Anuario VAVEL Real Zaragoza 2018: el centro del campo, un diamante en bruto
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Anuario VAVEL Real Zaragoza 2018: el centro del campo, un diamante en bruto

Durante las dos temporadas que han ocupado este 2018, el Real Zaragoza ha conseguido mantener el mismo bloque en el centro del campo. Sin embargo, distintas circunstancias no han permitido el mismo funcionamiento en cada una de ellas.

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Joel Ruiz Marín

Desde que el mundo es mundo y el fútbol es fútbol, siempre se ha dicho que los partidos se ganan en el centro del campo. La línea central del terreno de juego, esa barrera que separa a uno y otro contendiente instantes antes de que el colegiado haga sonar su silbato, se difumina cuando los colores de las zamarras se funden en una danza en torno al balón, el verdadero protagonista de este deporte. Es en esta posición donde la competición alcanza elegancia y porte, donde cada puntada adquiere especial relevancia para la confección del ataque. Sin embargo, es también el lugar en el que el conflicto se recrudece, albergando grandes dosis de ímpetu, empuje y brega cuando se trata de recuperar el esférico. Es, en definitiva, el espacio donde se desarrolla la mayor parte del juego, la sala de máquinas de un equipo, el corazón que bombea los balones hasta cada vértice de la cancha.

Temporada 2017/2018: el plan de Natxo

Cada entrenador escoge el número de futbolistas que integrarán la línea central de su esquema, así como su propia distribución. Existen tantas posibilidades como técnicos, pero, durante este 2018, si ha habido un sistema de juego que ha resaltado en el Real Zaragoza, ha sido el rombo; un centro del campo formado por un pivote, dos interiores y un mediapunta. Un esquema que, al ocupar tantos puestos por dentro, facilita la elaboración, deja toda la banda libre para los laterales y permite conectar con los dos delanteros con gran verticalidad.

La ejecución de este sistema llegó a su punto álgido de la mano de Natxo González, que tras una primera vuelta dubitativa, acabó descifrando la cuadratura del círculo de manera romboidal, con Íñigo Eguaras como pivote, siempre a los mandos de la producción futbolística del equipo, y con Alberto Zapater y Raúl Guti, una de las revelaciones de la temporada, en la mayor parte de los choques jugando como interiores, alternando con Javi Ros entre otros. Los dos capitanes y el canterano se adaptaron a las posiciones de manera sorprendentemente rápida, sobre todo en el caso de Alberto Zapater, un jugador al que las lesiones le perdieron el respeto durante varias temporadas. Sin embargo, como ha demostrado, el capitán supo sobreponerse a esta situación desde que volvió a lucir al león rampante en su pecho. La posición de enganche fue por la que más jugadores pasaron. Jorge Pombo, que, en principio, era el dueño de la línea de tres cuartos, acabó rindiendo a un gran nivel acompañando a Borja Iglesias en la delantera. Aleix Febas parecía el jugador con las capacidades más adecuadas para el puesto, siendo uno de los futbolistas con mayor calidad de la plantilla. Una calidad de la que también dio buena cuenta Óliver Buff, que se turnaba con el catalán en la mayor parte de los partidos. Sin embargo, esto no está reñido con la irregularidad, y la explosividad y el desparpajo de Giorgi Papunashvili acabaron convenciendo al míster de que él era el principal candidato para partir de inicio como mediapunta. Con este sistema, en seis meses el equipo pasó de la parte baja de la clasificación a acabar tercero en La Liga 1|2|3 y jugar, por tanto, la promoción de ascenso a Primera División. El sueño terminó en La Romareda con el gol de Diamanká en los instantes finales del partido de vuelta de la semifinal, por lo que ese hermoso diamante que el inquilino del banquillo había incrustado en el centro de su anillo, acabó resquebrajándose.

Temporada 2018/2019: tiempo de reinvención

Sin apenas tiempo para terminar de lamerse las heridas, las marchas del técnico vasco y de Borja Iglesias dejaban importantes agujeros que llenar en verano en el Real Zaragoza. También se decidió no solicitar de nuevo la cesión de Febas y prescindir de los servicios de Alain Oyarzun, que más que posiciones de centro del campo, ocupó el lateral izquierdo durante los pocos minutos que disputó en la capital maña. Así, el mediocampo zaragocista mantenía el bloque de la temporada anterior e incorporaba a James Igbekeme y Diego Aguirre para la causa. También firmaba contrato con el primer equipo el mallorquín Pep Biel, que el año anterior había jugado a un buen nivel en el Deportivo Aragón, e irrumpía con fuerza el canterano Alberto Soro, capitán del División de Honor Juvenil, que realizó una de las mejores campañas que se recuerdan en los últimos años. Sin embargo, jugadores tan importantes como Eguaras, Zapater, Guti o Papu cayeron lesionados en pretemporada, partiendo de nuevo de un diamante en bruto para comenzar la campaña.

Imanol Idiákez era el orfebre elegido para pulir ese diamante que volviera a brillar tanto en La Romareda como en el resto de estadios de Segunda División. Sin los jugadores que habían adquirido protagonismo en cada uno de los vértices de ese rombo en la temporada anterior, el vasco se encomendaba a Diogo Verdasca como pivote, una posición inédita para él. El portugués, con las dudas razonables que podía presentar un central reconvertido a centrocampista, rindió en los primeros partidos de la campaña a un nivel aceptable. Javi Ros, el pundonor hecho carne, parecía incombustible durante los noventa minutos. De la misma forma, sorprendía James Igbekeme, omnipresente en cualquier posición de la cancha, que creaba y destruía a su antojo. La calidad de Buff y la patada a la puerta del primer equipo de Alberto Soro, copaban la mediapunta, ejerciendo un fútbol vistoso a ojos del espectador. Sin embargo, algo comenzó a fallar. Idiákez mantenía una misma idea de juego, pero, ya ante Las Palmas introducía una variante, jugando con Pombo, Gual y Álvaro de inicio. El fútbol que se vio en aquel partido fue de lo mejor de la temporada, pero era evidente que el enganche y el pivote, cada vez se encontraban más lejos el uno del otro.

Hasta la goleada al Real Oviedo, donde Javi Ros tomó el testigo de Verdasca coincidiendo con la vuelta al once de Zapater, todo parecía funcionar a las mil maravillas, obviando que el fútbol que se generaba dentro de ese rombo era cada vez más horizontal. Las derrotas frente al Almería y el Lugo evidenciaron ese desastre. Cada vez se necesitaban más pases para llegar a la portería contraria y, defensivamente, el centro del campo era un cuadro. Los interiores no llegaban a las coberturas, la conexión entre el enganche y el pivote era nula y, sólo la vuelta de Eguaras a la sala de máquinas en la remontada del Carlos Belmonte daba lugar a la esperanza. Nada más lejos de la realidad. El navarro seguía arrastrando sus molestias y, partido tras partido, iba perdiendo la influencia de la que había gozado durante el año anterior. El equipo empezaba a sumirse una profunda crisis deportiva y, además, la enfermería comenzaba a llenarse con jugadores importantes. James Igbekeme, después de su lesión, no volvió a ser el de los primeros cuatro partidos, Zapater también se mostraba exhausto físicamente y Giorgi Papunashvili recaía una y otra vez. La irregularidad de Buff y la falta de experiencia de Soro abrían la puerta a Diego Aguirre, que había gozado de pocas oportunidades de demostrar por qué se le había fichado.

Cambios de sistema

Tras el partido del Tenerife, después de siete fechas ligueras sin conocer la victoria, Imanol Idiákez era destituido. Tomaba el testigo Lucas Alcaraz, que seguía contando con Diego Aguirre como titular en su primer partido, la derrota frente al Elche. También parecía dar protagonismo a Buff, que continuaba diluyendo su actitud en sus apariciones y terminaba lesionándose la rodilla. El técnico parecía haberse acomodado al sistema del rombo pero, ante el Nástic de Tarragona, por primera vez cambió el esquema de juego a cinco defensas, dejando sólo tres futbolistas en el centro del campo. Pep Biel saltaba al campo como titular en detrimento de Alberto Zapater y, con un gol de falta directa, daba la vuelta al marcador. Su actuación en Tarragona le había valido para hacerse un hueco en el once, pero, pese a sus buenas prestaciones en esos primeros partidos, fue perdiendo la chispa que le había llevado a esta situación.

Durante los ocho partidos que Lucas Alcaraz dirigió al Real Zaragoza, el juego del equipo fue cada vez menos efectivo y vistoso. Eguaras, que no parecía el mismo de la campaña anterior, volvía a recaer de su pubalgia. La posesión del balón que definía los últimos partidos de Idiákez también se había perdido y el centro del campo del equipo no conseguía crear jugadas que llevaran peligro al área rival. La vuelta de Raúl Guti fue la única buena noticia y, ni siquiera esto, fue suficiente para mejorar la elaboración del equipo. La alternancia de sistemas, jugando algunos partidos con tres centrocampistas y otros con cuatro en rombo, no daba continuidad a una forma de jugar. Sólo Pombo, cuando aparecía como mediapunta, por detrás de los delanteros, llevaba peligro en sus botas, pero por cuestiones extradeportivas había sido relegado al banquillo los dos últimos partidos. Finalmente, el diamante terminó de estallar después de la derrota contra el Deportivo de La Coruña, tras la que el preparador granadino fue fulminado de su puesto.

Una nueva esperanza

Después de esto, No sólo la parcela del mediocampo estaba descompuesta, el Real Zaragoza entero era un solar: el buen juego brillaba por su ausencia, los jugadores parecían haber perdido cualquier mecanismo táctico y se abrían de par en par las puertas del infierno para un equipo sin alma. Sin embargo, cuando todo parecía perdido, la figura de Víctor Fernández emergió para recoger los cristales rotos y dar forma de nuevo a lo que parecía no tener arreglo. El partido frente al Extremadura daba fe de que el mismo centro del campo que había maravillado en el último tramo de la pasada campaña, con algunos retoques, podía volver a engranar perfectamente y continuar con su proceso de producción. Pombo, partiendo desde su lugar natural, por detrás de los delanteros, daba una lección de buen fútbol en La Romareda. Javi Ros, el que nunca dejó de estar ahí, cuajaba un partido excelente. Raúl Guti, más escorado a banda, participaba y quería el balón en todo momento, igual que James Igbekeme, que recuperaba la frescura que lo había convertido en una de las revelaciones de Segunda División en las primeras jornadas. Cada vez que el balón pasaba por estos cuatro futbolistas, se creaba peligro. Daba la sensación de que se estaba llegando más al área rival en un solo partido que en los ocho anteriores juntos. Además, la vuelta de Papu con gol incluido suponía una buena noticia para el entrenador aragonés, que ya puede contar con el georgiano para los próximos partidos.

Con la posible salida de Óliver Buff en el mercado invernal y sin ninguna incorporación en estas posiciones a la vista, el Real Zaragoza dispondrá para los últimos seis meses de competición de diez centrocampistas: Alberto Zapater, Javi Ros, Íñigo Eguaras, Raúl Guti, James Igbekeme, Jorge Pombo, Giorgi Papunashvili, Pep Biel, Diego Aguirre y Alberto Soro. Se verá el papel que desempeñan Pep Biel y Alberto Soro con Víctor Fernández, ya que el primero parece haber perdido su lugar en el once y, el segundo, no ha contado demasiado con la confianza de Lucas Alcaraz. Ambos tienen condiciones, pero la madurez que vayan adquiriendo será lo que les lleve a avanzar en el primer equipo.

Sin lugar a dudas, este es el camino a seguir para un Real Zaragoza que tiene todavía seis meses por delante para salir de la situación tan desagradable que vive en este momento. Para ello, que el juego discurra por el mediocampo como en el partido contra el Extremadura se antoja fundamental. Queda tiempo para soñar y la mano de Víctor será la que guíe el camino de este equipo. Con rombo o sin él, este centro del campo ya ha demostrado que puede dar de sí mucho más, pero necesita del buen hacer de todas las líneas para poder llegar a cumplir el objetivo que se marque desde la junta directiva.

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