Mucho más que la sombra de Simeone
Imagen: VAVEL

Cuenta la historia que un 12 de julio de 2001, un argentino, de nombre Germán, de apellido Burgos y de apodo “El Mono” llegaba a Madrid para pasar reconocimiento médico con el Atlético de Madrid. Paralelamente, por esas mismas fechas, otro argentino, Diego Pablo Simeone, estaba en Roma, a punto de comenzar su tercera temporada en la Lazio. Nadie sabía en ese momento que ambos coincidirían a orillas del Manzanares un par de temporadas después y menos imaginaban que una década más tarde harían historia no con la rojiblanca puesta, sino desde el banquillo, siendo las mentes pensantes de una de las etapas más doradas de la historia del Atleti.

Como portero, el Mono Burgos fue uno de los artificies del regreso de los colchoneros a primera división después de dos años en la división de plata. Además, se convirtió en un símbolo gracias a su carisma, su simpatía y aquel famoso anuncio en el que salía de una alcantarilla, en una metáfora de la vuelta del Atleti a la cima del fútbol español. Defendiendo la portería de los rojiblancos jugó 66 partidos y encajó 75 goles. Ademñas, en 2003, dio un ejemplo de superación superando un cáncer de riñón que le fue diagnosticado, Esto fue suficiente para ganarse un hueco en los corazones rojiblancos. Los mismos corazones que se alegraron años después, cuando volvió al Calderón, esta vez como mano derecha de Diego Pablo Simeone.

No puede entenderse esta época gloriosa sin Simeone, pero no puede entenderse a Simeone sin el Mono Burgos. Ambos llegaron y se irán al mismo tiempo. Es muy probable que, algún día, el exportero se convierta en primer entrenador, pero de momento ambos dirigen conjuntamente al grupo que ha hecho que el Atlético olvide las baladas tristes y pesimistas de antaño y vuelva a ser rock and roll. Como dijo Burgos en una entrevista con Papel: “Yo levanto la vista y ya sé lo que va a decir, por qué está preocupado. Y él conmigo igual. Es una simbiosis importante”. Es ya un clásico la imagen del Cholo rascándose la cabeza, pensativo, mientras Germán le enseña en su pizarra cómo está viendo el partido, por dónde se puede hacer daño al rival y por dónde el rival les está haciendo daño.

Una de las virtudes de El Mono es dar un paso adelante cuando la situación lo requiere. En estos años ha sido mucho más que la sombra de Simeone. Es la voz que tranquiliza a los atléticos en las clásicas entrevistas prepartido, es quien está donde Simeone no puede llegar. Así lo demostró en los cinco partidos de Liga en los que Diego Pablo no pudo estar por su incidente con el cuarto árbitro en la Supercopa de España al principio de la campaña 2014/15, de los cuales ganó tres (uno de ellos en el Santiago Bernabéu) y empató dos.

Además de todo esto, el Mono es una persona singular, tanto ahora como en su etapa como futbolista, en la que le gustaba llegar pronto a los entrenamientos para desayunar con los albañiles de la ciudad deportiva de Majadahonda. El argentino mezcla un gran sentido del humor con un carácter muy fuerte, es capaz de hacer una broma ante las cámaras antes de empezar el partido y un rato después querer comerse al árbitro por una decisión errónea. Es quien pone el toque gracioso en esas duras sesiones de entrenamiento pero también quien imparte disciplina si es necesario. Es como el otro padre de la plantilla rojiblanca. 

En definitiva, Germán el Mono Burgos es y ha sido uno de los elementos clave para que Simeone haya llegado a las 200 victorias como entrenador rojiblanco. Ha sido su norte en los momentos de duda, ha solucionado apuros, se ha ganado el cariño y la simpatía de toda la plantilla y ha hecho recordar a la afición por qué se enamoró de ese peculiar portero hace ya más de diez años

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