El porqué de la rivalidad Real Valladolid - Sporting de Gijón
El porqué de la rivalidad Real Valladolid - Sporting de Gijón. (Imagen: JJ Ortega | VAVEL).

Un, dos, tres, responda otra vez: grandes rivalidades del fútbol. Real Madrid y Barcelona, River Plate y Boca Juniors, Panathinaikos y Olympiakos, Milán e Inter de Milán, Arsenal y Tottenham... y Real Valladolid y Real Sporting de Gijón. A pesar de la humildad de estos dos últimos -decimoterceros y decimosextos en la clasificación histórica de la Liga-, castellanos y asturianos son dos equipos cuyos enfrentamientos generan tensión, esa chispa de animadversión entre los jugadores de cada conjunto, un sentimiento que se extrema en las gradas, que dan cobijo a centenares de aficionados que apoyan a una camiseta y están enemistados con la otra.

Gijón y Valladolid tienen una rivalidad de reciente acuñación

A pesar de que entre pucelanos y gijoneses la pugna no tiene un trayecto tan histórico y acusado como el de los mencionados anteriormente, que llevan casi toda su vida compitiendo por los mismos objetivos, en los últimos años la relación entre los rojiblancos y los albivioletas ha ido empeorando por distintos hechos. Ambos clubes, directivas y afición tienen su parte de culpa, ya que dos no riñen si uno no quiere. Pero a la vista está que ambos chocaron en el pasado, y todo apunta a que lo seguirán haciendo.

Las entradas de la discordia

Una de las principales causas de esta rivalidad se remonta a mayo de 2009, cuando ambos equipos jugaban en Primera. Como modestos que son, ambas escuadras se jugaban la permanencia en los estertores de la temporada, así que la chispa se convirtió en llamarada cuando el Real Valladolid anunció que mandaría un paquete de localidades a los gijoneses a precio de 75 euros cada una. El elevado coste de las mismas tenía dos objetivos: o bien aprovechar la fidelidad de La Mareona y recaudar buenos ingresos de su visita a Zorrilla, o bien disuadir a estas gargantas de desplazarse y sofocar con sus cánticos a la hinchada local.

La reacción del Sporting fue inmediata, con el presidente Manuel Vega Arango a la cabeza. En un comunicado, mostraron su desacuerdo: "El Sporting declina recibir las entradas que, a 75 euros, pone el Real Valladolid a disposición de los aficionados rojiblancos para su venta en Gijón, ya que ni la cantidad responde a la demanda de localidades que se ha generado en el entorno del Sporting ante el masivo desplazamiento previsto, ni su precio responde a la lógica, ya que es totalmente desorbitado".

Los despachos se sumaron a la gresca

La directiva, por su parte, anunció que no acudiría con sus colegas vallisoletanos, rompiendo así las relaciones con ellos a raíz de esta decisión: "Por estas razones y en solidaridad con sus aficionados el club declina asimismo aceptar la habitual invitación de protocolo entre clubes, por lo que ni acudirá a la comida previa entre integrantes de ambos consejos de administración, ni presenciará el partido desde el palco de honor".

Ese partido finalmente fue de triunfo visitante por un gol a dos, si bien al final de esa campaña ambos equipos ratificaron su permanencia en la élite del fútbol español, aunque con un nuevo enemigo, respectivamente.

El Pacto de Llanes

El primer episodio de esta animadversión fue culpa de los vallisoletanos, que fueron las víctimas del siguiente capítulo de la confrontación. Una temporada después de esa polémica, de nuevo estos dos clubes trataban de huir de la quema del descenso, y de nuevo hubo controversia en las jornadas finales. En esta ocasión, la política se metió por medio del deporte cuando el entonces presidente cántabro, Miguel Ángel Revilla, instaba a la afición asturiana a desplazarse a El Sardinero cántabro para animar a los santanderinos en el encuentro contra el Sporting. Los de Miguel Ángel Portugal se jugaban el tipo y sus vecinos ya estaban salvados: el trato parecía inminente.

El biscotto no gustó en Zorrilla

Por aquel entonces, ese mayo de 2010, el Pucela batallaba por seguir un curso más en Primera con un calendario complicadísimo: el último partido sería en el Camp Nou, con el Barcelona de Guardiola peleando por la Liga. Dependían de resultados ajenos, de modo que el llamado Pacto de Llanes fue muy criticado desde la Meseta, molesta con que los tentáculos de la política se entrometieran en el balompié. Finalmente, el Racing ganó cómodamente a los asturianos por dos a cero, cumpliendo así los deseos de Revilla y la salvación para los cántabros. Aún así, el Real Valladolid no cumplió y salió escaldado de tierras catalanas, bajando a Segunda por méritos propios.

Esta alianza puso fin a las aspiraciones de los castellanos de no caer a Segunda, empresa ya de por sí difícil. Los merecimientos -indudables- de que el Real Valladolid perdiera la categoría no fueron motivo suficiente para que la afición de blanco y violeta elevase los brazos al cielo contra la argucia de esos dos equipos del norte de España. Tras este conflicto, ambos equipos y directivas ya tenían más que sobrados motivos para no tenerse cariño mutuo.

Curiosamente, la historia se repitió un año después, ya con el Pucela descendido, pero con los papeles cambiados. Los santanderinos necesitaban la ayuda gijonesa, pues estos ya estaban salvados y aquellos necesitaban tres puntos para continuar en Primera. Como no podía ser de otra manera, los de Marcelino cayeron en su visita a El Molinón, posibilitando que los chicos de Manuel Preciado, cántabro de nacimiento, sumaran tres importantísimos puntos.

Las aficiones

Más allá de incidentes en el terreno de juego o en los palcos, los verdaderos protagonistas son los aficionados. Los rojiblancos protagonizaron en 2009, en plena polémica por los precios de las entradas, una protesta muy poco habitual que molestó sobremanera a los hosteleros de Valladolid: en lugar de pasar el día a orillas del Pisuerga, con el gasto económico que eso incluye en los bares, restaurantes u hoteles de la localidad, apostaron por hacerlo en León. Una venganza que benefició a una ciudad no muy amiga de la capital de Castilla, que albergó a La Mareona -y a su desembolso- antes de que esta llegara a Zorrilla con el tiempo justo de ver el choque. A lo sumo, gastarían en refrescos y pipas.

En cuanto a los pucelanos, uno de los equipos amigos es el Oviedo, enemigo por su parte del Sporting de Gijón. Este triángulo de amor-odio provoca que cuando hay un derbi asturiano, los ovetenses tienen un aliado más allá de la cordillera cantábrica. Por su parte, los gijoneses saben que en el Carlos Tartiere y en el Nuevo José Zorrilla no son del todo bien recibidos.

El Oviedo es el tercer actor en discordia

Este panorama convierte a la próxima jornada liguera en susceptible de confrontación entre los espectadores. Los Ultra Boys -facción radical de animación sportinguista- se enfrentaron antaño a los Ultra Violetas locales, desmereciendo a una rivalidad que no por intensa ha de ser violenta. A pesar de que haya rencillas entre clubes, una cosa es mirar con recelo a un aficionado con la camiseta del rival y otra ser intolerante y agresivo hacia ellos, dejando de lado la esencia y la competitividad del deporte. Que sea el balón quien determine un ganador, que el espectáculo sea hermoso y que la grada se comporte como debe hacerlo, por el bien de todos.

Imágenes: Diario Montañés | Mundo Deportivo | LFP | Foro oviedista.

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