El fútbol tiene cosas muy muy raras. Parece tan sencillo a veces que no se ve lo realmente complejo que es. Por eso mismo, los equipos tratan de luchar por hacerse con la superioridad en los partidos. Si consigues dominar, el partido se te hace incluso corto. De no ser así, sufres en exceso y todas esas dificultades que contiene un partido de este deporte salen a la luz y se acrecentan. Pues el Sevilla Fútbol Club debe ser el único equipo que cuando consigue por fin entrar en un partido dominando, superar esos obstáculos que existen en el balompié y ponerse dos por encima de su rival, se tira no piedras a sí mismo, sino megalitos. 

El miércoles, la representación gráfica de la situación

Lo visto el miércoles contra el PSV es bochornoso para los aficionados sevillistas. Y quién se lo iba a decir en el minuto 47 cuando celebraban el segundo golazo del partido poniéndose a dos de ventaja y jugando mejor que nunca esta temporada. Todo muy bonito, hasta que Lucas Ocampos decide autoexpulsarse. Porque lo que hizo el argentino es buscarse la salida prematura del campo. Si evitable es la primera amarilla por protestar un simple córner, más lo es la segunda, una entrada totalmente fuera de lugar que sólo por la intención llegando a destiempo es digna de la segunda tarjeta. Algunos se excusan en que no toca al jugador, pero la realidad es que sólo la intención es y debe ser punible. 

En ese juego llamado Jenga donde debes quitar bloques inferiores de una torre de madera para colocarlas en la parte superior sin que el torreón se derrumbe, debes saber qué pieza quitar, sin volverte loco y con paciencia. Si el Sevilla jugase a esto, ayer tiró toda la torre como un demente sin ningún tipo de sentido. Todo lo que había construido en 60 minutos, lo nunca visto desde hace dos meses, lo destruye en sólo dos minutos. Lo que es el fútbol, puedes destruir en 120 segundos lo que has tardado una hora en realizar. Gran parte de que el Sevilla se quede sin opciones de octavos es por la acción del extremo argentino, aunque la gestión de todos tras quedarse con uno menos dejó mucho que desear. Por parte del entrenador, por las piezas que quitó del terreno, y por los jugadores, que pasaron de dar a probar a sus aficionados el dulce plato del dominio y la superioridad a darle la degustación amarga de repetir las actitudes de otros partidos.

Lucas Ocampos recibiendo la roja que condicionó al Sevilla  |  Foto: Gettyimages
Lucas Ocampos recibiendo la roja que condicionó al Sevilla | Foto: Gettyimages

El problema que nadie ve, o nadie quiere ver

La situación deportiva del Sevilla es catastrófica. No hablemos ya de lo institucional, donde la guerra empieza a ser hartible. Uno que no quiere soltar lo que tiene ni con toda la grada en su contra, y el otro que ansía recoger las riendas y llevar a cabo, supuestamente, promesas que a día de hoy son eso, promesas, por lo que todo lo que diga aún debe ser demostrado. El sevillismo no puede caer de nuevo en la trampa de creer a ciegas algo que aún no puede visualizar. Pero más allá del problema que esto puede ser, no debe suponer algo que se traslade a lo puramente deportivo. Es decir, si el equipo no responde no es porque les presida Pepe Castro, Del Nido Carrasco o Del Nido Benavente.

El entrenador sería un buen motivo. Y por supuesto responsabilidad sobre la situación tiene. Pero decir que es el problema principal... dudable. No queda exento de culpa, pero cuando han pasado cuatro en un año y con todos, tarde o temprano, se veían las mismas carencias, algo mas allá de eso sucederá. Primero era Julen Lopetegui, el cuál se fue por ser exigido a mantener el mismo nivel de resultados con una plantilla que rozaba lo ridículo. El siguiente Sampaoli, el único de los cuatro que sí hay que destacar como el máximo culpable de tener al equipo como lo tenía, pues ejecutaba decisiones lejos de cualquier tipo de lógica y tenía a la plantilla totalmente descontenta, sin prácticamente ganas ni de entrenar. Mendilibar si dio con la tecla, véase lo logrado a final de la temporada pasada. Pero al inicio de esta, el equipo no era ni la sombra. Sí, tenía algunas cabezonerías que le condenaron, pero de ahí a que sea culpa del rendimiento que estaba teniendo la plantilla, no. Y ahora, Diego Alonso, que no está logrando los resultados esperados pero aún así confían en él.

José Luís Mendilibar en una rueda de prensa de champions en su etapa sevillista |   Foto: Gettyimages
José Luís Mendilibar en una rueda de prensa de champions en su etapa sevillista | Foto: Gettyimages

Con todos estos directores técnicos, el equipo acabó transmitiendo lo mismo: rendición, debilidad, fragilidad. El Sevilla que se imponía a los más grandes era achantado por cualquiera literalmente. Sólo Mendilibar durante tres meses pudo sacar el carácter que representa al Sevilla. Pero eso fue como una simple pausa en la tempestad. Cuando parecía que la lluvia había cesado, volvieron las mismas sensaciones que previamente habían aparecido. Curioso que de un mes para otro con el mismo técnico que sacó ese nivel al equipo de repente no sea capaz de ganar más de dos partidos en dos competiciones, ¿No? La solución sencilla fue, lógicamente echar al vasco. Que tendría culpa por decisiones como no poner a Soumaré por el idioma, no probar a Nyland tras los fallos de Dmitrovic, y unas cuantas manías más. Pero hay que ser iluso para pensar que viniendo otro iba a cambiar. Y de hecho, con Diego Alonso se repite incluso de peor forma el triste juego del equipo.

Un barco a la deriva sin una tripulación valiente

El Sevilla en la actualidad es un barco a la deriva, porque sus tripulantes, los jugadores, ni siquiera tienen valentía para tomar galones. Se cuentan con los dedos de las manos y sobran unos cuantos la cantidad de jugadores comprometidos y que de verdad sienten el escudo sevillista. Da la sensación a los que ven los partidos de este equipo que empiezan los encuentros sin recordar la situación en la que están. Algunos parece que viven en otro mundo, porque cuando pisan el césped van con una apatía inédita para lo que está viviendo un club como el Sevilla. El equipo está en un momento que cada partido es una final, porque necesita sí o sí sumar de tres para ver si es capaz de pelear a final de temporada por al menos un puesto en la zona europea, sea cual sea. Porque llegados a este punto está como para ser exquisito, cualquier acceso a cualquier competición europea, aunque no sea la champions, es más que media tabla o el indeseable descenso.

Nemanja Gudelj en el partido contra el celta que acabó en empate |  Foto: Gettyimages
Nemanja Gudelj en el partido contra el celta que acabó en empate | Foto: Gettyimages

Y sin embargo, los jugadores entran a los partidos desenchufados por completo. Esperan a verlas venir, muestran debilidad. Ya no impone miedo ni siquiera a los rivales que se presuponen inferiores. De hecho dejan que estos huelan sangre. Y cree el ladrón que todos son de su condición, pues piensan que el resto de equipo va a perdonar lo mismo que ellos perdonan. En el fútbol no se concede nada y si te pueden meter dos puñaladas, pues mejor que una. Y quien dice dos, dice tres.  Al revés que los rojiblancos, que prácticamente regalan cualquier posibilidad que tienen de hacer daño. Sólo cuando anotan espabilan un poco, una pena que para cuando marcan ya han obsequiado a sus contricantes con los suficientes minutos como para ir incluso por más de un gol por debajo. Es el caso de partidos como el del Cádiz, Celta o Betis.

Hay piezas, nombres propios, que no pintan nada en absoluto en la plantilla. Su figura en el club es un daño recíproco, pues se perjudica tanto la imagen del jugador como la del club. Algunos que podrían estar ya fuera y por situaciones no lo están, otros que llevan años lejos de su nivel... Sea por lo que fuere, están en otra onda que lo que exige y merece una entidad como esta. Cuando te hallas posicionado como el Sevilla, en una zona que no le debe corresponder, no puedes tener en tu plantilla a jugadores que salen al terreno, se miran el escudo y no les hierve la sangre. 

Rakitic y Ramos, dos de los jugadores que más sienten el escudo |   Foto: Gettyimages
Rakitic y Ramos, dos de los jugadores que más sienten el escudo | Foto: Gettyimages

Rafa Mir, el jugador que ve lo que el resto no

Por el encabezado podría parecer que se habla de un talentoso fuera de serie, que es capaz de ver en el juego cosas que los demás no son capaces. Todo lo contrario. Rafa Mir se ubica lejos de ser un jugador del nivel que un club como el Sevilla necesita. La diferencia con su competidor de posición Youssef En Nesyri se aprecia con solo ver el compromiso de cada uno al correr por el rectángulo de juego. El marroquí trata de aportar en todos los aspectos del juego, arriba y abajo. Podrán decir mucho de él pero da goles y se deja el alma. Y por el otro lado, su alter ego, el murciano. Todo lo contrario. Cuando le toca jugar, no corre, trota. Es algo que irrita a la grada. Le cuesta bajar balones, no salta a por los balones y decide mal. Más allá de que de más o menos goles o asistencias, estos detalles son los que más hacen enfadar a la afición.

Pero no queda ahí. Porque con todas estas actitudes del delantero nacido en Murcia que se le reprochan, es de esperar que todos le vean como un jugador secundario, que no se gana el derecho a disputar minutos. Todos menos él, que tiene la autoestima por las nubes. En múltiples ocasiones ha lanzado darditos al club que a la afición, como es normal porque sí les duele el escudo, les ha dolido mucho. Comentarios como "Siempre que juego marco goles, si no me ponen es imposible" o auto declararse leyenda del club por ser el máximo goleador en su primer año (siete goles, nada histórico) o ganar la séptima (jugó tan solo 80 minutos repartidos en tres partidos). Dejar confesiones así y luego ver la actitud que tiene en los partidos, desespera a cualquiera y más a los seguidores sevillistas. 

Rafa Mir en la primera ronda de copa del Sevilla |   Foto: Gettyimages
Rafa Mir en la primera ronda de copa del Sevilla | Foto: Gettyimages

Joan Jordán, una historia de (des)amor

Hay amores que empiezan tan intensos que acaban quemando la relación. Lo de Joan Jordan y los sevillistas es lo más parecido a esto. Una relación que comenzó en 2019, con el catalán dando un nivelazo y formando parte del gran equipo que conquistó colonia. No sólo era su calidad en el centro del campo, haciendo el trabajo sucio, era un jugador con carácter de capitán. Sentía el escudo, daba todo, se vaciaba físicamente y daba gritos si hacía falta para levantar a los suyos. Todo con él parecía ser de color rosa, como se suele decir. Pero su nivel al tercer año dio un bajón enorme, en parte por aquella agresión en el derbi copero. Para culminar los sucesos surrealistas, le renovaron hasta 2027 justo después de estos acontecimientos.

A día de hoy y desde entonces, la conexión Joan Jordán-Sevillismo está rota, y cuesta pensar que se vaya a reparar. Su mera presencia hace que los aficionados teman por el nivel del equipo. Pocos hay, como se suele decir, en su barco. Cada partido que pasa es peor para todos, para un jugador que tenía una reputación muy alta la cual perdió tras aquel mes de Enero de 2022, y para un equipo que cada vez que le tiene en el campo concede tres ocasiones claras al rival.

Joan Jordán, el día que todo cambió para él, el derbi copero de 2022 |   Foto: Gettyimages
Joan Jordán, el día que todo cambió para él, el derbi copero de 2022 | Foto: Gettyimages

Acuña arrasa con todos, también con los suyos

Marcos Acuña es otro de los que no están dando el nivel desde hace un tiempo. Ha pasado de ser una figura indiscutible a ser uno de los más cuestionados. Y es otro que no sabe controlarse y por ello supone un lastre para los suyos. Ha visto varias amarillas y rojas por desconexiones que le han llevado a hacer entradas criminales, a soltar cosas poco bonitas por su boca a colegiados... E incluso, a encararse a compañeros y aficionados. Varias veces van ya las que el argentino se ha enfrentado a fanáticos del club, dando una imagen pésima y poniéndose en contra a la grada. Es insostenible alguien así dentro del vestuario, que choca incluso con compañeros y también ha lanzado dardos en público a la entidad. Al escudo que supone que defiende. Y si ya los encargados de defender lo que llevan en el pecho son los primeros en arremeter contra él... apaga y vámonos.

Marcos Acuña en el partido frente al PSV |   Foto: Gettyimages
Marcos Acuña en el partido frente al PSV | Foto: Gettyimages

Sevilla, sevillistas, levantaos y luchad

El escudo del Sevilla pesa y mucho. En la actualidad parece que se ha olvidado lo que este club ha hecho. Pero lo que representa y significa llevar el escudo de esta entidad en el pecho es algo que los primeros que deben entenderlo, son los que lo defienden en el césped. Lo dice su cántico, "A ver si nos entendemos los jugadores y la afición, ustedes mátense en el campo y nosotros los biris en la animación". Un club así, con una afición tan entregada, con una historia tan reconocida y con un peso europeo de unas magnitudes enormes, no puede tener a piezas que no salgan a los estadios de fútbol con, como se suele decir, los ojos inyectados en sangre.

El principal problema que tiene actualmente es la actitud con la que entran a los enfrentamientos. Esa actitud que en tramos si se ven pero que no mantienen desde el inicio. Que influye aquel que les dirige, por supuesto. Que Víctor Orta debe asumir responsabilidades, acertar con los que traen y pisar en zona segura que no le haga tropezar, también. Pero todo eso, sin disposición de aquellos que a la hora de la verdad hacen rodar el balón y de los que dependen los resultado, es imposible. Imanol Alguacil decía de Januzaj antes del partido frente al Sevilla, que tenía mucho talento, pero solo con eso no vale. Eso es aplicable a la plantilla sevillista, que tiene muchos jugadores talentosos, muchos mas que el año pasado, pero con eso sólo no da. Físico y actitud son variables que también se mueven en este deporte y sin eso, es imposible de tirar del carro.

Sin duda queda tiempo en la temporada y ya se vio el año pasado cuando en tres meses dieron un sprint y se hicieron incluso con un título. Pero el el vaso se ve medio lleno o medio vacío. Igual que quedan meses, también han pasado ya algunos. Y debe cambiar eso que está lastrando al equipo, hay que ordenarlo, ponerles en su sitio y hacer como sea que salgan a matar o morir. A partir de ahí, crear un proyecto sólido como el que tenían hace dos temporadas. No es mala la idea de confiar en Diego Alonso si el director deportivo lo considera apto. Pero tendrán que trabajar mucho y de verdad, todos juntos, para levantar y luchar por ello.

La grada sevillista, en el partido frente al Arsenal de Champions con el tifo sacado el año pasado en UEL |   Foto: Gettyimages
La grada sevillista, en el partido frente al Arsenal de Champions con el tifo sacado el año pasado en UEL | Foto: Gettyimages

 

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