El padre de los vampiros

La historia de terror más famosa fue escrita por el irlandés Bran Stoker. Su novela Drácula, publicada en 1897, nos transporta a una Transilvania nebulosa y tétrica, donde el protagonista se enfrentará al rey de los vampiros, Drácula. Este siniestro personaje se basa en un antiguo guerrero perdido en los anales de la historia, ¿se atreverá a conocer el lector la tétrica y verdadera historia del conocido como Vlad Tepes o Vlad el Empalador?

El padre de los vampiros
Foto: Wikicommons

Vlad Tepes (el Empalador traducido del rumano) nació entre 1428 y 1431. Según algunos investigadores, Vlad habría nacido en la ciudad alemana de Nurenberg; según otros, nació en Sighişoara, burgo del centro de Transilvania. A día de hoy se conserva una casa en esta ciudad que perteneció a su padre. Era el segundo hijo de Vlad Dracul, príncipe de Valaquia y su señor legítimo. El título “Dracul” (traducido como diablo o dragón, pues en el caso de las creencias rumanas los dragones eran representación del diablo) no tiene un origen exacto. Algunos investigadores apuntan a un gobierno autoritario y despiadado como origen del mote. Otras fuentes, indican que ese sobrenombre viene de su pertenencia a la famosa Orden del Dragón, creada en el Sacro-Imperio Romano-Germano para la defensa del cristianismo en Europa. Sus tres hijos recibieron el dudoso honor del sobrenombre de Draculea o Hijos del diablo.

La infancia de Vlad Tepes se verá trastocada cuando el sultán Murat II obligó a su padre a enviarlo como rehén a la corte de Egrigöz. El motivo de esta entrega es el apoyo del Imperio otomano a Vlad Dracul en su lucha por mantenerse en el poder de Valaquia. Vlad Tepes  fue entrenado militarmente por los turcos y creció en un ambiente hostil y bélico. Esta “educación” seguramente fuera la raíz de su crueldad y afán por los castigos físicos y las torturas. Varios años después de su entrega a la corte otomana, Vlad se enteraría del brutal asesinato de su padre y su hermano mayor. A su padre le apalearon hasta la muerte y a su hermano le quemaron los ojos y le enterraron vivo. Este golpe de estado fue maquinado por los Boyardos, que eran los nobles de Valaquia que fueron apoyados por algunos mandatarios de los estados vecinos. En ese momento, Vlad juró su venganza y con la ayuda de los turcos (que se creían capaces de controlar al joven pretendiente) Vlad llegaría al trono de Valaquia en 1448.

Vlad fue depuesto del poder al poco tiempo de haber sido coronado. En este período de ocho años decidió refugiarse en la corte de Moldavia. Allí creará una buena amistad con su primo Esteban el Grande, príncipe de Moldavia. Este hombre fue un icono de la lucha contra la invasión otomana y un buen aliado de Vlad. Años más tarde y debido a una conspiración contra Esteban, se ve obligado a refugiarse en Transilvania. Esta corte estaba gobernada por Janos Hunyadi, principal conspirador en el asesinato del padre de Vlad. Los caminos de la política son caprichosos y Vlad necesitaba a este gobernante para llegar al trono de Valaquia y Janos quería tener a un personaje de confianza como soberano del país vecino y un aliado fuerte contra el turco. Por ello, Janos entrenará y guiará a Vlad en el conocimiento de las artes del buen liderazgo. En 1456, y contando con la ayuda de Janos, Vlad retoma el poder en Valaquia y esta vez comienza verdaderamente su reinado que duró unos seis años.

Estatua de Janos Huyandi en Budapest, Foto de autor
Estatua de Janos Huyandi en Budapest, Foto de autor

El tiempo que Vlad reinó los dedicó a cumplir su promesa de venganza sobre los boyardos. El más celebré capítulo de esta venganza, lo encontramos en la Pascua de 1459. El soberano llamó a todos los nobles boyardos a un gran banquete. Tras una cena en abundancia, Vlad mandó empalar a los más ancianos y envío a los jóvenes a construir nuevas fortalezas para el príncipe, siendo obligatorio que llevaran sus mejores ropajes. Esto fue un gesto simbólico, pues hasta que estos ropajes no se hubieran desechó completamente, no podrían parar de amontonar una piedra sobre otra. No solo se aseguró de acabar con los traidores aristócratas, también acabó con la resistencia que encontró en las ciudades. Encarceló o ejecutó por método de empalamiento a aquellos que se negaron a comerciar con él o que osaban saltarse la ley por él impuesta. Sus principales enemigos fueron siempre los turcos otomanos, pues el mayor temor de Vlad era una invasión otomana de Valaquia.

Vlad se concentró en crear una monarquía absolutista, capaz de frenar los intereses de los boyardos y que pudiera hacer frente a sus múltiples enemigos que pretendían arrebatarle el trono. Para lograr estos objetivos, creó un ejército fuerte y fiel, asentó las instituciones estatales y castigó duramente a los criminales y traidores. Buscó impulsar la economía y el comercio del interior del principado, para ello eliminó muchos convenios comerciales que poseían con las ciudades de Transilvania. Esta última reforma molesto mucho a los poderosos comerciantes valacos que basaban su riqueza en esa clase de comercio seguro con las ciudades de Transilvania.

Estas medidas crearon un equilibrio y crecimiento económico y social del principado. Fue tal la confianza que ganó Vlad, que decidió dejar de pagar el tributo al Imperio Otomano (500 niños para las escuelas de jenízaros y 10.000 ducados de oro al año). Esto enfureció mucho al sultán Mehed II, que envió a un pequeño ejército al mando de Hamza-Bey para  apresar y llevar a Constantinopla al príncipe rebelde. Vlad no solo no cedió ante la petición, si no que atacó y derrotó al enviado, empalando a todo el ejército turco. Tras esta victoria, Vlad atacó las posesiones turcas en el Danubio, sin recibir ningún tipo de apoyo de los príncipes cristianos de Europa. Incendió y arrasó cada ciudad, siempre dejando auténticos bosques de empalados. Se debe destacar que en estos asaltos y empalamientos masivos, Vlad no contemplaba distinción alguna entre hombres, niños, o mujeres.

Mehed II sultán otomano, Foto: retrato en la Galería Uffici
Mehed II sultán otomano, Foto: retrato en la Galería Uffici

Tras este desafió, Mehed II decide acabar el mismo con el asunto invadiendo Valaquia a la cabeza de 150.000 hombres y más de doscientas naves con sus respectivas tripulaciones. Vlad solo contaba con 22.000 hombres, por lo que planta batalla usando tácticas de guerrilla. De este modo, se tienden emboscadas, se queman campos y se envenena el agua entorpeciendo el avance turco. Un capítulo muy relatado sobre esta campaña narra cuando Vlad y diez mil jinetes valacos penetraron en el campamento del sultán disfrazados de soldados turcos, lo que creo el caos y provocó que los otomanos se llegasen a matar entre ellos. Uno de los comandantes de Mehed II era Radu el Hermoso, hermano de Vlad. Radu había sido entregado de niño junto a Vlad a la corte otomana, pero a diferencia de Vlad, se había mantenido fiel al sultán en todo momento, incluso llegaría al extremo de traicionar a su propio hermano por el sultán. La gran cantidad de bajas otomanas, sumadas al factor psicológico de encontrarse en el camino de Valaquia con decenas de bosques de personas empaladas, provocó que Mehed II se retirase de vuelta a Constantinopla.

Radu siempre jugó a favor de los otomanos, Foto: Wikipedia
Radu siempre jugó a favor de los otomanos, Foto: Wikipedia

A pesar de los éxitos de Vlad, su posición era frágil frente al poder de los boyardos. Estos decidieron dar un golpe de estado apoyando a Radu como verdadero soberano de Valaquia. Al verse debilitado, Vlad huye y recurre a Matías Corvino, rey húngaro. Este había sido un fiel aliado pero que acabaría arrestando a Vlad. Algunos historiadores señalan que Matías detuvo a Vlad por sus celos ante los éxitos del valaco. Otros apuntan que el apoyo de Vlad a su primo Esteban, rival directo de Matías, podría ser razón suficiente para la traición de este soberano. La teoría más extendida es la de un engaño por parte de los enemigos del Empalador que lograron convencer a Matías de la “maldad” de Vlad y de una futura traición del mismo, por lo que debía ser detenido.

Antes de continuar, se debe remarcar destacar un error común: Vlad fue encarcelado en el castillo de Bran, un castillo construido por los caballeros teutónicos y que servía de cárcel para los húngaros. A día de hoy, se habla de este castillo como la única residencia en vida de Vlad. Esto es un error fatal  y solo lleva a la confusión. Este castillo se encuentra en Transilvania, mientras que Vlad fue soberano de Valaquia. Esta temporada entre rejas deja testimonios de los guardianes de Vlad, que cuentan como el derrocado soberano les daba unas monedas de oro a cambio de que se le entregaran palomas y ratones para ser torturados por el valaco.

Tras trece años de cautiverio, en 1476 Vlad es liberado a petición y por medio de un gran pago de Esteban príncipe de Moldavia. El Empalador retomaría el poder en Valaquia por última vez y durante muy poco tiempo, apenas un mes. Vlad moriría en una batalla con los turcos en 1476. Hay tres teorías al respecto de su muerte: una apunta a que murió a manos de los soldados otomanos; la segunda indica que sus propios guardaespaldas acabaron con él; la tercera habla de cómo Vlad, en un intento de librarse de la muerte, se disfrazó como un soldado otomano y corrió a sus hombres que le confundieron con un enemigo y le decapitaron. Sea como fuere, el soberano de Valaquia murió y su cabeza fue llevada a Constantinopla donde Mehed II la exhibió como trofeo de guerra.  En el trono de Valaquia se colocó a su hermano Radu el Hermoso, un títere de los otomanos.

Para hablar de Vlad Tepes, debe entenderse el contexto en el que vivió. Era una época oscura y terrible, donde los soberanos que no eran favorables a los nobles, eran derrocados y brutalmente asesinados. Vlad se aseguró el trono por medio de su terrible reputación y de las terribles atrocidades que cometió. En las crónicas medievales se relata como el soberano bebía sangre usando como vaso el cráneo de sus enemigos y su costumbre de cenar entre los bosques de empalados que el mismo levantaba. Si bien es cierto que se relatan estos hechos, no se debe obviar que todas las crónicas medievales que describen estos actos fueron escritas por sus enemigos. Además, actos como el de beber la sangre del enemigo eran simbólicos, ya que se creía que de este modo se obtenía la fuerza espiritual del enemigo derrotado. La historia no puede olvidar que Vlad también tuvo buenos gestos con su pueblo como el reparto de riquezas o el castigo de los nobles que abusaban de su poder.