Reinhold Messner, el último lobo alpino

En la cumbre se hielan los versos porque su paisaje ignoto es el más bello soneto, allá arriba reina un místico silencio jamás escuchado, pues solo el viento gélido puede recitar lo contemplado.

Reinhold Messner, el último lobo alpino
Foto: tlm.com.np

Desde hace siglos, la montaña y el ser humano forman un indisoluble binomio y son muchos los que aseguran que la eminencia topográfica les ha cambiado la vida. Ciertamente la montaña puede llegar a sanar un mal físico o psicológico, pero como muy bien saben los montañeros, también puede llegar a matar. Y es precisamente todo ello lo que ejerce tal poder de fascinación y atracción en el ser humano, que enfrentándose a ese ser vivo rocoso se entrega al desafío de conquista de los últimos rincones de su alma desconocida, oscura y olvidada.

En la cumbre se hielan los versos porque su paisaje ignoto es el más bello soneto, allá arriba reina un místico silencio jamás escuchado, pues solo el viento gélido puede recitar lo contemplado. El hombre extasiado por aquella visión, es consciente de que contempla algo único, pero la coronación de una cumbre traspasa fronteras nunca imaginadas. Todo escalador inicia al pie de su reto un camino iniciático, en el que toca piedras que antes nadie ha tocado. En la cima siente el placer de llegar a lugares a los que antes nadie ha llegado, ver paisajes que nadie jamás ha contemplado, pero sobre todo aprende a ver con los ojos de la mente, a ser algo que jamás ha sido. Es pura elevación, la voz del riesgo, vivir y encontrar los límites físicos y psíquicos, saber hasta dónde podemos llegar, la voz del hielo, la desnudez de la piedra y el poder de la montaña.

Los hermanos Messner crecieron a los pies de los Dolomitas, Reinhold  y Günther descubrieron el mundo colgados de una vertiginosa pared, y solo concebían la vida en el camino de la elevación.  Messner padre les situó en el camino y los Alpes orientales fueron el escarpado barrio de sus juegos y sueños. Con tan solo cinco años Reinhold ya acompañó a su padre en su primera escalada de un 3.000. La vida de aquellos dos chicos tiroleses se convirtió en un constante desafío, un incesante y peligroso diálogo con la desnudez de la montaña. Con trece años comenzaron a escalar juntos y su unión se hizo incluso más fuerte, demostrando Günther verdadera devoción por Reinhold. La montaña había sido para ellos un paraíso, pero en sus paredes se escondían los más profundos infiernos, esa ventisca helada que puede quemar de frío con la fuerza del más poderoso averno.

Nanga Parbat

Tanto Reinhold  como Günther no sabían vivir sin ella, sin acometer desafíos cada vez más complejos ante estos escarpados, bellos y desafiantes edificios de la naturaleza. Los hermanos Messner se mimetizaron de tal forma a su medio, que llegaron a formar parte de él, haciendo de los Alpes, el territorio de su leyenda. Ambos portaban el gen de la escalada, pero el destino les tenía reservada una  de sus crueles jugadas. En 1970, a los pies de un monstruo rocoso de 8125 metros de altura llamado Nanga Parbat, les aguardaba la mayor prueba de sus vidas.

No es concebible ni comprensible la historia de Reinhold Messner, sin la implacable Nanga Parbat, pues nada volvería a ser igual después de aquella expedición de 1970. Fue su primera aventura en el Himalaya, el primer ocho mil para Reinhold Messner, una montaña que marcó su vida. Reinhold, el mayor de los Messner, era un tipo de carácter introvertido, hosco y tremendamente ambicioso. Prefería la escalada en solitario, pero desde que tenía uso de razón había compartido su pasión con su hermano Günther. El menor de los Messner parecía menos dotado físicamente que Reinhold, pese a ello poseía idéntica voluntad de superación. Tras varios días luchando con un furioso clima y varios intentos infructuosos de acometer el ascenso definitivo, decidieron lanzarse a tumba abierta hacia el abismo. Ascendieron al Nanga Parbat por la vertiente sur, pared de Rupal (norte), pero la dureza climatológica que les golpeó en aquel ascenso les situó al límite de sus fuerzas. Günther menos dotado que Reinhold, tuvo que abortar el ascenso, por lo que el mayor de los Messner continuó en solitario. En el campamento base aguardaban dos montañistas alemanes de la misma expedición, Hans Saler y Max von Kienlin, que habían chocado con el ambicioso carácter de Reinhold, y constatado que el mayor de los Messner prefería atacar la cumbre en solitario acatando la decisión de su hermano de mala gana.

La pertinaz tozudez de Günther le hizo seguir a ese hermano que tanto admiraba, y que no quería su compañía en el asalto, pero ambos lograron coronar la cima del Nanga Parbat, en medio de una diabólica ventisca que les puso al borde del colapso. Ante la tremenda pájara y el acuciado mal de altura que aquejaba a Günther, tomaron la decisión de descender por la vertiente oeste, por la pared del Diamir, posiblemente la más propensa a avalanchas del planeta. Llegaron a la zona plana del glaciar, Reinhold abriendo huella y buscando la mejor ruta, su hermano mermado físicamente, siguiendo a duras penas el ritmo. Al echar la mirada atrás perdió el contacto visual con Günther. Fue todo muy rápido, desandando sobre sus huellas se percató de que una gran avalancha que acababa de caer había sepultado a Günther, Nanga Parbat se había tragado para siempre a su hermano, no había rastro de él.

Al límite de su físico lo buscó denodadamente, arrastrándose sobre sus rodillas y seis días más tarde fue rescatado en las cercanías de la aldea de Gilgit. "La montaña asesina" se había llevado por delante a Günther, y un buen pedazo de su alma. Durante ocho años Reinhold intentó encontrar a su hermano, encontrarse a sí mismo. No ayudaron las luces y las sombras que surgieron respecto a lo sucedido en aquel ascenso. Muy especialmente por lo insinuado e incluso publicado por Hans Saler y Max von Kienlin, montañeros que formaron parte de la expedición. Saler y Kienlin aseguraron que Reinhold había abandonado a Gunthër a su suerte, anteponiendo su insaciable ambición, a la regla de oro del alpinismo que dice que jamás se debe abandonar a un compañero, mucho menos a un hermano. Mantenían y afirmaban que Günther había sido abandonado en el ascenso, mientras que Reinhold, siempre defendió que el accidente se había producido en el descenso por la vertiente Diamir.

Si Reinhold Messner era ya una persona de carácter complejo, un tipo introvertido, todo aquello le convirtió en un lobo solitario del alpinismo. Hasta en cinco ocasiones se enfrentó Messner al Nanga Parbat, tenía la esperanza de encontrar los restos de su hermano, de que la montaña le devolviera aquello que le había quitado y poder así demostrar su inocencia. En 1978 hizo el recorrido contrario para ascender el Nanga Parbat con la esperanza de encontrarle. Ascendió por Diamir y descendió por Rupal, abriendo nuevas rutas y llegando a perder todos los dedos de los pies y alguna falange de una mano, pero de Günther, ni rastro. Los celos profesionales parecían afectar a Hans Saler, pero otro tipo de celos alentaron a Max von Kienlin, pues tras la expedición de 1970, Reinhold perdió varias falanges de manos y pies. Von Kienlin le ofreció su casa para recuperarse, y allí conoció a la bella Úrsula, la esposa de Max. La chispa saltó de inmediato entre aquella bella mujer y el héroe del Nanga Parbat. Úrsula abandonó a su marido y se casó con Reinhold, un suceso que jamás fue perdonado por Von Kienlin.

Los catorce ‘ochomiles’

Definitivamente Reinhold Messner decidió dedicar por completo su vida al montañismo, ansiaba conocerse a sí mismo en las condiciones más extremas posibles, convertirse en máximo defensor de la vieja escuela del montañismo, aquella que enseñan los sherpas, ascensiones sin oxígeno y en solitario. Fue pionero de acometer la escalada de las cumbres más altas del planeta sin ninguna ayuda de medios técnicos, a excepción de crampones, piolet, tienda y saco. Y en esa búsqueda se lanzó a por los techos más altos, como lobo alpino solitario, acometiendo los ascensos con los mínimos acompañantes, pero sabiamente elegidos.

En 1972 coronó Manaslu de 8.158 metros de altitud junto a Peter Habeler, montañista con el que coronó tres años después el Gasherbrum I – Hidden Peak  de 8.068 metros y con el que logró la gran gesta de convertirse en el primer hombre, junto con el austríaco, en escalar el Everest por Nepal sin la ayuda de oxígeno complementario. En el 79 ascendió el K2 de 8.611 metros junto a Michel Dacher, junto a Friedi Mutschlechner el Xixapangma de 8.046 metros en 1981 y el Kanchenjunga de 8.598 metros en 1982. Aquel año de 1982 fue especialmente intenso para Reinhold Messner, que sumó tres ‘ochomiles’ en un solo año. El Gasherbrum II de 8.035 metros y el Broad Peak de 8.048 metros, junto a Nazir Sabir y Sher Khan. En 1983 ascendió el Cho Oyu de 8.201 metros, junto a Michel Dacher y Hans Kammerlander. Y en la vertiginosa carrera final con el polaco Jerzy Kukuczka, por convertirse en el primer ser humano en escalar los catorce ocho mil del planeta, coronó el Annapurna de 8.091 metros y el Dhaulagiri de 8.197 metros, junto a Hans Kammerlander en 1985. Entrando definitivamente en la historia en el año 1986, cuando tras coronar primero la cima de Makalu de 8.463 metros junto a Kammerlander y Mutschlechner, sembró su leyenda en la cuarta montaña más alta de la Tierra, conectada al Everest a través del Collado Sur. El Lhotse de 8.516 metros, en cuya cumbre clavó la bandera de su proeza, cerrando el círculo a dieciséis trepidantes años en los que vivió todo tipo de situaciones de emoción y peligro, encontrándose a sí mismo en cada cima, cada collado, cada pared.

Encuentro con el Yeti

Vivencias de todo tipo, llegando incluso a encontrarse de cara con lo inexplicable, pues en 1986, el alpinista italiano tuvo un encuentro con el Yeti mientras se encontraba perdido en la nevada región de Khumbú. Perdido a más de seis mil metros de altura, comenzó a experimentar la sensación de que no se encontraba solo en aquel indómito y bello paraje. Messner lo describió así: "Mientras iba caminando entre enebros cenicientos, oí de repente un rumor insólito, una especie de silbido que se asemejaba al grito de alerta de las gamuzas. Miré a mi alrededor y capté con el rabillo del ojo derecho la silueta de un bípedo que huía entre los árboles, en dirección al borde del claro, donde una tupida maleza de arbustos enanos recubría el pie de la pendiente. Sin hacer ruido y doblada hacia delante, la criatura seguía corriendo, se eclipsaba detrás de un árbol para volver a aparecer como un monstruo, con el resplandor de la luna a la espalda. Fue entonces cuando giró la cabeza hacia mí y permaneció inmóvil por un instante. Volví a oír aquel furioso bufido y, durante una fracción de segundo, pude ver su rostro: vi ojos y dientes, pero apenas logré distinguir forma o color”.

Messner continúa describiendo su encuentro de la siguiente manera: “La cara no era más que una sombra gris y el cuerpo una silueta oscura, y así, amenazante, se erguía ante mí aquella figura. Era completamente peluda, tenía dos patas cortas y brazos fuertes que le caían casi hasta las rodillas. Calculé que mediría más de dos metros de altura. Aquel cuerpo parecía pesar mucho más que un hombre de idéntica estatura, pero se acercaba a la linde de los arbustos enanos a paso tan ligero y vigoroso que me causó tanto pánico como alivio. Era evidente que ningún ser humano podía correr a ese ritmo en medio de la noche, ¿pero qué animal había que tuviera una figura como la que yo acababa de observar? A lo lejos, detrás de los árboles, a la altura de los primeros arbustos, aquel engendro nocturno volvió a detenerse como si tuviera que tomar aliento. Sin girarse nuevamente se quedó inmóvil en la noche iluminada por la luna. Estaba ahí y no volvía ni siquiera la cabeza. Me sentía demasiado confundido como para sacar los prismáticos de la mochila".

Aquella visión turbó durante mucho tiempo al mejor escalador de todos los tiempos, se interesó por la leyenda del Yeti, conocido en Khumbú como Meh-Teh. Tras pasar más de doce años investigando sobre lo que vio aquella tarde, se topó de bruces con la solución en Sosar-Gompa, un monasterio destruido por los chinos y vuelto a levantar por los monjes. Allí cara a cara pudo ver a un oso disecado y erguido sobre dos patas que encajaba con la visión experimentada años atrás. Por ello llegó a la conclusión de que su visión se correspondía con un oso tibetano muy poco conocido llamado "Jemo". Cuestión sobre la que llegó incluso a escribir un libro titulado "Yeti. Leyenda y realidad". Reinhold Messner. Editorial Desnivel, Madrid 1999.

La montaña le devuelve lo arrebatado

Su vida, como podemos comprobar, fue una incesante búsqueda, pero la más intensa sin duda, la que dedicó a sus demonios personales. Buscó tanto a su hermano que un buen día comprendió que Gunther pertenecía al ocho mil. Cuando en 1980 escaló el Monte Everest en solitario y sin ayuda de oxígeno, llegó a la citada conclusión, pero entonces no sospechaba que la montaña sagrada y desnuda le devolvería lo que diez años atrás le había arrebatado.

En agosto de 2005, 35 años después de aquel fatídico 27 de junio de 1970, Messner identificó los restos de su hermano, junto a los zapatos y la ropa que llevaba Günther. El italiano no tuvo la más mínima duda respecto al cuerpo hallado al pie de la vertiente Diamir del Nanga Parbat, como el de su hermano Günther. Un año atrás ya había hecho analizar con pruebas de ADN un peroné encontrado en la ruta de descenso a 4.300 metros. Unos resultados analizados por la Universidad de Innsbruck que concluyeron en un porcentaje elevadísimo, que aquel hueso pertenecía a su hermano. Pero con el hallazgo del cuerpo y su posterior identificación genética, pudo cerrar el capítulo más duro de su vida. Todo ello pese a que siguen existiendo detractores que defienden la versión de que el descubrimiento no demuestra que ambos escaladores descendieran juntos de la cima. Afortunadamente Messner pudo cerrar ese capítulo, y aunque la sombra de la duda siga persistiendo sobre el más grande escalador de todos los tiempos, la montaña dictó sentencia con su sabiduría.

Con la perspectiva de más de treinta años de reflexión y sentimiento, escribió su verdad sobre lo acontecido, lo sufrido en Nanga Parbat. Un trabajo titulado La montaña desnuda Nanga Parbat. Hermano, muerte y soledad. Un libro que se une a los más de 40 publicados por “el Maradona de la escalada” que hizo de su vida un ocho mil. Explorador de la Antártica y del desierto de Gobi, eurodiputado (por los Verdes italianos), fotógrafo, agricultor, ecologista, último lobo alpino que tras 18 ascensiones con éxito a los “ochomiles”, encontró esa dimensión profunda de la roca viva, esa visión exterior de lo nunca visto en lo alto de una cumbre que te permite descubrir de una vez por todas quién eres.

Foto 1: http://www.alpinismonline.com

Foto 2: revistaazimut.com

Foto 3: http://www.fuess-av.at

Foto 4: desnivel.com

Foto 5: www.spiegel.de


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