Se veía venir
El Barça celebrando un gol, y de fondo, una pancarta de un aficionado blanco (Foto | Dani Mullor - VAVEL)

No se salvó nadie. La grada pagó el desencanto de un partido muy pobre con todos los estamentos del club. A los jugadores les silbaron durante el partido, a Florentino Pérez le cantaron durante el descanso por primera vez aquello de "Florentino, dimisión" desde que retomó las riendas del equipo; y a Rafa Benítez le espetaron su deseo de que se marchase del Real Madrid una vez que culminó el choque, mientras que el madrileño tomaba su vehículo para retornar a casa.

Reparto de culpabilidades

Y es que se veía venir que algo así podía suceder. Desde el inicio de la temporada el equipo no conseguía asentar una manera de jugar. Cristiano Ronaldo no estaba cómodo, hombres como Toni Kroos o Gareth Bale no acertaban a demostrar su nivel, y tan solo a fogonazos y con la seguridad que daba al equipo un excelso Keylor Navas, el Madrid sacaba resultados con unos guarismos de auténtico relumbrón.

Aunque el Madrid no terminaba de convencer con el juego, lo hacía con los resultados, pero con los últimos partidos tampoco puede acudir a las estadísticas para justificarse

El menos goleado, el máximo goleador, que ya no es tal. Con los tres goles que le hizo el Sevilla en el Pizjuán perdió la primera de las condiciones, mientras que gracias a los cuatro que consiguió el Barcelona hizo lo propio con la segunda en favor de los culés. Ya ni siquiera las estadísticas le dan la razón a Benítez, que ve como los incendios se le van reproduciendo, sin que pueda ponerse el traje de bombero para extinguir ninguno de los que se le plantean.

Mucho más de lo externo que de lo interno se ha hablado desde que el madrileño tomó las riendas del equipo. Se apuntó a una falta de 'feeling' con los pesos pesados como Ramos o Cristiano, que sí lo tenían en cambio con Ancelotti. Se habló de un choque con James, que se reprodujo en el último parón continental con el colombiano y el madrileño hablando de la recuperación del cafetero desde puntos de vista opuestos.

Explosión

Y la gente estalló ante el máximo rival. La mala imagen fue aún más determinante que el resultado en sí para los seguidores. El equipo deambulaba sin plan por el campo, campando a sus anchas el Barcelona por el Bernabéu. Modric no acertaba a comprender el por qué sucedían estas cosas, con un mensaje elocuente: "No aprendemos de nuestros errores, y no entiendo por qué". El equipo cosechó hace menos de un año otro repaso similar ante otro de los rivales directos para el madridismo, un doloroso 4-0 ante el Atlético que puso en la rampa de salida al anterior entrenador.

Benítez ha apelado desde el inicio a los números y a las lesiones que han sufrido para explicar lo que se veía y ha terminado sucediendo, pero ni una ni otra opción le valen ya para tratar de hacer entender a la gente lo que ve sobre el campo. Un Cristiano mucho menos eficaz y decisivo para el equipo, que empieza a ver cómo se duda también de su figura, al mismo tiempo que crecen los rumores sobre sus desavenencias con el técnico. Y es que la sintonía entre ambos, el Bernabéu y la propia directiva nunca ha terminado de ser la misma.

Santiago Bernabéu clásico anillo seguridad
La afición, en el primero de los anillos de seguridad (Foto | Manuel Vergara - VAVEL).

El respetable estalló, afectado en parte por lo vivido en la previa, que tampoco ayudó para digerir mejor el mal trago al que sometieron los jugadores blancos a su público. Desde dentro, el preludio al choque se hizo algo cargante. La seguridad, necesaria ante la amenaza de un atentado terrorista, hizo que los aficionados se desplazasen desde muy pronto al estadio. Hasta tres y cuatro horas antes, los seguidores blancos y azulgranas se concentraban en los aledaños del campo madridista, que se protegió con tres anillos de seguridad dispuestos por los cuerpos de seguridad del Estado.

La gran seguridad impactó al ánimo previo

Un primer círculo a unos 500 metros del Bernabéu, en el que los policías se dividían para cachear a los aficionados y pedirles la entrada, comprobando que los abonos se correspondían a los poseedores y que los que accedían a las cercanías del recinto lo hicieran en posesión de un ticket para presenciar el encuentro. Unos 200 metros después, otro ejercicio similar de la Policía retenía a la gente. Concentrados en filas, volvían a ser registrados y en algunos casos, pretendidos para presentar la documentación pertinente.

La firmeza de los controles no se detenía ahí. En la puerta de entrada al campo se presenciaban más registros a los espectadores, que debían presentar de nuevo su entrada. El despliegue policial sobrepasaba el millar de efectivos, a lo que se sumaba otros más de mil agentes de seguridad privada contratados por el club. Dos efectivos privados se apostaban en cada puerta, mientras que en un día normal apenas uno se vale para guardar dos accesos al campo madridista.

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Los furgones policiales apostados en el Bernabéu (Foto | Manuel Vergara - VAVEL).

Por todos los alrededores del campo, los agentes montados, los furgones policiales y los efectivos de antidisturbios se apostaban, incluido un camión con un chorro de agua incorporado utilizado en manifestaciones y acumulaciones de gente para despejar a las masas, que por fortuna no debió probar su utilidad. El ambiente entre los seguidores se mantenía en un tono bajo, sin demasiado intercambio de palabras y con más expectación que verdadero espíritu de partido grande, que a la postre era lo que se esperaba.

40.000 personas abandonaron el Bernabéu cuando Suárez hizo el 0-4, cuando todavía quedaban 15 minutos por disputarse

El propio Real Madrid esquivó el habitual recibimiento masivo que le brinda la afición en los partidos de altura, con un cambio en el itinerario desde Valdebebas hasta el estadio. La gente esperaba al equipo por un costado, mientras que el autobús apareció por otro, protegido además por la Policía que había cortado toda la calle con anterioridad, y que hasta 20 minutos después de que pasase el autobús del equipo no permitió a los aficionados andar por dicho espacio.

En los tejados, distribuidos de manera estratégica, observadores de la Policía vigilaban desde lo alto, armados con fusiles de precisión. La seguridad primó sobre el ambiente de partido, y se notó en el propio ardor del estadio. Los silbidos a Piqué fueron los que más atronaron de inicio, pero los goles de Neymar y Suárez en el primer tiempo, unido a la imagen sobre el campo que dejaba al equipo, se fueron olvidando de las fobias para anclarse en la indignación. No en vano, a pesar de los gritos, silbidos y cánticos, el gol de Suárez que hacía el 0-4 en el minuto 28 de la segunda mitad, provocó la estampida generalizada. Más de 40.000 personas abandonaron sus asientos ante la inconsistencia del equipo.

La afición vivió su clásico más raro a nivel externo e inconcebible a nivel interno. Ni siquiera en el famoso 2-6 la sensación que desprendió el equipo fue tan pobre como la que dejó en este 0-4. Nada ayudó en una noche aciaga para los blancos, que pasarán ahora un periodo de reflexión hacia el cambio necesario para darle un rumbo al proyecto.

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