El análisis: un pinchazo incomprensible
Antoine Griezmann en la última edición del Trofeo Joan Gamper | Foto de Noelia Déniz, VAVEL

Que no nos engañen. Aquí hay algo que no termina de funcionar o que, directamente, no quiere funcionar. Desde que en la primera jornada de la competición liguera, el Athletic Club de Bilbao de Gaizka Garitano diera un golpe sobre la mesa y alzara la voz en San Mamés consiguiendo la victoria por la mínima en el último minuto del partido, el engranaje azulgrana parece estar poco engrasado y tener síntomas de estar pasando por una dinámica un tanto caótica, como si de una pretemporada se tratara. Ni el paso de las jornadas consigue que el rodaje se torne favorable y ayuda a que la incertidumbre se esclarezca y pase a desenmascarar el planteamiento planificado para resetear lo vivido hasta ahora y conseguir un pleno de títulos en la presente temporada. Seamos sinceros. Quien no lo quiera ver, es totalmente ciego. A este Fútbol Club Barcelona le hace falta un giro de 360º. Pese al lavado de imagen que han conseguido con incorporaciones como la de Antoine Griezmann o Frenkie de Jong, los jugadores parecen estar sumidos en una profunda depresión y parecen no saber reaccionar antes las adversidades, lo cual genera un verdadero caos y enciende todas las alarmas en este inicio de temporada.

¿Qué pasa aquí?

Lo vivido ayer en el Nuevo Los Cármenes ha sido la gota que ha colmado el vaso después de lo que ocurrió en Dortmund.

En el Signal Iduna Park, el equipo se encontró bastante incómodo. Pese a las continuas estampidas de Antoine Griezmann y a los pequeños destellos protagonizados por Ansu Fati, la superioridad de los alemanes fue bastante clara. Si no perdieron, fue de milagro. Las continuas llegadas de Jadon Sancho, Marco Reus, Paco Alcácer y compañía eclipsaron la motivación de un equipo que parece haber perdido la confianza en su juego y que si no hubiera sido por Marc-André ter Stegen, hubiera pinchado en el primer partido de la fase de grupos de la máxima competición continental. Y es que, en la competición que se les lleva resistiendo desde hace más de cuatro años, parece no haber una reacción solvente. Ni los refuerzos parecen ser lo suficientemente definitivos para poder hacer algo en Europa y Leo Messi, cada vez más, no puede cargar con toda la responsabilidad de los partidos. Llámenlo naturaleza, que bastante ha dado al equipo y que de bastantes le ha sacado. Lo ocurrido ante el Granada Club de Fútbol fue un verdadero bochorno. Que un equipo recién ascendido, sin entrar en valoraciones, te marque el primer gol del partido en el primer minuto, no denota otra opinión que no sea la de que es para hacérselo mirar. Pero lo peor no fue que Ramón Azeez adelantara al equipo de Diego Martínez de forma tempranera; que también. Lo peor fue ver cómo el equipo, completamente desatado, no era capaz de encontrar la técnica para conseguir el empate o al menos, para conseguir darle la vuelta a la posesión del esférico, que cada vez parece ser una odisea más grande en el momento en el que se topa con un rival que les planta cara y que le presiona en la salida de balón.

Hay que ser más realista y no pecar con exceso de confianza. Que alguien le diga a Ernesto Valverde que no debe hacer tantas rotaciones cuando algo funciona. Que alguien le diga que si Arthur Melo, Frenkie de Jong y Sergio Busquets conectaban a la perfección, deberían haber salido en el partido de ayer para al menos, haber comandado la sala de máquinas del equipo y haber tenido más posibilidades de cara a la creación del juego y a la creación de jugadas de gol. Los cambios resultan ser buenos cuando hay mucha carga, pero no era el caso. Ivan Rakitić y Sergi Roberto parecían estar totalmente desconectados del centrocampista holandés, que una vez más, adquirió más galones y demostró ser el único jugador que está perfectamente ensamblado a la filosofía del juego de Can Barça en una noche en la que el debutante, Junior Firpo, se topó con el verdugo de la desconfianza.

Las decisiones tomadas por el staff técnico parecen no tener mucho fundamento. Bien es cierto que sin una pieza clave como lo es Jordi Alba en la banda izquierda, Junior Firpo estaba llamado a reaccionar para hacerse con un hueco en el once inicial. Pero también es verdad que el joven jugador hispano-dominicano debe, al menos, acostumbrarse a un juego que es totalmente distinto al que planteaba su anterior equipo: el Real Betis Balompié. Como le pasa a Antoine Griezmann, Junior Firpo necesita más confianza para demostrar sus cualidades y ayer por la noche, en Granada, pasó todo lo contrario. Como si la culpa fuera de él, fue el castigado de cara a la segunda mitad, cuando se quedó en los vestuarios y fue sustituido por Ansu Fati, que entró para revertir la situación junto a Leo Messi. El caso es que mucho se dice que "no hay que dar tanta responsabilidad a alguien tan joven" y luego, ese joven es el que termina cargando con el equipo.

Entonces, los cambios, que dieron entrada a dos revulsivos, terminaron de detonar lo que terminaría siendo una explosión. Ni Nélson Semedo puede jugar en el lateral izquierdo siendo la de lateral derecho su posición natural, ni Sergi Roberto terminó encontrándose en el lateral derecho después de cambiar de posición de golpe. Con todo y con eso, el capitán y el joven jugador del Juvenil A, Ansu Fati, no cesaron a la hora de intentar empatar el partido a contracorriente y contra todo pronóstico, aunque sin resultado.

Otra cosa incomprensible fue que el técnico cacereño no diera entrada a Arthur Melo y sí se la diera a Arturo Vidal. El brasileño, que podría haber metido pases de gol y hubiera ayudado a desencallar la situación, se quedó en el banquillo.

Una acción defensiva que penalizó al equipo

Sin hacer mucho para conseguir darle la vuelta al partido y con Ansu Fati y Leo Messi totalmente desquiciados después de haberlo intentado todo, terminó llegando la sentencia definitiva. Arturo Vidal cometió penalti en el minuto 65 tocando el esférico con las manos en una acción defensiva y el colegiado balear, Guillermo Cuadra Fernández, no dudó en hacer efectiva la pena máxima. Fue Álvaro Vadillo el encargado de que lloviera más de una andanada sobre el conjunto azulgrana. En el minuto 66, el extremo gaditano batía a Marc-André ter Stegen y hacía soñar a los aficionados granadinos con una buena temporada, dejándoles líderes provisionales de la máxima categoría del fútbol español.

Otro factor incomprensible fue que desde ese mismo minuto, el equipo no lograra, al menos, recortar distancias en el marcador. Con un tiro a portería, efectuado por Leo Messi, el partido terminaría en el más profundo caos para los azulgranas, que se vieron totalmente 'desintonizados' y perdidos sobre el césped.

Hasta el pitido final, el equipo pareció estar dormido a pie de campo. Con la derrota ya consumada, los síntomas de decadencia fueron a más y toda la incertidumbre planea sobre el duelo que el próximo martes, en la jornada liguera que se disputará entre semana, se vivirá en el Camp Nou, donde el Villarreal Club de Fútbol podría aprovecharse de esta mala dinámica si no existe una autocrítica que obligue a la reacción más necesaria.

¿Qué significa esta derrota?

Para muchos, la pregunta no pasa por lo que esta última derrota significa o deje de significar. La verdadera incertidumbre se ciñe a la futura decisión que la directiva pueda tomar o no en lo que respecta al entrenador.

¿Fue el detonante lo que pasó en Liverpool? ¿Fue verdaderamente eso lo que sumió al técnico cacereño en una situación de desconfianza? Cuando cayeron en las semifinales de la UEFA Champions League ante el conjunto británico con un resultado que, en un principio, era favorable, Ernesto Valverde se responsabilizó de la misma forma en la que lo hizo ayer en el Nuevo Los Cármenes. Los síntomas ahora mismo son que si todo sigue igual y como hasta ahora, la situación será dura para todos. Por un lado, el staff técnico tratará de aguantar ante las adversidades y por el otro, si no hay reacción, la directiva haría efectiva la decisión que tomó tras lo ocurrido en Anfield: primero le quisieron destituir y luego se arrepintieron.

Lo que sí está claro es que Leo Messi no puede responsabilizarse de todo lo que pase. Como capitán que es, siempre tiene la llave para hacer reaccionar a la plantilla, pero a sus 32 años, sumido en un camino de más lesiones, no retiene y conduce la pelota como aquel niño de 19 años que debutó con el primer equipo junto a Ronaldinho y que al haber regresado a los terrenos de juego después de una lesión que le ha mantenido alejado del equipo durante más de un mes, no puede demostrar la expresividad a la que ha acostumbrado a la afición azulgrana y al equipo en general, que parece no vivir sin él.

Habiendo tocado fondo, hay que buscar el punto de inflexión para combatir todo lo que viene. Hay que reaccionar y más, a sabiendas de que el realizado en la presente campaña, ha sido el peor debut liguero del equipo en mucho tiempo.

VAVEL Logo