Kiko Narváez, aprendiz de mago

El Mago fue el emprendedor de una escuela iniciática que en Cádiz tuvo esencialmente un discípulo, un aprendiz, y ese aprendiz fue una espiga jerezana que hizo germinar trucos sobre el tapiz verde de los tahúres que fue Carranza

Kiko Narváez, aprendiz de mago
Foto: Apuntes de Rabona

Decía Gabriel Celaya que la poesía es un arma cargada futuro, un futuro que para Francisco Miguel Narváez Machón, comenzó en el barrio de La Granja, en la plaza de Ubrique, junto a la farmacia. En aquel lugar se iniciaron los sueños de Kiko, que continuaron en los alevines del Xerez Club Deportivo, club de su ciudad natal en el que solía acudir a Chapín para ejercer como recogepelotas en el Trofeo de la Vendimia. La personalidad de aquel chaval se expandió artísticamente en el equipo UFRA (Unión de Feos y Raros Andaluces). Un equipo que curiosamente formaron aquellos amigos que no siendo titulares en el Xerez, en el trayecto andando desde La Granja a Chapín, decidieron jugar al fútbol por su cuenta.

Un jerezano en Cádiz

Luego en infantiles pasó a jugar en el Pueblo Nuevo, club de su barrio en el que cambiaría la demarcación de guardameta por la de delantero. Estuvo allí hasta los 13 años, cuando realizó las pruebas con el Cádiz Club de Fútbol, pasándolas de forma satisfactoria y marchándose a un Cádiz que por entonces militaba en Primera División y que se hizo cargo de sus estudios. En Cádiz tuvo la oportunidad de crecer soñando con un mago, que golpeaba lunas de tacón en la pleamar de una gran jugada.

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería del fútbol

La magia en clave futbolística gaditana tuvo muchos apellidos a lo largo de su historia, pues desde Manolín Bueno a Juanito Mariana, Fernando Carvallo, Mané, Pepe Mejías y Lucas Lobos, fueron varios los futbolistas históricos amarillos que destilaron magia por sus botas, pero en lo que a ilusionismo, encantamiento y prestidigitación con una pelota en los pies se refiere tan solo existe un nombre: Mágico González. Pues el salvadoreño convirtió Carranza y buena parte de los años ochenta en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería del fútbol. Y como todo mago crea tendencia, las tan maravillosas como controvertidas maniobras de escapismo de Jorge González propiciaron la transmigración de la magia. El Mago fue el emprendedor de una escuela iniciática que en Cádiz tuvo esencialmente un discípulo, un aprendiz, y ese aprendiz fue una espiga jerezana que hizo germinar trucos sobre el tapiz verde de los tahúres que fue Carranza. Como Pitágoras de Tales de Mileto, Kiko el espigado y talentoso giralunas con tobillos de goma y cristal, compartió la vibración espiritual del maestro salvadoreño, llevando a cabo el proceso de aprendizaje a través de la observación y la interpretación de una forma única de desarrollar el juego. La relación Maestro-Discípulo hizo perdurar al menos durante un breve espacio de tiempo en tierras gaditanas aquellos chispazos de magia que hicieron recordar a los aficionados que hubo un tiempo en que Houdini vistió de amarillo.

Ramón Blanco, su padre futbolístico

Foto: Colchonero.com
Foto: Colchonero.com

En Cádiz, Kiko creció con la chistera del mago como sombrero ideológico y tuvo la ocasión de recibir el cariño y la metodología técnica de Ramón Blanco, al que conocían cariñosamente como Pancho Villa, un técnico con un corazón tan enorme como su bigote, y que se convirtió en su padre futbolístico desde los 14 años. Tristemente desaparecido Ramón construyó en derredor de la figura de Kiko el mejor Cádiz B de la historia, que hizo una brillante campaña en Tercera División. Fue precisamente Ramón, el que detectó de inmediato las cualidades de aquel larguirucho con goles y controles de cante hondo, un chico que además del referente de la magia traía de serie los aires del sur, la brisa del compás, por alegrías y por bulerías, por Cádiz y Jerez.  

El gol al Zaragoza

Ramón Blanco le hizo debutar en Primera el 14 de abril de 1991, ante el Athletic, era la jornada número 30 y corría el minuto 60 de partido en Carranza. El Cádiz haciendo honor al apelativo de submarino amarillo coqueteaba con el abismo del descenso. Todo aquel que tuvo la oportunidad de verle jugar en inferiores del equipo amarillo se percató de que era un futbolista predestinado para protagonizar momentos históricos en el fútbol. Por ello lo acontecido unas fechas después, en la tarde del 9 de junio de 1991, en la última jornada en Carranza ante el Zaragoza no sorprendió a nadie, mucho menos a Ramón Blanco, su prócer futbolístico. Kiko entró avanzado el partido con un Cádiz que se jugaba el descenso y tenía pie y medio en Segunda División, pero el jerezano le dio un vuelco al partido provocando el penalti que marcó Derticya en el minuto 81 y anotando el gol de la victoria en el minuto 83, que certificó el 2 a 1 que le dio al Cádiz la posibilidad de jugar la fase de promoción ante el Málaga, en la que Kiko fue titular y se logró la permanencia.

Las Olimpiadas de Barcelona de 1992

Foto: Futbol de Primera
Foto: Futbol de Primera

Aquel gol le cambió la vida tanto a él como a su familia, desde que tenía 13 años, cuando iba con su bolsita en los Comes, iba soñando siempre con marcar en Primera División. Lo que nunca pudo imaginar es que su primer gol con el primer equipo iba a evitar un descenso a Segunda en una jornada absolutamente mágica y milagrosa. Si el aprendiz de mago jugó en las Olimpiadas de Barcelona de 1992, en las que consiguió el oro y anotó otro gol para la leyenda y; si su padre pudo bajarse del andamio fue por aquel inolvidable tanto al Zaragoza. Aunque a la siguiente temporada (1991-1992) el canterano dio el salto a la élite convirtiéndose en uno de los jugadores fundamentales para el Cádiz, jugando 41 partidos de Liga, 38 de ellos como titular y marcando ocho goles, el gol al Zaragoza corresponde a la transmigración de la magia.

Kiko, el arquero colchonero

Foto: www.pinterest.com
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No sería entendible su carrera sin ese gol, como tampoco lo sería su carrera sin su pase al Atlético de Madrid en el verano de 1993. En Madrid se esperaba la calidad e inspiración del aprendiz de mago, pero Kiko se hizo un poco esperar. La inestabilidad deportiva por la que atravesó el club dificultó un tanto su adaptación y la afición colchonera tuvo que esperar un poco para ver a aquel chaval que deslumbró en Cádiz. En sus dos primeras temporadas marcó tan solo 5 y 9 tantos, aunque dejó chispazos de su tremenda elegancia y su capacidad para aguantar el balón de espaldas, dejando pases por bulerías a golpes de tobillo. Sin duda la llegada al equipo de Radomir Antic cambió por completo el rumbo de un equipo en el que por fin muchos futbolistas pudieron mostrar su mejor versión. Era la temporada 95/96, y los silbidos de Kiko para pedir el balón sobre el tapiz verde del Calderón, se convirtieron en parte habitual del lenguaje futbolístico de un equipo que hizo historia. Con Kiko como pilar fundamental y formando pareja atacante junto a Lubo Penev, el Atleti de los Pantic, Caminero y compañía logró el doblete. Paradójicamente en la temporada 96/97, que no fue prolífica respecto a títulos, Kiko firmó una de las mejores campañas de su carrera, dejando su elegante buqué jerezano, el aroma de mar gaditano y la magia de un jugador que se ganó el cariño de la hinchada colchonera con innumerables pases, controles y trece flechazos.

El descenso a los infiernos, los tobillos de cristal

Foto: Marketing Deportivo MD
Foto: Marketing Deportivo MD

El Kiko colchonero tocó el cielo y descendió a los infiernos, formó parejas inolvidables junto a Penev, Vieri y Hasselbaink. Jugó durante ocho temporadas con la camiseta del Atleti, llegando a ser internacional absoluto y mundialista, convirtiéndose en referencia para jugadores como Torres o Güiza, que comenzaron a celebrar sus goles haciendo el arquero en recuerdo del futbolista jerezano. Desafortunadamente aquel arquero jerezano, que hacia trucos por Cádiz y lanzaba flechas con la camiseta del Atlético de Madrid, tenía tanta elegancia como Van Basten, pero compartía con el delantero tulipán los tobillos de cristal. Con tan solo veintisiete años, en plena madurez futbolística y siendo líder del vestuario colchonero, sufrió la lesión que le hizo retirarse a los 29 años en las filas del Extremadura.

La transmigración de la magia

El eterno aprendiz de mago guardó para siempre sus flechas, recogió su chistera y colgó sus botas dejando tras de sí el aroma del buen fútbol y la simpatía. Aquella que le llevó con posterioridad a convertirse en habitual comentarista técnico de televisión, oficio en el que además de demostrar su singular sentido del humor, exhibe sus conocimientos adquiridos como profesional del fútbol. Hoy día Carranza sigue ávido de magia, una magia bohemia que se quedó en El Salvador y parece no querer volver, pero mitiga su necesidad de ilusionismo nuevamente por bulerías de Jerez y los flechazos tardíos de Güiza, otro aprendiz de mago que golpea lunas de tacón y hace recordar a la afición que la transmigración de la magia sigue siendo posible.


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