Kobe Bryant, un jugador de Far West

El Staples Center en pie representó la última metáfora del aplauso, el apasionante relato sonoro que rindió homenaje a un jugador surgido del Far West.

Kobe Bryant, un jugador de Far West
Licuado: VAVEL

Nacido en Philadelphia el 23 de agosto de 1978, sus padres le pusieron Kobe por su debilidad por la carne de ternera del mismo nombre. Su padre, Joe Bryant, fue una de las estrellas de la Lega italiana en los años 80, Kobe pasó entre los seis y los trece años en el país transalpino. Entre 1984 y 1991 su padre pasó por diversos equipos italianos y una parte de su educación la recibió en Europa. De la citada educación quedó en él su afición por el fútbol, muy lejana a su tremenda pasión por aquel deporte al que su padre le enseñó a amar: el baloncesto.

Chico Laker, entre el 8 y el 24

Dos dorsales míticos para una leyenda / Imagen: VAVEL
Dos dorsales míticos para una leyenda / Imagen: VAVEL

Con tan solo seis años de edad, ya soñaba con regresar a casa y convertirse en un chico Lakers, pero antes le dio tiempo a dejar evidencia de su innato talento para el lanzamiento a canasta. Regresó a EEUU en 1991, durante la adolescencia y cursó estudios secundarios en Lower Marion High School. En las filas de los Aces demostró sus  grandiosas condiciones para jugar al baloncesto, que le sirvieron para pasar directamente a la NBA, sin cursar estudios universitarios. A la edad de 17 años fue seleccionado por Charlotte Hornets en la 13ª posición de la 1ª ronda en el Draft de 1996, pero no tardó mucho en cumplir su sueño de ser trasladado a los Ángeles Lakers.

West, manager general de Los Ángeles Lakers, negoció el pase de Divac a los Hornets para lograr los derechos por Kobe. Phil Jackson le adoptó como nuevo hijo de los dioses del básquet, y del oráculo nació un jugador irrepetible. Un jugador que hizo soñar a los Lakers, que durante diez años con el dorsal nº 8 puso el Staples Center en pie, haciéndoles volar con el dorsal nº 24 los últimos diez. Kobe Bryant, 8 y 24, dos dorsales para retirar, para recordar, para convertirlos en paradigma del básquet de siempre. Porque Kobe, como el vino, mejoró incluso con los años, y todo el que brindó por él, brindó por el mejor baloncesto, el baloncesto primigenio.

Black Mamba

En el deporte de la canasta siempre existieron hombres fuertes, hombres veloces y hombres hábiles, pero cuando la habilidad, la fortaleza y la velocidad se aúnan en el cuerpo de un tipo de casi dos metros y 93 kilos de peso, el mundo del básquet tiene el privilegio de gozar de un jugador leyenda. Porque Kobe fue una criatura veloz y letalmente venenosa, cual mamba negra fue un animal esquivo, y cuando se le plantaba cara casi siempre intentaba escapar para cerrar un partido, cerrar un campeonato. Kobe giraba sobre sí mismo como una rueda de fuegos artificiales; siempre tuvo una central eléctrica en el tren inferior, un poeta en sus muñecas y el negro azulado de la boca de la mamba en su mirada. Sus 90 kilos eran el traje del fantasma; con ellos se deslizaba por el ataque poseído de un extraño sentimiento de ingravidez que le convertía en diablo. Los encuentros entre Bryant y sus rivales mortales eran potencialmente peligrosos para estos. La potente toxina de Bryant hizo sucumbir a los mejores equipos y jugadores de la NBA. Logró lo que muy pocos deportista consiguen: hacer de lo extraordinario algo aparentemente sencillo y rutinario. Y lo hizo durante veinte años, dominando muchas facetas del juego, como reconoció otro grande como Durant, que le calificó como genio desde tiros en la pintura hasta la media distancia y los triples.

En su caso no se puede separar la persona del personaje, Kobe fue un líder y gracias a su magnetismo fue también capaz de ganar. Tuvo la virtud de resistir ante la hostilidad de sus detractores, que no le duraron un solo asalto a su carácter y sus jugadas, que unían veneno, pólvora y fantasía. En la geografía del baloncesto la rapidez mental y física es un grado incluso más valioso que la fortaleza, y Kobe fue apodado Black Mamba. Su currículum excede cualquier exigencia, los números de Kobe Bryant son de auténtica leyenda, en sus veinte años en la NBA defendiendo los colores de los Lakers llegó a ser seleccionado 18 veces All Star, cinco campeón del anillo, y tercer máximo anotador de la historia con 32.683 puntos, por detrás de Kareem Abdul-Jabbar y Karl Malone. Bryant también ganó el oro olímpico con la selección de Estados Unidos en los juegos de 2008 y 2012.

Querido baloncesto

Sin duda Kobe es uno de los mejores de todos los tiempos, un escolta para no olvidar. Entre Arquímedes y Píndaro, Kobe fue tan científico como poético, pues su despliegue sobre la cancha era pura ciencia mecánica, pero en su cuerpo y sus movimientos, también hubo lugar para la estética, la poesía. No en vano cuando anunció su retirada eligió un poema que publicó en la página web del The Players Tribune. "Tú le diste a un niño de seis años su sueño de ser Laker. No puedo amarte obsesivamente por mucho más. Mi corazón puede resistir el ritmo, mi mente puede aguantar la presión, pero mi cuerpo sabe que es el momento de decir adiós". Son algunas de las estrofas de aquel poema titulado "Querido baloncesto" con el que Bryan quiso agradecer su amor por un deporte que le dio todo en la vida.

Un jugador de Far West

A la sombra de la comparación con Michael Jordan, Kobe pudo desarrollar su fantástica carrera en la NBA como semidiós del básquet, porque a diferencia de Jordan (Dios del aire y el baloncesto), siempre fue consciente de su cincuenta por ciento de ser mortal. Su grandiosa trayectoria se resume a la perfección en su último partido, 60 puntos y canastas decisivas para la victoria de su equipo, el sexto partido en el que consiguió la citada cifra o más. Bryant se despidió como lo que siempre fue, un grande del baloncesto que jamás se permitió un respiro, que por lo tanto nunca permitió acomodarse a los demás, pues predicó con el ejemplo. De ahí la historia del Cisne Blanco y el Cisne Negro que recordó Pau Gasol en su emotiva carta de despedida, buscando sin duda la reacción del jugador español, planteándole el enésimo desafío.  Poco son los hombres que pueden ser calificados como Mr.Laker, y Kobe es uno de ellos. El Staples Center en pie representó la última metáfora del aplauso, el apasionante relato sonoro que rindió homenaje a un  jugador surgido del Far West, cuyo rápido disparo hizo volar sombreros e inspiró a los cronistas de la conquista del Lejano Básquet norteamericano.


Share on Facebook