Honrando sus colores de Múnich a Milan
Foto: AG - ATM

Pongámonos en contexto: la primera eliminatoria de la Champions del Calderón este año se abrió con un tifo, un mensaje claro y conciso, una señal: "Nunca dejes creer". Nunca dejen de creer en este equipo. Se mantuvo de pie ante las sacudidas. Se levantó. Rozó el cielo, volvió a bajar al barro. Sobrevivió y perdió; dulce derrota. Eliminó al Bayern, consumó la venganza del 74, coronó a Simeone como un Dios perteneciente a otro olimpo, distinto al de los mortales. Dos finales de Champions en tres años. Dos finales, una filosofía y un grupo por encima de las cosas: el Atlético es pura fe.

Prueba de resistencia

Porque el partido fue un infierno para el Atleti, de principio a fin. Guardiola salió con todo arriba y metió más pólvora, si cabe, con Müller y Ribery en el campo. Su ataque, total. Xabi Alonso iniciaba la jugada como último hombre, entre los centrales. Movía a Vidal, abría a Douglas Costa o Ribery, buscaban a Lewandowski... así una y otra vez, sin fin. En frente, el conjunto de Simeone resistía como podía las embestidas, una tras otra.

Gabi lo intentó en los primeros minutos con dos disparos tan tímidos como lejanos. Fue un espejismo; el Atleti naufragó en ataque. Más por mérito del rival que demérito propio, no conseguía dar tres pases seguidos -Koke no podía respirar ante la presión rival-, no armaba contragolpes, no encontraba a Griezmann ni Torres en los espacios. No daba sensación de peligro. Y mientras, el Bayern a lo suyo. Tal era la apisonadora alemana que el protagonista colchonero fue Oblak. Lewandowski no acertó en su primer intento, pero el meta tuvo que intervenir a un segundo disparo del polaco en el área y a más intentos lejanos de Arturo Vidal.

El Bayern pasaba por encima pero el Atleti se mantenía de pie, a la espera de recibir el primer golpe. Y este llegó a la media hora. Una falta en la frontal de Xabi Alonso que desvió dentro del área Giménez. 1-0, todo igualado. Apenas tres minutos después, el uruguayo agarraba a Javi Martínez y el colegiado señalaba los once metros. Probablemente fueron los peores cinco minutos de Giménez desde que llegó al Manzanares, pero Oblak salió al rescate.

Porque toda eliminatoria tiene momentos claves, y este fue uno de ellos. Le pegó a su izquierda Müller. Se tiró a su derecha Oblak, que no solo detuvo el lanzamiento sino que además desvió a córner el rechace. Fue un mazazo para el Bayern, que con la eliminatoria igualada se dio un pequeño respiro a sí mismo, al rival, a cientos, miles de corazones en la distancia que pedían un descanso a gritos. No se sabía cómo, pero el Atleti seguía de pie

Prueba de fe

Hay un viejo dicho que dice que para ser campeón, hay que ganar a los mejores. No es del todo cierto viendo los cruces de unos y otros en la Champions, pero lo que está claro es que en el caso del Atlético de Madrid se iba a cumplir al pie de la letra. Tras sobrevivir de forma existosa a la avalancha bávara de la primera mitad, tenía la difícil misión de cambiar el panorama. Y vaya si lo hizo.

Simeone sabía que para llegar a Milan necesitaba un gol. Carrasco, al campo en lugar de Augusto. Menos músculo, más verticalidad. Menos aguante, más peligro en el área contraria. Todo sea dicho, no tuvo muchas ocasiones el equipo rojiblanco en todo el encuentro. Más bien solo tuvo una. Y fue dentro. No había conseguido romper la línea adelantada del Bayern en toda la primera parte, pero Torres y Griezmann lo hicieron una vez y dieron un golpe en la mesa: asistió el Niño, encaró el francés con todo el tiempo del mundo y la colocó a la izquierda de Neuer. Un grito al cielo de Münich que se juntaba con el que salía desde el Calderón, desde Madrid, desde España y de cada casa de los seguidores rojiblancos. Un aire de vida.

Pero recordemos la situación: es el Bayern, en casa, la Champions. Titubeó el equipo de Guardiola, que dio muestras de la cantidad de variantes que ofrece en el campo. Le costó tras el empate, pero empezó a engrasar la máquina de nuevo y los últimos 20 minutos se empezaron a asemejar a la primera parte. Eso sí, siempre aparecía Oblak. Por bajo, por alto, en el aire, atajando los centros. Un sinfín de llegadas, de ocasiones, de paradas. Si no hubo más infartos en la noche del martes fue gracias a su serenidad.

En una de esas embestidas, marcó Lewandowski, quién si no. Un centro de Ribery, un cabezazo de Vidal y el polaco, a placer a la red. 15 minutos por delante. Un mundo. Otro asedio sin fin. "Cada minuto como si fuera el último", que diría el 'Cholo'. Cosas del destino, el Atlético pudo sentenciar con un penalti fuera del área que el árbitro turco señaló dentro. Sin Griezmann, que había sido sustituido por Thomas, El Niño cogió el balón. Probablemente se le pasaron mil cosas por la cabeza. No ayudó: tiró a su izquierda, atajó Neuer. El partido se había convertido en una prueba de fe.

Pero a fe, nadie gana este equipo. Un equipo que parecía muerto en la primera parte, que sobrevivió con el penalti de Oblak, que suspiró con el gol de Griezmann, que achicó su corazón con el 2-1 y que clamó al cielo con el penalti de Torres. Un equipo que, desde el campo, dejándose el alma en cada pelota, vio cómo el cuarto árbitro añadía cinco minutos. Un mundo. Asedió sin premio el Bayern. No hubo gol de Schwarzenbeck. Cantó al cielo la afición, por Luis. Venganza consumada. Una final de Champions, otra vez. Espera Milan.

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