La huella neoyorquina en la poesía de Lorca
Montaje de Ana Alonso (VAVEL)

Era junio de 1929 cuando Federico García Lorca deja España, la tierra de su Romancero gitano, para llegar a Nueva York, la ciudad estadounidense que vería nacer una de sus obras culmen: Poeta en Nueva York. Maleta en mano con su profesor y amigo Fernando de los Ríos, el poeta granadino se despide por primera vez de “este país amado, donde tantas ilusiones han nacido y muerto”. El poemario se publicaría el 2 de abril 1940, cuatro años después de su asesinato.

Un corazón roto y el dilema que sentía sobre su orientación sexual le condujeron a una depresión que le llevó a la necesidad de cambiar de aires. ¿Fue Nueva York un salvavidas para el poeta granadino? Sea como fuere, Lorca pasó estos meses alejados de España impartiendo conferencias y recitales en la ciudad estadounidense y La Habana. 

Lorca pasó nueve meses de su vida en Estados Unidos. Allí no tenía mares verdes de olivos donde perderse ni un mirador a la Alhambra donde ilusionarse. Sin embargo, en la ciudad de los rascacielos escribió Poeta en Nueva York, una obra que le cambiaría la vida y la visión de la muerte, a la que dibujó como “pequeñas golondrinas con muletas”.

Panorama ciego de Nueva York

Si no son los pájaros
cubiertos de ceniza,
si no son los gemidos que golpean las ventanas de la boda,
serán las delicadas criaturas del aire
que manan la sangre nueva por la oscuridad inextinguible.
Pero no, no son los pájaros,
porque los pájaros están a punto de ser bueyes;
pueden ser rocas blancas con la ayuda de la luna
y son siempre muchachos heridos
antes de que los jueces levanten la tela.
Todos comprenden el dolor que se relaciona con la muerte,
pero el verdadero dolor no está presente en el espíritu.
No está en el aire ni en nuestra vida,
ni en estas terrazas llenas de humo.
El verdadero dolor que mantiene despiertas las cosas
es una pequeña quemadura infinita
en los ojos inocentes de los otros sistemas.

Un traje abandonado pesa tanto en los hombros
que muchas veces el cielo los agrupa en ásperas manadas.
Y las que mueren de parto saben en la última hora
que todo rumor será piedra y toda huella latido.
Nosotros ignoramos que el pensamiento tiene arrabales
donde el filósofo es devorado por los chinos y las orugas.
Y algunos niños idiotas han encontrado por las cocinas
pequeñas golondrinas con muletas
que sabían pronunciar la palabra amor.

No, no son los pájaros.
No es un pájaro el que expresa la turbia fiebre de laguna,
ni el ansia de asesinato que nos oprime cada momento,
ni el metálico rumor de suicidio que nos anima cada madrugada,
Es una cápsula de aire donde nos duele todo el mundo,
es un pequeño espacio vivo al loco unisón de la luz,
es una escala indefinible donde las nubes y rosas olvidan
el griterío chino que bulle por el desembarcadero de la sangre.
Yo muchas veces me he perdido
para buscar la quemadura que mantiene despiertas las cosas
y sólo he encontrado marineros echados sobre las barandillas
y pequeñas criaturas del cielo enterradas bajo la nieve.
Pero el verdadero dolor estaba en otras plazas
donde los peces cristalizados agonizaban dentro de los troncos;
plazas del cielo extraño para las antiguas estatuas ilesas
y para la tierna intimidad de los volcanes.
No hay dolor en la voz. Sólo existen los dientes,
pero dientes que callarán aislados por el raso negro.
No hay dolor en la voz. Aquí sólo existe la Tierra.
La Tierra con sus puertas de siempre
que llevan al rubor de los frutos.

- Federico García Lorca

Su forma de escribir se volvió más urbana, acercándose tímidamente a la modernidad de la ciudad. En una de las conferencias que el poeta ofreció, explica que sentía Nueva York en un poeta, más que un poeta en Nueva York.

Autorretrato de Federico García Lorca para Poeta en Nueva York
Autorretrato de Federico García Lorca para Poeta en Nueva York

Por otra parte, es 1929 el año del crack de Wall Street, que también quedaría plasmado en las cartas que Federico escribió a su familia: “En medio de la gente y los gritos y el histerismo insoportable, me encontré a una amiga mía que me saludó llorando porque había perdido toda su fortuna, que eran 50 mil dólares. Yo la consolé y otros amigos. Así por todas partes. Gentes desmayadas, bocinas, timbres de teléfono. Son 12 billones de dólares lo que se ha perdido en las jugadas. Se ve y no se cree”.

El rey de Harlem

¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!
No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
a tu violencia granate sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero, con un traje de conserje.

- Federico García Lorca

El poeta, a la derecha, en el campus de la Universidad de Columbia, otoño de 1929, con María Antonieta Rivas y dos amigos sin identificar. (Fundación García Lorca)
El poeta, a la derecha, en el campus de la Universidad de Columbia, otoño de 1929, con María Antonieta Rivas y dos amigos sin identificar. (Fundación García Lorca)
 

Y no solo les habló sobre el fatídico jueves negro, sino también de los estragos del feroz capitalismo en Estados Unidos: “Las calles, o mejor dicho, los terribles desfiladeros de rascacielos, estaban en un desorden y un histerismo que solamente viéndolo se podía comprender el sufrimiento y la angustia de la muchedumbre (…). Un ejército de ventanas donde ni una sola persona tiene tiempo de mirar una nube”. Esta denuncia social quedaría recogida en los poemas de Poeta en Nueva York.

Vuelta de paseo

Asesinado por el cielo.
Entre las formas que van hacia la sierpe
y las formas que buscan el cristal,
dejaré crecer mis cabellos.

Con el árbol de muñones que no canta
y el niño con el blanco rostro de huevo.
Con los animalitos de cabeza rota
y el agua harapienta de los pies secos.

Con todo lo que tiene cansancio sordomudo
y mariposa ahogada en el tintero.
Tropezando con mi rostro distinto de cada día.
¡Asesinado por el cielo!

- Federico García Lorca

No obstante, no todo era un escenario gris para nuestro poeta, quien sus amigos describían como una persona alegre. Federico García Lorca atendió numerosas fiestas, recitales, teatros, inauguraciones… Aquella ciudad era una ventana al mundo para Federico. “He hecho lo más difícil: ser poeta en Nueva York”, confesó Lorca, según la leyenda.

Lorca en 1925 | Foto: Luis Buñuel
Lorca en 1925 | Foto: Luis Buñuel

 

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