Barça-Alavés de 1999, la goleada que cambió una Liga
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Barça-Alavés de 1999, la goleada que cambió una Liga

El equipo de Louis Van Gaal, el Barça de los holandeses, supo sobreponerse a la tempestad llevando a cabo una remontada para pasar del bochorno a la euforia y acabar alzando el título liguero en el año de su centenario. El partido contra el Alavés fue, sin duda, uno de los grandes momentos.

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Francisco Javier Roldán Pérez

Aquel 7-1 sería un verdadero alivio. Desde el triplete Liga-Copa-Supercopa de Europa de la temporada anterior, primera de Van Gaal en la dirección, más disfrutado por el resultado final que por el juego, el FC Barcelona había caído en barrena. Salidas de futbolistas míticos como Ferrer, que tras su ostracismo y posterior venta realizaba un buen año en el Chelsea, y Guillermo Amor, quien después de jugar como titular en la Copa del Mundo de Francia 1998 había tenido que hacer las maletas con destino a Florencia; así como el freno a las progresiones del mayor talento surgido de la Masía a inicio de los 90, Ivan de la Peña, y de la igualmente pieza joven e importante en la Selección Española que disputó el Mundial Albert Celades, pesaban demasiado en el ánimo del hincha y ni el poder de los títulos haría factible una crítica positiva.

Quince jornadas habían transcurrido ya de la campaña 1998/99, y los de Louis se mantenían fuera de los lugares que daban acceso a las competiciones europeas. La octava posición en la que llegaban al inicio de año únicamente era soportada por el mal estado del máximo rival, el Real Madrid de Guus Hiddink, reciente campeón de Champions League que, como los azulgranas, vagaba sin rumbo y ocupada el séptimo lugar de la competición doméstica.

El ambiente en el conjunto de la Ciudad Condal era confuso. El capitán Pep Guardiola intentaba controlar los egos, las rencillas en el vestuario entre los distintos grupúsculos que a mitad de temporada ya se habían formado y llevaban camino de segregarse

El Alavés había ascendido ese mismo año. Desde 1956 los aficionados vascos no paladeaban las mieles de la máxima categoría. Ahora coqueteaban con el descenso, como se podía prever. Arribaron al Camp Nou en aquella jornada 16 colocados en el antepenúltimo puesto, con sólo 15 puntos. Pero el reciente fichaje de la antigua estrella azulgrana Julio Salinas, llegado del Yokohama Marinos donde no se cansó de marcar goles, generó las ilusiones que les permitían seguir adelante y que posteriormente aumentarían con la llegada de otro grande en ese mismo mercado, el reputado centrocampista italiano Berti.

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El ambiente en el conjunto de la Ciudad Condal era confuso, o absolutamente contaminado. Las ideas y los métodos de Van Gaal, con la utilización de sistemas inusuales como el 3-5-2, la desubicación constante de jugadores como Cocu o Luis Enrique, el escaso uso de otros como Celades o Roger, así como la predilección por sus compatriotas, hacía insostenible el día a día. El capitán Pep Guardiola intentaba controlar los egos, las rencillas en el vestuario entre los distintos grupúsculos que a mitad de temporada ya se habían formado y llevaban camino de segregarse. Neerlandeses, brasileños y españoles parecían ir cada uno por libre. El bloque de los Países Bajos acabaría siendo mayoritario, ascendiendo a ocho futbolistas con la llegada de los hermanos De Boer en los días posteriores al encuentro, hecho que no se supo llevar bien y parecía ser visto más como una invasión comandada por el cuerpo técnico que como una integración en beneficio del grupo. Eso sí, Rivaldo seguía a lo suyo, y ya había marcado 8 tantos, una media de más de uno por jornada. En la inflexión que resultaría ser el encuentro contra el Alavés, no dejaría de acudir a su cita, y con dos goles aumentaría su excelente porcentaje.

La jornada previa, Xavi había devuelto cuantitativamente la confianza cualitativa que en él había depositado Van Gaal, marcando el tanto de la victoria ante el Valladolid que le sacaría la cabeza de la horca. De aquí en adelante, para sorpresa de todos, el navío bogaría a barlovento y se encadenaría una racha de ocho victorias, aupando al equipo por primera vez a la cabeza de la clasificación. Nadie lo podía imaginar sólo una noche antes.

Foto:mundodeportivo
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El partido entre el Barça y el Alavés no tuvo historia. O al menos épica. Los barcelonistas cuajaron uno de los mejores encuentros de la temporada y llegaron a ir venciendo por cuatro goles a cero. Hesp, que había quitado el puesto a Vitor Baía con su llegada y, con ello, afectado a la vanidad de éste y generado un nuevo foco incendiario en la plantilla, formó bajo palos. La arriesgada línea de tres defensas la componían los fijos, quizá el trío de futbolistas de mayor regularidad compuesto por Abelardo, Sergi y Reiziger. Bogarde seguía lesionado, para gracia de los intereses catalanes, y no había participado en las alineaciones. Sin duda la mejor noticia que dejó Van Gaal, al margen de los títulos, fue la creencia en Xavi Hernández. Aquella noche el exquisito medio centro volvió a actuar en la sala de máquinas junto a un Guardiola de 27 años que ejercía de líder y un Cocu que, habiendo jugado ya en todas las posiciones menos la de portero, aún era criticado desde las gradas, no sabiendo los pobres escépticos en lo que el genial volante llegaría a convertirse en Barcelona. El ataque sería demoledor. Luis Enrique, el mejor del partido y autor del segundo y del último gol, se movía por toda la zona media, para dejar el frente ofensivo a Figo, quien abriría el marcador de manera excelente, Rivaldo y un más que decepcionante Sonny Anderson.

En el banquillo, el actual entrenador alavesista Mauricio Pellegrino, que formaba parte del plantel en su etapa de corto, no disputó ningún minuto y acompañó a los ya habituales Giovanni y Zenden, este último igualmente silbado por los culés cada vez que le tocaba participar. La única sustitución que usó el técnico holandés fue la entrada de uno de los últimos canteranos que Cruyff subió años atrás. Óscar García, que sustituyo a Anderson en el minuto 75 de juego, tuvo suficiente tiempo para hacer doblete y llevarse la mayor ovación del partido.

Mané, por su parte, pese a haber conseguido puntos contra rivales de la parte alta como el Real Madrid, decidió blindar su equipo en el Camp Nou. La poblada defensa que resguardaba la portería de Kike, compuesta por Alfonso, Berruet, Karmona, Albístegui y Josete, de poco le sirvió. El mejor del equipo, pese a la imposibilidad de anotar, fue uno de sus delanteros, el espigado Canabal, como ya era costumbre. Los tradicionales Desio, Pablo e Ibon Begoña no pudieron generar el juego necesario para desestabilizar al Barça, y ni Sivori ni el propio Canabal dispusieron de oportunidades de cara al marco de Hesp. El Deportivo Alavés logró mantenerse e iniciar su camino hacia la gloria europea, que sería recordada eternamente con la histórica final perdida de manera dramática ante el Liverpool en la UEFA 2000/01.

De aquí en adelante, otro mundo. La segunda vuelta completa la vivió desde lo más alto, venció por un claro 3-0 al Real Madrid y terminó conquistando el único título del año y último de la era Van Gaal, la dieciseisava Liga

Finalmente, mirado en perspectiva, el encuentro resultó ser trascendental en lo anímico. Pero a la finalización del mismo no dejaba de ser un partido más que evidenciaba la irregularidad barcelonista en juego y resultados. Siete goles en 90 minutos que fueron igual de inesperados que las cinco derrotas que ya acumulaban. De aquí en adelante, otro mundo. La segunda vuelta completa la vivió desde lo más alto, venció por un claro 3-0 al Real Madrid y terminó conquistando el único título del año y último de la era Van Gaal, la dieciseisava Liga. A pesar de ello fue una triste temporada. La 98/99 sería la última que se levantó una copa hasta la llegada, tras Serra Ferrer, Carles Rexach, nuevamente Van Gaal y Radomir Antic, de otro de los mejores entrenadores de la historia azulgrana, el infravalorado por todos, Frank Rijkaard.

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