El tercer tiempo: la locura se instaló en Heliópolis

Partido de infarto en el Villamarin donde los de Poyet fueron inferiores a los granadinos en los primeros compases del partido. Demasiados desbarajustes y una gran falta de concentración que hicieron que los de Jémez se pusieran dos goles por encima en el marcador. El equipo nazarí no supo gestionar la ventaja, y con uno menos provocó que el Real Betis despertara y hiciera acto de presencia. Tras un final frenético, ambos equipos enfilaron el túnel de vestuarios con un punto cada uno.

El tercer tiempo: la locura se instaló en Heliópolis
Adán, estirándose para detener el balón. // FOTO: Juan Ignacio Lechuga (Vavel)

El partido no siguió ningún guion táctico. El Granada salió muy valiente al terreno de juego y eso fue lo que marcó la diferencia en estos primeros minutos del encuentro. Un Betis muy abierto, dejando muchos espacios entre líneas y siendo muy blandito en defensa hacía presagiar lo peor a la afición verdiblanca. Además, el conjunto nazarí se mostro muy incisivo por las bandas, haciendo sufrir a ambos laterales béticos.

Sin haber tirado a puerta y si ni siquiera tener la sensación de haber entrado al campo por parte de los verdiblancos; el Granada pondría el primer gol en el marcador por medio de Carcela. El mismo jugador haría más tarde un jugadón por banda derecha para que Bueno pusiera el 0-2 en el luminoso. Dos goles parecidos, donde la pasividad de los defensas verdiblancos fue grave.

Aun así, los de Paco Jémez pisaron el freno y el partido se tranquilizó, dándole un respiro a Poyet para hacer espabilar a los suyos. Y en esa reacción entro en juego Alex Alegría, ese delantero que el conjunto bético llevaba esperando mucho tiempo para que acompañara a Rubén Castro. Un delantero peleón, rápido a la vez que corpulento que hace liberar al canario a la vez que aporta muchas posibilidades al ataque verdiblanco.

Así llegó el gol que certificaba la respuesta bética. Alegría metió un cabezazo a la escuadra para poner el 1-2 en el marcador y a punto estuvo de volver a marcar antes del descanso. La pareja de delanteros parece estar bien definida en el Real Betis. Ambos se entienden a la perfección y dan la talla en cada partido. Mención especial merece el canario, una autentica institución para este club.

El Granada se fue desinflando tras ese buena arranque y dejó reaccionar al Real Betis pese a tener una ventaja de dos goles. El conjunto nazarí parecía no estar satisfecho y querer ir a por más. Eso le provocó varios desajustes, cometiendo los mismos errores que su rival. Dejando varios espacios entre líneas y no siendo contundentes en defensa. Un desorden común el de los dos equipos que terminaría de una manera aceptable para ambos.

Ninguno de los dos equipo supo controlar el partido

Señal de no saber controlar la ventaja que tenía fue la expulsión de Vezo tras dos tarjetas amarillas. El defensa nazarí se llevaría una bronca del técnico del Granada a la llegada a vestuarios, ya que era la hecatombe final después de ir ganando por dos goles. La obsesión de cada entrenador, el control, el saber gestionar la ventaja o la superioridad; sin embargo, en ninguno de los dos bandos sucedió eso. Un partido caliente que hasta tuvo momentos donde las discusiones protagonizaban cada jugada.

Tras la expulsión, el Real Betis conseguiría el empate tras otro golazo de Alegría. Sin embargo, inundado en una marea de sensaciones y de locura, los de Poyet siguieron insistiendo con mucha fuerza para conseguir el empate. Entonces el árbitro pitó penalti para el Granada y la euforia abandonaba el Villamarín por unos minutos, lo que tardó Adán en detener la pena máxima.

Ambos porteros, Ochoa y Adán, se convirtieron en otra clave del empate. Ambos detuvieron muchas llegadas de peligro sobre todo en estos instantes finales. El partido acabó en empate y ambos técnicos no estarán nada satisfechos, ya que sus equipos fueron un cuadro tácticamente hablando. Mucho trabajo por delante. En el recuerdo quedará un partido apasionante con ocasiones para ambos equipos y con muchos goles. Partido bonito para el espectador, pero no tanto para los entrenadores.