¡Qué bueno que viniste, Pizzi!
Foto: Carla Cortés - VAVEL

"Hace la apertura hacia la banda derecha, para Guardiola, que podrá poner la pelota a la olla. La cuelga Guardiola desde lejos, saltan un montón de jugadores, toca Abelardo, el rechace del portero, remate y gol gol gol gol... ¡Pizzi, Pizzi, Pizzi, qué bueno que viniste! ¡Qué bueno que llegaste! Pizzi, Pizzi, Pizzi. ¡Sos macanudo! Pizzi, Pizzi, Pizzi, ¡Pizzi, viejo! ¡Pizzi!”

Pocos recordarán mejor aquel día que Joaquim Maria Puyal. El 12 de marzo de 1997 su voz iba a narrar una de las jugadas más recordadas por todos los amantes del barcelonismo. El Camp Nou se vestía de gala para el partido de vuelta de los cuartos de final de la Copa del Rey entre el FC Barcelona y el Atlético de Madrid. El Vicente Calderón ya había sido testigo de una vibrante ida entre dos equipos que se dejaron la piel en el terreno de juego. Finalmente, en la capital, se firmaron las tablas (1-0 Caminero, 1-1 Pizzi, 1-2 Pizzi y 2-2 Kiko).

Tras la ida, la vuelta. Un duelo que casi no se llega a jugar. La polémica estuvo servida de la mano del tan polémico, valga la redundancia, presidente del Atlético de Madrid, Jesús Gil y Gil. Su motivo era el de protestar por las sanciones de Esnáider, Geli y Simeone, tres jugadores que habían sido sancionados en la anterior jornada de la competición liguera. Pero solo era un farol. De Madrid a Barcelona, el equipo viajó hasta la Ciudad Condal para decidir el pase a la siguiente ronda.

A Puyal y a los aficionados que esa noche fueron al feudo blaugrana, ni siquiera les salía la voz. Esa noche el Barça había salido más dormido de lo habitual. La cara y la cruz se reflejaban en un portentoso Milinko Pantic y un desastroso Vítor Baía. Con el pitido del descanso, el electrónico reflejaba un contundente 0-3. El serbio, Pantic, mandaba el balón al fondo de la red en las tres ocasiones. Las cosas no salían. El jugador que les acababa de marcar un triplete, no tenía mucho olfato goleador. El árbitro había anulado otro tanto a Aguilera. Las cosas seguían sin salir. Y la gran delantera que militaba esa temporada en el Barça, no estaba ni de lejos en su mejor versión. La suerte caía del lado rojiblanco.

Pero alguien sabía que era el momento de cambiarlo. Alguien que seguramente, ya soñaba con aquella copa en la que aparecía grabado el nombre del FC Barcelona. Alguien que ya soñaba con ganar en el Bernabéu. Y que así terminaría siendo.

Cruyff ya no estaba. En su lugar, Bobby Robson, entrenador que venía a sustuir a alguien que parecía insustituible, salió a por todas. Antes del descanso, sacó del terreno de juego a hombres defensivos, para meter a dos delanteros: Pizzi por Popescu y Stoitchkov por Blanc. La filosofía de juego cambiaba. El objetivo estaba claro: ganar o ganar. El partido 'loco' estaba a punto de comenzar.

Si actualmente, la sola presencia de Messi en el campo despierta a sus compañeros, en aquel partido, el delantero búlgaro se encargó de dar el empujón a los otros diez blaugranas. Con la premisa de chutar a portería a la más mínima oportunidad, el duelo comenzaba a dar un giro inesperado. El despertador caló en Pep Guardiola, quien comenzó a mandar. Luis Figo, Sergi Barjuán y Luis Enrique volvían a tener las pilas cargadas. De la Peña empezó a tirar líneas como el mejor de los arquitectos. Y Ronaldo, con su magia, metió a su equipo en el partido. Metió dos goles en seis minutos.

Puyal bebía agua a la vez que se frotaba los ojos. Lo que estaba viendo era el preludio de una noche de leyenda. El Camp Nou sabía cuál era su papel. Y así lo hizo hasta el final del partido. Ni un nuevo gol del líder del Atleti aquella noche, Pantic, consiguió enfriar la noche en Barcelona.

Ganar o ganar. Esa era la cuestión. El marcador seguía reflejando ese 2-4 que eliminaba al Barcelona de la Copa del Rey. Igual Puyal ya pensaba que su voz no retransmitiría la remontada imposible. Y entonces, apareció Figo para empalmar de volea desde la frontal un balón que entró por la escuadra. Y entonces, apareció Ronaldo. Y su magia. Que con su triplete, pondría las tablas en el marcador.

Cruyff ya no estaba. Quizás la cabeza del fútbol se había llevado consigo las matemáticas. Las que le faltaron a Robson. El entrenador, contento por el resultado y por haberle dado la vuelta casi al marcador, se dejó la calculadora en casa. El desconcierto le hizo olvidarse de que su equipo necesitaba otro gol. Uno más. Los goles en campo contrario situaban con ventaja al Atlético, a pesar del empate a seis en el global. El técnico inglés ordenó a los azulgranas que calmasen el encuentro y recuperase el control. Pero lo que se empieza se acaba. Puyal tenía aun voz para una última jugada, para un último gol. Y Juan Antonio Pizzi tenía fútbol de sobra para aparecer en el minuto 83 y marcar el gol que hizo que aquel 12 de marzo de 1997, el Camp Nou se rindiera a sus pies.

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