

Le costó muchísimo dar el salto en el Athletic

Allí fue quemando etapas en las categorías inferiores hasta llegar al filial en la campaña 83/84. Curiosamente, debutó marcándole un gol al Deportivo, pero, más allá de ese brillante debut, no tuvo demasiada continuidad. No pasó de ser un suplente habitual, alcanzando apenas los 15 encuentros oficiales, aunque en el seno de la entidad bilbaína se seguía confiando en él de cara al futuro. Y quizás el propio zaguero era consciente de ello, porque en la 84/85 se convirtió en el principal bastión de la defensa rojiblanca.

Estuvo sobre el césped en 34 ocasiones y logró la friolera de seis dianas. Con estos registros, no es de extrañar que muchos comenzasen a plantearse seriamente que Txirri debía dar el salto junto a los mayores, algo que ocurriría en la campaña siguiente, la 85/86. De hecho, fue titular en el estreno liguero, frente a Osasuna, cumpliendo con creces en la retaguardia. Sin embargo, a la jornada siguiente regresó al filial, volviendo solo en dos ocasiones más al primer equipo. La primera de ellas, con gol incluido, ante el Valladolid. Y la siguiente, frente al Valencia en la fecha 30. Mientras tanto, sus números con el Bilbao Athletic también sufrieron un importante descenso, ya que al entrenar con los profesionales siempre partía en desventaja con respecto a sus compañeros. Sea como fuere, volvió a disputar nueve duelos en Segunda y marcó dos nuevos ‘chicharros’ (a Cartagena y Deportivo).

Las lesiones fueron una constante durante su carrera

Aunque todo comenzó a torcerse durante la siguiente temporada, la 86/87. Una lesión le obligó a arrancar con los ‘cachorros’ vizcaínos y con la competición ya empezada. No obstante, el de Barakaldo se  reivindicó con trece actuaciones y tres goles (a Barça B, Logroñés y Celta) que volvieron a servirle para promocionar. Así, acabó el curso bajo las órdenes de Iríbar, acumulando otros nueve envites y un tanto (a Las Palmas).

Parecía que por fin podría asentarse en el vestuario, pero, de nuevo, un grave contratiempo físico le frenó en seco. No en vano, apenas pudo jugar durante toda la 87/88, estando sobre el césped en solo tres duelos en los que, para colmo de males, nada pudo hacer para evitar el descenso del Bilbao Athletic a Segunda B. Una situación que, pese a todo, no cambió su intención de hacer carrera como rojiblanco. Lejos de buscar una salida, decidió quedarse, comenzando la 88/89 en el filial, disputando las primeras siete jornadas. Al poco, el primer equipo volvió a tirar de él, que intentó aprovechar cada oportunidad para demostrar que podía jugar al lado de los mayores. Al final, intervino en 14 duelos y celebró tres goles (a Celta, Logroñés y Oviedo) que, unido a que por edad ya no podía regresar al filial, le convirtieron por fin en uno más de los ‘leones’.

No tuvo suerte en el Málaga, pero sí en el Marbella

De este modo, en la 89/90 jugó únicamente con los mayores, diputando entre Liga y Copa un total de 25 duelos en los que firmó un tanto, al Sporting. Aquellos serían sus últimos servicios como rojiblanco, puesto que en verano la dirección deportiva le confirmó que no tenía sitio en la plantilla y, por tanto, le invitó a buscarse equipo. Lo encontró al poco, marchándose a un Málaga con el que intentaría regresar a la Primera división.

Y en La Rosaleda gozó de continuidad, con 24 partidos y dos ‘chicharros’, a Figueres y Sabadell, que, pese a todo, no sirvieron para lograr el objetivo del ascenso. No obstante, las cosas irían mucho peor en la siguiente campaña, cuando otra grave lesión le impidió jugar durante prácticamente toda la competición. De hecho, apenas se le vio sobre el terreno de juego durante la primera jornada, en la que tuvo que retirarse a los 53 minutos por una dolencia que pondría fin a su etapa como blanquiazul.

Sergio Kresic fue su principal valedor en Heliópolis

Pese a ello, la suerte le siguió sonriendo en el sur, porque el Atlético Marbella apostó por él de cara a la 92/93. Allí formó un gran tándem con Olías en el eje de la zaga, con 25 choques en los que demostró que sus problemas físicos formaban parte del pasado. Además, convenció del todo a Kresic, quien no dudó en pedir su fichaje, al igual que el de su compañero en la retaguardia y el de Comas, para reforzar un Betis con el que firmó para la 93/94.

Así, Txirri hizo las maletas y arribó a Heliópolis, donde no cabía otro objetivo que regresar a la Primera división. Una meta que comenzó a perseguir como titular indiscutible hasta la octava jornada, aunque, de nuevo, las lesiones le obligaron a parar. Sus tobillos le daban demasiados quebraderos de cabeza, hasta el punto de que estuvo tres meses en el dique seco. En cualquier caso, reapareció en Copa, viviendo desde el césped la eliminación a domicilio del mítico Barcelona de Cruyff en el Camp Nou, así como también unas semifinales frente al Zaragoza, que a la postre fue campeón, en las que la escuadra de las trece barras vendió bien cara su eliminación.

Igualmente, también aportó su granito de arena en la segunda vuelta, con ocho actuaciones más en las que arrimó el hombro para la consecución de un ascenso que llegó ya con Serra Ferrer en el banquillo, tras un espectacular sprint final y con el estadio del Plantío de Burgos como testigo. Aquellos éxitos endulzaron su paso por La Palmera, donde, a buen seguro, le hubiese gustado brillar algo más y ganarse un sitio.

Elche y Zamudio fueron sus últimos equipos

Pero el cambio de categoría trajo aparejado el inicio de una nueva aventura para él. Apuró sus opciones de continuar en el Betis hasta la recta final del mercado veraniego, pero, finalmente, acabó recalando en el Elche, en Segunda B. Allí, vistiendo la elástica franjiverde, gozó de minutos en la 94/95, con 21 duelos y un tanto que, no obstante, no evitaron que mirase con envidia lo que ocurría en el Villamarín, done el equipo quedaba tercero. Sea como fuere, su etapa en el Martínez Valero duró un curso más, en el que también tuvo continuidad, alcanzando los 22 envites.

Ya en el verano de 1996, con 32 años y muy castigado físicamente, volvió al País Vasco, donde encontró acomodo en un Zamudio en el que firmó los mejores números de toda su carrera. Acumuló un total de 32 encuentros y hasta siete goles que endulzaron, y de qué manera, su retirada, que se consumó en cuanto la Liga echó el cierre. A partir de ahí, regresó al Athletic, donde comenzó a trabajar vinculado a su Fundación.

Más tarde, pasó a ser responsable de captación de jóvenes valores, llegando después a ser parte de la dirección deportiva bilbaína. Paralelamente, su hijo, Alexander Quintanilla, ha seguido sus pasos, pasando por la cantera rojiblanca, el Alavés y, desde 2012, el Valencia Mestalla. Él se ha convertido en su principal legado en el mundo del fútbol, donde quizás sus mayores logros llegaron vistiendo la elástica de las trece barras, aunque pocos lleguen a acordarse con claridad de que llegó a defenderla.

 

(Fotos del texto: 1 y 5, Miathletic.com; 2, Todocoleccion.net; 3, Amigosmalaguistas.com;  y 4, Beticopedia.com).

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