Jack Johnson, el gigante de Galveston
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Más que un boxeador John Arthur Johnson fue un símbolo; nacido en 1878 en la ciudad portuaria de Galveston, en un lugar olvidado de Texas en el que acababa de ser abolida la esclavitud, el pequeño Jack creció moldeado por la rabia que generaba en su interior la desigualdad racial. A los 12 años se marchó de casa con destino a Nueva York, viajando como polizón en trenes y vapores. En la gran ciudad trabajó como estibador en los muelles, donde comenzó a moldear un físico realmente imponente y los puños de acero con los que se hizo célebre.

Aquella etapa en Nueva York, endureció y envileció tanto su carácter, que cuando regresó a Galveston poco quedaba de aquel niño inocente que se marchó, al punto de que al enterarse de los problemas de su hermana con un acosador, le propinó tal paliza que se ganó el respeto de todo el barrio. Allí Johnson tuvo prematuros contactos con el boxeo, pero con un tipo de boxeo muy diferente del boxeo profesional, que lejos de ser un deporte era por entonces la distracción de las elites blancas. Élites que reunían a cuatro o seis chicos negros en un anillo, a los que vendaban los ojos y lanzaban al ring a lanzarse golpes. Ganaba el último que quedaba en pie. Conocido como Battle Royal, el objeto era reírse y ridiculizar a los chicos negros, lanzando monedas que no podían coger con los guantes y los ojos vendados. En estos combates Johnson aprendió a luchar con los ojos vendados, a su sobrenatural complexión física, sumó una rapidez e intuición fuera de lo común, especialmente para un chico de su altura y peso. Para salir airoso de aquellos sanguinarios combates sin reglas, tuvo que afinar al máximo la defensa, empleando una inteligente táctica que después puso en práctica durante su carrera como boxeador.

Los Battle Royal le sirvieron para poder subsistir penosamente, peleas ilegales que pusieron en peligro en numerosas ocasiones su integridad física, y socavaron aún más en su rencor hacia la elite blanca. Su sueño era el boxeo, pero este era por entonces un deporte nuevo y segregado en el que las oportunidades de Johnson eran prácticamente nulas. Así fue hasta que en 1897 se le presentó la oportunidad de debutar profesionalmente contra Joe Choynsky, boxeador veterano a punto de retirarse, que no tardó en mostrar a Jack la complejidad del boxeo profesional. Choynsky le tumbó en el tercer asalto y al final del combate ambos púgiles fueron arrestados por los Rangers por incumplir la ley anti boxeo del estado. En la cárcel, Choynsky le dio valiosos consejos sobre el boxeo que le serían de tremenda utilidad en un futuro.

Durante ocho años arrasó a todos los púgiles que osaron enfrentarse a él, entre ellos los más duros de los EEUU. Ganó el campeonato negro de los pesos pesados y ante la imposibilidad de poder optar al campeonato del mundo, tuvo que aguardar pacientemente su momento para cambiar la historia del boxeo. El título de campeón de los pesos pesados hacía pocos años que se había instaurado, pero gozaba ya de un importante valor simbólico para una sociedad norteamericana dividida racialmente. El hombre blanco tenía que ser el campeón por la sencilla razón de que era el más poderoso y fuerte del mundo, por lo que el hecho de que un hombre de color tuviera acceso a la posibilidad de pelear por el título, era un asunto absolutamente prohibitivo para elite blanca del país.

El 26 de diciembre de 1908, en Sídney, Australia, fuera del suelo estadounidense, tras varios años persiguiendo al canadiense Tommy Burns, campeón del mundo de los pesados, logró concertar la pelea. El canadiense aceptó a cambio de una bolsa de 30.000 dólares. Veinte mil espectadores se reunieron en Sídney para ver el primer combate oficial entre un blanco y un negro por el título de los pesados. Las tremendas desigualdades que vivió desde niño, hizo anidar en su corazón el lógico desprecio hacia los blancos. Johnson jamás se sintió inferior a nadie y mucho menos por su condición de chico de color. Todo ello le convirtió en un rebelde con causa, que se enfrentó con puños de acero a una organización absolutamente racista, un espíritu kamikaze que por entonces era poco menos que una sentencia de muerte.

Los primeros asaltos fueron una sucesión de abrazos en los que hubo muy pocos puñetazos. Los veinte mil asistentes a la pelea, en su inmensa mayoría blancos, comenzaron a sentirse incómodos ante la sensación de que Johnson estaba simplemente jugando con Burns, esperando que se cansara para entrar en acción. Burns parecía un niño pequeño al lado del púgil negro de noventa y seis kilos de peso, que sonreía al público mientras maduraba a su rival. Johnson era una máquina de boxear, un estratega con un imponente físico, que además de saber golpear, disfrutaba ridiculizando al su rival. Mientras Johnson le decía que pegaba como una madre, Burns perdía el control y eso ante un tipo que era insuperable era poco menos que encargar una caja de madera de pino.

Johnson le hablaba irónicamente mientras lo manejaba como un simple fardo de paja. La pelea se prolongó hasta el instante en el que Johnson, decidió que había llegado el momento de acabar con el fin de la dominación del hombre blanco en el campeonato del mundo de los pesos pesados. El alarde de superioridad fue tan abrumador como insultante para una elite blanca, que no podía soportar la enorme sonrisa blanca de un negro que en el ring era netamente superior, y que fuera de él se comportó con una extravagancia extrema. Johnson vivió como quiso, rompiendo convencionalismos, retando continuamente a un sistema racista que no podía tolerar que un negro se comportara como un blanco. El poder de la supremacía blanca hizo todo lo posible para acabar con la carrera de Jack Johnson, que fuera de los cuadriláteros posiblemente llevaba una trepidante vida, nada aconsejable ni para negros ni blancos. Jack que era un provocador nato en el encordado, era incluso más osado e insolente, fuera de él, tan osado que llegó a inspirar a Ali. La actitud provocadora de Johnson fue una amenaza para la américa blanca, que no pudo tolerar que un ser de raza inferior se paseara con el cinturón de campeón, trajes a medida y coches deportivos aireando sus relaciones con mujeres blancas.

‘La Gran esperanza blanca’

La américa blanca temió profundamente a Johnson, sus proezas aterrorizaron a un país que priorizó la derrota del púgil de color sobre cualquier otra cuestión. La expresión ‘La Gran esperanza blanca’ fue acuñada para encontrar un rival, capaz de tumbar al primer gran gigante afroamericano de la historia del boxeo. A cualquier púgil blanco con un mínimo de talento y unas condiciones físicas importantes se le catalogó con el citado apelativo. La aparición de notas en la prensa, en la que se instaba a la búsqueda de la gran esperanza blanca capaz de derrotar a Johnson, era sumamente habitual. Se llegó a reclutar a campeones retirados con el objeto de recuperar y defender el orgullo del país. El novelista Jack London hizo un llamamiento a James Jeffries, que se había retirado en 1905 para que volviera y le borrara la resplandeciente sonrisa a Johnson. Jeffries que vivía un retiro dorado acabó cediendo y se erigió en salvador de la raza para demostrar la supremacía del hombre blanco sobre el negro. Todas las esperanzas y sueños de la raza blanca se apoyaron en los poderosos hombros de Jeffries.

Varios estados se negaron a celebrar el combate por miedo a los disturbios raciales, pero finalmente el combate aconteció en Reno, Nevada, el 4 de julio de 1910. Cuando ambos púgiles accedieron al cuadrilátero, la turba gritaba “¡Muerte al negro, muerte al negro...!”, y la orquesta, que debía tocar el himno nacional, interpretó en su lugar: “All coons look alike to me”. Fue algo más que un combate de boxeo, fue una guerra entre blancos y negros, los americanos identificaron en el boxeo, considerado como un deporte salvaje e inhumano, la fructífera relación negocio-espectáculo. No en vano se hizo la mayor taquilla en la historia del deporte, que pasó a otra dimensión económica y social a partir de aquel día. Aunque fue calificado como el "Combate del siglo", se jugaba mucho más que un combate, se ponía en juego la supremacía de una raza, la sublimación del hombre blanco encarnada en la figura de Jeffries excampeón mundial retirado desde hacía cinco años, la Gran esperanza blanca.

El público esperaba ver un gran combate de James Jeffries, puesto que se presentaba invicto, desde que le arrebató la corona mundial en 1889 a Bob Fitzsimmons, se mantuvo sin conocer la derrota hasta 1905, cuando dejó el boxeo con 20 combates ganados por nocauts y dos nulos. Como Johnson, Jeffries era un mastodonte, pero un mastodonte fuera de su peso habitual, con 100 kilos y 1,89 m de estatura. Si James Jeffries tenía 35 años, Jack Johnson que le igualaba en altura, solo tenía 26 y además estaba en plenitud física. Johnson controló la pelea hasta el decimotercer asalto, en el que comenzó a sacar levosas manos desde la posición de clinch. Jeffries, ya muy veterano y fuera de forma, acusó el cansancio, los potentes golpes de Johnson hicieron mella, al punto de que en el asalto número quince sacó del ring a la Gran esperanza blanca, ganando el combate por k.o técnico y revalidando su título de campeón.

De la Gran esperanza se pasó a la Gran derrota, las revueltas se generalizaron por todo el país, cerca de 29 negros perdieron la vida y más de 300 resultaron heridos en diferentes puntos de Estados Unidos. Johnson se llevó una bolsa de 200.000 dólares y Jeffries 150.000. La Legislatura de Texas prohibió las películas de sus victorias, por el temor de más violencia. El negro de Galveston era invencible y su excentricidad fuera del ring sacaba de quicio a los blancos. El poder de la establecida supremacía blanca hizo todo lo posible para acabar con la carrera de Jack Johnson, que fuera de los cuadriláteros era incluso más osado e insolente, tan osado que posiblemente su historia llegara a inspirar a un chico de Louisville conocido como Muhammad Ali.

Durante dos largos años no pudo defender el título en ningún estado, solo lo pudo hacer en suelo norteamericano, el 4 de julio de 1912 en Las Vegas, por entonces un pueblo ganadero de Nevada, el aspirante fue Jim Flynn, apodado “Fogonero” por su antiguo oficio. Johnson que acababa de abrir un club nocturno en Chicago y necesitaba dinero, no lo pensó dos veces y aceptó la oferta de 30000 dólares. Tan solo un día antes, Johnson recibió una misiva del Ku Klux Klan, una clara amenaza de que si no se dejaba ganar lo colgarían. Johnson hizo caso omiso a las amenazas del Klan y machacó a Flynn.

Muchos blancos estaban resentidos con Johnson por su estilo de vida y temieron el efecto positivo generado en los negros después de la debacle de Jeffries. A los ojos de muchos blancos, Johnson fue el negro "arrogante" que urgía volver a poner en su lugar. Por ello y aunque la controversia sigue rodeando a esta cuestión, puesto que Johnson no era ni mucho menos un ciudadano ejemplar, se le aplicó la llamada 'Acta de Mann', ley casi hecha a su medida en virtud de la cual un hombre no podía atravesar la frontera estatal acompañado de una mujer con "propósitos inmorales". Y Johnson que presumía de llevar una vida disoluta y se paseaba con chicas blancas por todo el país, hizo lo propio con su novia Lucille Cameron, que pronto sería su esposa.

Por ello Johnson fue condenado a un año de cárcel y a pagar una multa de 1000 dólares, pero antes de ser apresado huyó del país haciéndose pasar por un jugador de béisbol de la liga negra que salía de gira. Huyó a Canadá, luego a Europa, México y América del Sur. Defendió su título en París hasta en tres ocasiones, pero en el viejo continente, con la I Guerra Mundial en ciernes, el boxeo no le daba para comer. Jack, que llevaba ocho años prófugo soñaba con volver a su país, por lo que cuando recibió la propuesta del combate ante Jess Willard en La Habana, Cuba, no tardó en aceptar. Las condiciones eran muy claras, Johnson se debía dejar ganar por un blanco de Kansas, a cambio de la suspensión de su condena y el poder regresar a EEUU. En el asalto 26, Johnson dejó de luchar, su enorme y provocadora sonrisa se borró para entregar la corona mundial a Willard.

Regresó a los Estados Unidos en 1920 y del acuerdo de suspensión de condena pasó a cumplir una pena de ocho meses en prisión, donde fue nombrado director de deportes. Pero la vida de Johnson fue tan apasionante que, incluso en prisión hizo algo absolutamente fuera de lo común. A su prolífica carrera como boxeador e icono de la América negra, hay que sumar sus dotes de inventor. Así lo acreditan los archivos históricos documentales. De acuerdo con una lista de patentes de la Unión Americana, el boxeador, quien usó su nombre de pila John A. Johnson, creó tres herramientas entre abril de 1922 y mayo de 1925. Una llave inglesa que llevó su nombre: la John A que presentaba mejor agarre, un dispositivo de prevención contra el robo de vehículos y una manivela de trinquete (ratchet crank), patentada el 19 de mayo de 1925. Herramientas inventadas cuando ayudaba en el mantenimiento te tuberías en la prisión en la que cumplía condena.

Continuó luchando tras cumplir la condena, pero sus años como contendiente de peso pesado pasaron a mejor vida. Finalmente puso fin a su carrera profesional el 28 de abril de 1931, con una victoria por nocaut en dos episodios ante Brad Simmons, en Wichita, Kansas. Tenía por entonces 50 años y cuentan que peleó de forma amateur hasta los 67 años de edad. Casado tres veces con mujeres blancas, con las que nunca tuvo hijos, resulta tremendamente paradójico que Jack Johnson asesorará involuntariamente a los alemanes sobre los puntos débiles de Joe Louis, cuando en junio de 1938, en el estadio de los Yankees, se enfrentó al alemán Max Schmeling, considerado por los nazis como prototipo de la raza aria. Este enfrentamiento fue considerado como el primer combate por el mundo. Un combate que fue mucho más allá de la cuestión deportiva, pues fue el acontecimiento de mayor audiencia en la historia de la radiodifusión. Louis no se enfrentó a otro púgil, sino al régimen nazi en el acontecimiento más politizado en la historia del deporte. No en vano el púgil norteamericano no solo luchó por su país, sino por su raza, aun considerados como ciudadanos de segunda fila en el sur de EEUU, toda una ironía. Como fue una ironía que Johnson, asistiera tácticamente a Schmeling, pero en esta historia no hubo conspiración, sino el hecho de que antes de la primera pelea Louis v. Schmeling, Johnson escribió un artículo publicado en la revista The Ring, en el que desmenuzó sabiamente las claves de cómo Schmeling le podía vencer. Después de la pelea, Schmeling dijo que había leído el artículo y confirmó que gracias en parte a la sapiencia del púgil de Galveston, que evidenció la debilidad de Louis por la derecha y el defecto de mantener su izquierda baja, pudo vencer por ko en el cuarto asalto al mítico Louis.

Son varias las obras escultóricas que homenajean al gigante de Galveston, especialmente simbólica y expresiva es la creación de Earl Jones, una gran escultura tallada sobre uno de los robles destruidos por el Huracán Ike, en la que un tremendo y poderoso árbol destruido se convierte en un símbolo que levanta sus puños al cielo de una historia de racismo y esclavitud, sin duda un hermoso homenaje al campeón. El primer campeón negro, icono de una época que falleció en un accidente de coche el 10 de junio 1946, cerca de Raleigh, Carolina del Norte. Jack Johnson, el boxeador con la mejor defensa de todos los tiempos, un negro que jugó a ser blanco, un excéntrico provocador que inspiró a Ali y puso en jaque a todo un país, aquel cuya sonrisa resplandeciente quiso ser borrada por una historia interesada en que el boxeo siempre fuera un deporte para blancos.

Un deporte que cambió para siempre gracias a su figura, al que el poeta afroamericano William Waring Cuney dedicó la poesía titulada: Oh qué mañana, señor

Oh mi señor que mañana

Oh mi señor que revuelo

Cuando Jack Johnson puso a Blancanieves Jim Jeffries

mirando hacia el cielo.

Foto 1: http://jackjohnsoninspain.files.wordpress.com

Foto 2: www.theguardian.com

Foto 3: http://s717.photobucket.com

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