La mítica cara norte del Eiger
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El reciente fallecimiento de dos montañeros españoles vuelve a recordar que la belleza de una ascensión, la grandeza del enorme reto que supone enfrentarse a una de las enormes torres de babel de la naturaleza, que se elevan majestuosas en busca del cielo y sus dioses, es directamente proporcional al peligro y a la exposición física que ello conlleva. Cada expedición, cada aventura, es una maravillosa ecuación que suele resolverse positivamente, una prueba de superación personal en la que el escalador se descubre a sí mismo y sus límites físicos, pero la montaña tarde o temprano se cobrará su precio. Y aunque sea en un porcentaje muy bajo en comparación con el elevado número de deportistas que viven la pasión de la escalada, jamás debe perderse el respeto a La llamada del silencio, aquella que tan magníficamente describió Joe Simpson en su novela sobre la mítica cara Norte del Eiger.

La supervivencia es un oxímoron inexplicable en la travesía de un montañero, pues son muchos los que han afirmado que jamás se han sentido tan vivos como cuando fueron conscientes de que estuvieron al borde de la muerte. El riesgo forma parte de la vida diaria de un montañero, pero como suelen decir es un riesgo controlado, mucho más en los tiempos actuales, en los que los equipos han mejorado tanto, en el que solo los errores y las malas condiciones te pueden hacer caer a uno de esos patios del abismo por el que se han precipitado tantos sueños.

Infinitos caminos hacia el cielo

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Posiblemente solo los astronautas han experimentado la sensación que vive un montañero al coronar una cima. Nadie se ha sentido más vivo, más insignificante y aunque una montaña habla incesantemente, solo los que pudieron contemplar la Tierra desde el espacio conocen esa llamada del silencio. En un porcentaje muy alto gran parte de lo conseguido por el ser humano ha sido gracias al riesgo. Sin asumir un riesgo nadie consigue absolutamente nada y el riesgo asumido por unos, abrieron nuevos mundos a otros. Quizás de esta forma se comprenda mejor a estos soñadores, a estos trazadores de caminos hacia el infinito.

Existen caminos y caminos, caminos a priori sencillos que dependiendo de las condiciones se pueden convertir en una trampa mortal o una escalera hacia el cielo. No es lo mismo subir por una vía que por otra, por ejemplo y volviendo a la cara norte del Eiger, hay que decir que es una vía exigente pero la arista oeste es una vía relativamente sencilla. De la misma forma no es lo mismo hacer una invernal que subir en verano. La montaña tiene muchos rostros y la fascinación que ejerce cada uno de ellos sobre el ser humano, se explica por la sencilla razón de que nadie puede estar más cerca del cielo y del infierno, que aquel que asegura su integridad física a un tornillo de hielo o vivaquea sobre un patio de miles de metros. La lista podría ser interminable, el Annapurna, el K2, el Nanga Parbat, el Kangchenjunga, la cara norte del Eiger, el Matterhorn, el Mt. Vinson, el Baintha Brakk, el Everest , el Denali, el Fitz Roy, y podríamos llegar a un guarismo numérico devastador al hacer una suma del número de vidas que se cobraron estos monstruos de piedra. En cambio es matemáticamente imposible obtener una cifra sobre los que regresaron, sobre aquellos que vivieron una experiencia inigualable que cambió sus vidas, y les permitió descubrir su verdadero yo espiritual.

El montañismo es algo más que un deporte extremo, es mucho más que buscar caminos y puntos de apoyo con la gracia de un bailarín y la potencia de un gimnasta. En cada bastión de piedra, en cada pared existe una escalera invisible por descubrir, repleta de rendijas en la roca, diedros, techos verticales…y la apertura de una vía hacia el cielo, hacia la próxima reunión, es un ejercicio de riesgo seguro, de compañerismo extremo que depende de una enorme cantidad de variables. Climatología, estado de la pared, neveros imposibles, desprendimientos de rocas, aludes, verglás… No cabe duda que el material de hoy día es infinitamente mejor que el existente hace cuatro décadas, cuando los montañeros podían ser identificados como locos aventureros, pero cuando un ser humano se enfrenta a una situación compleja en una pared, depende solo de sí mismo para resolverla.

La mítica cara norte del Eiger

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Existen montañas que se eligen por su belleza y otras que se escalan por su historia, y en los Alpes suizos existe una pared mítica que representa uno de los más complejos desafíos a los que se llegó a enfrentar un escalador. Paraíso e infierno del alpinismo extremo, y situada junto al Monch y la Jungfrau, en la trilogía de la región del Berner Oberland, la imponente e implacable cara Norte del Eiger percute en la memoria histórica de los montañeros como la perfecta representación del riesgo y el malditismo de piedra. Una pared que existe, que te llama y una leyenda que existió, porque el Eiger es una montaña que no llega a los 4.000 metros, pero de tal implacabilidad que fueron numerosos los montañeros que se dejaron sus vidas el Ogro, del Oberland bernés suizo.

La pirámide negra se negó a ser conquistada en repetidas ocasiones y su leyenda maldita llegó a superar a todas sus poderosas hermanas alpinas. Hubo un tiempo en el que sobre el valle de Grindelwald y de Lauterbrunen se elevaron las puertas del infierno. Pero toda leyenda maldita tiene un origen y, este pasa por la década de oro del alpinismo extremo, los años treinta. Todo comenzó en 1935, cuando dos alpinistas alemanes, Sellmayer y Meringuer, se enfrentaron a su hielo negro. A la trampa de la tormenta perfecta del Eiger, a sus cascadas de agua y granizo que vomita piedras, su pared de caliza viva, repleta de trampas mortales, su vertical hacia el abismo. Estos dos muniqueses se atrevieron a intentar los casi 2.000 metros de escalada de roca descompuesta y de hielo negro. Estudiaron minuciosamente la pared y durante tres días lucharon contra la piedra y los elementos. Todos los catalejos de la Kleine Scheiddeg, hoteles que eran como una tribuna al pie del monstruo, apuntaban a los dos héroes que habían hecho vivac bajo la tormenta. Al quinto día, estando ya exhaustos, la tormenta se los tragó; cuando las nubes se disiparon pudieron identificar a los dos alpinistas alcanzando el tercer glaciar bajo la Rampa. Fue la última vez que Sellmayer y Meringuer fueron vistos vivos... Lo que vino después fue una sucesión de trágicas escenas, imágenes de dos cuerpos inmóviles, uno bajo una hendidura negra, que pasó a ser conocido como Vivac de la Muerte y, el otro colgado de la cuerda balanceándose en el vacío...

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Comenzaba de esta manera la leyenda negra del Eiger, tan mítica como para ser contada por Heinrich Harrer en La araña blanca, un libro que todo aquel que sienta la llamada de la piedra debería leer. Una crónica necrológica pero también de lucha por la supervivencia, los inicios de una carrera por ser el primero en lograr la gran gesta, escalar la conocida como “Pared Asesina" como fue conocida durante bastante tiempo. Sin duda uno de los mayores retos del alpinismo antes de la 2ª guerra mundial, conquista lograda gracias a la persistencia de un grupo de hombres que lograron regresar haciendo justicia de piedra con sus compañeros perdidos. Porque en el caso de la norte del Eiger, hubo un tiempo en el que más que coronar, el mayor desafío fue regresar. Es en esas situaciones extremas donde se conoce el compañerismo, la importancia de la confianza en una cordada, la confianza en uno mismo y el respeto que se le ha de conceder.

La tragedia de Toni Kurz

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Dolorosas tragedias dibujaron un rompecabezas sangriento antes y después de la primera escalada, algunas de ellas consideradas entre las más dramáticas de la historia del alpinismo, como la protagonizada por el joven Toni Kurz. La fascinación por el peligro ejerció una poderosa llamada y fueron muchos los que se lanzaron a la conquista maldita. El conjunto de la dificultad y las desfavorables condiciones climatológicas en la pared en aquellos años hicieron a una auténtica legión desistir en sus intentos. Especialmente significativa la expedición que conformaron los alemanes Hinterstoiser y Toni Kurz, junto a los austríacos Angerer y Rainer. La historia de una tragedia, que comenzó a abrir Hinterstoiser, gran escalador que descubrió el paso clave de la primera parte de la pared, el que llevaría su nombre: la travesía Hinterstoiser, una travesía por roca con hielo y nieve que evita la inmensa losa rocosa de la Rhote Full.

Dos cordadas que comenzaron por separado y se unieron en la ascensión por un mismo destino. La segunda cordada formada por Rainer y Angerer, ascendiendo muy lentamente y con serios problemas, puesto que Angerer había sido golpeado por una roca y había sufrido un serio traumatismo craneoencefálico. Rainer le había vendado la cabeza y prácticamente tenía que tirar de su compañero. Al percatarse de ello, la primera cordada, compuesta por Hinterstoiser y Toni Kurz, decidió ayudarles, y a duras penas consiguieron llevar a Angerer a un lugar seguro. Al segundo día, las dos cordadas estaban unidas en la ascensión, pero Angerer estaba seriamente tocado. Bajo estas condiciones desde los catalejos de Kleine Scheidegg, se logró apreciar que el grupo había llegado a la conclusión de que solo dos de ellos estaban en disposición de seguir adelante. Sólo Kurz y Hinterstoisser iniciaron el ascenso, pero de repente dejaron de escalar para retroceder hasta el punto donde se encontraban sus compañeros. Las duras condiciones de la montaña provocaron que se abortara la idea de coronar. En el cuarto día solo tres alpinistas iniciaron el descenso, uno de ellos se había quedado atrás. Una fuerte tormenta devoró todo el valle, convirtiendo al colmillo negro en un trozo de las fauces del infierno.

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La pared cubierta por una fina capa de hielo se convirtió en una trampa mortal, de la que solo salió con vida Toni Kurtz que pidió auxilio desesperadamente. Angerer había muerto de frío durante la noche. Hinterstoiser se había despeñado intentando volver por la difícil travesía en medio de la tormenta, Rainer muerto y colgado de la cuerda, posiblemente ahorcado por ella. Toni Kurz era el único superviviente y la operación de rescate que llegó a unos cien metros de él, no logró sacarle de allí, por lo que le informaron que debía hacer un largo vivac colgado literalmente a las puertas del infierno. Los gritos desesperados de Kurtz abrieron grietas de dolor en los rescatadores, que impotentes vieron muy pocas posibilidades de que Toni sobreviviera otra noche en semejantes circunstancias.

En el amanecer del quinto día los guías de Lauperbrunnen salieron en su ayuda, penetrando en los agujeros del ferrocarril de la Junfraujoch, para salir a unos cuarenta metros de donde estaba Toni Kurz, que contra todo pronóstico había sobrevivido a la noche. A solo cuarenta metros de distancia del infortunado escalador, le pidieron que cortara la cuerda que sostenía el cadáver de Rainer, con la intención de utilizarla para un rápel. Apenas sin fuerzas y con un brazo totalmente congelado, Kurz solo podía utilizar la boca y el brazo izquierdo. Haciendo un esfuerzo sobrehumano fue completando las acciones que le marcaban sus rescatadores, que intentaron alargar la cuerda que podía llevarle a la repisa de su salvación. Kurz logró montar el rapel e inició el descenso, pero a mitad de camino la cuerda se atascó encallándose un nudo en su mosquetón del rapel... Kurz lo intentó hasta que le quedó el último hálito de vida, cuando extenuado acabó muriendo a pocos metros de la salvación. Como una marioneta, quedó colgado e inerte de su cintura, brazos y piernas vencidos del hilo invisible y mortal que devora escaladores en el Eiger.

La victoria del alpinismo

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El enésimo drama de la “Pared Asesina” provocó que el Cantón de Berna prohibiera la escalada de la pared norte del Eiger. Pero la prohibición, como suele suceder, provocó los efectos absolutamente contrarios. Todos los grandes alpinistas de la época querían ser los primeros en ganar la partida a la maldición, que en sucesivos intentos mantuvo su implacabilidad cobrándose un elevado precio en forma de sueños truncados y vidas humanas. Los primeros escaladores que regresaron vivos del Eiger fueron Matthias Rebitsch y Ludwig Vörg, que abortaron la ascensión por encima del Vivac de la Muerte al sorprenderles una de esas tormentas mortales en agosto de 1937. El recuerdo de aquellos años en el Eiger no fue superado por ninguna otra montaña de la Tierra, marcó sin duda una época terrible en la historia del gran alpinismo, que por fin pudo vencer con la cordada germano austriaca compuesta por Harrer y Kasparek, Heckmair y Vörg, que el 24 de julio de 1938, lograron coronar y sobre todo regresar, marcando un hito en la leyenda alpina.

Llegaron a ser recibidos por Adölf Hitler y puestos como ejemplo de los nuevos tiempos; Heinrich Harrer nos narró sus vivencias en el Eiger desgranando sin ambages lo vivido en el La araña blanca, publicación que vino a sumarse a Los tres últimos problemas de los Alpes (considerada como el Antiguo Testamento del alpinismo clásico) y escrito por su compañero Anderl Heckmair, líder del cuarteto en aquella mítica ascensión. La bibliografía dedicada al Eiger llegó a ser tan prolífica y extensa como su maldición Eiger, arena vertical, Combates por el Eiger, La morte arrampica acanto, Eiger, pared trágica etc...

La crueldad del Ogro alpino se extendió largamente en el tiempo, haciendo vivir en 1963 un drama a los españoles Ernesto Navarro y Alberto Rabadá. Siendo Joan Manuel Anglada y Jordi Pons, los primeros españoles en salir con éxito y vida de una montaña convertida en mito. Un colmillo afilado que corta el cielo del que solo pueden hablar con propiedad los que tiraron cordadas por su piel de hielo y piedra. Por una roca extremadamente quebradiza y al mismo tiempo muy fuerte debido a sus características (caliza), que no ofrecen mucha seguridad. Quizás con mayor propiedad, aquellos que se enfrentaron a ella con un material sensiblemente inferior en calidad y seguridad al disponible hoy día, con el que se llevan a cabo escaladas que hasta hace pocos años eran inimaginables.

Y por ello, porque pese a todo la montaña sigue entregando su paraíso a cambio de vidas, solo los alpinistas que conocen la fina línea que separa el abismo del Edén, pueden soñar con el Nido de Golondrinas, el Vivac de la Muerte y la Travesía de los Dioses, tres vivacs bajo un patio infinito por el que se despeña el oxímoron de sentirse muy vivo al borde de la muerte.

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