Márquez, el de los imposibles

Ha crecido en el Mundial. Quizás, por eso, ahora sea el mejor del mundo. Lo dice su título mundial, el que le hace tricampeón del mundo de MotoGP y pentacampeón del mundo sumando el resto de categorías. Tiene 23 años pero hace tiempo que la edad no fue problema, vino para revolucionar MotoGP. Ayer, en la madrugada, la hizo suya.

Márquez, el de los imposibles
Foto: Honda Racing

Oportunidades. Él las ve en todas partes. De mejorar aquí, arreglar esto por allá, de recuperar la frenada, ganar una décima, sumar unos puntos más, dar otra vuelta, algo más. Más y más. Siempre algo más. Crecer, como no la he hecho un piloto nunca; su cuna el Mundial.

No por nada le llaman el 'niño'. El de los ruedines en la moto, regalo de Reyes a sus cuatro añitos, la primera ilusión hoy sueño cumplido. Y rodar. Rodar consigo, con todos, pero sobre todo consigo. Porque cuando habla del rival, al final, el mayor que encuentra es él mismo. No porque no los tenga allá fuera, que los tiene, algunos de ellos los mejores de la historia, sino porque él lo único que quiere es superarse, tocar el cielo aún poniéndoselo cada día más lejos. Capricho de genio.

Foto: Box Repsol
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"Cuando tienes una pequeña oportunidad tienes que creer en ella y olvidar la palabra imposible". Él no es que las tenga, las crea. Cuando comenzó la pretemporada se encontró con el peor de sus fantasmas. La Honda, ex máquina perfecta, volvía a ser aquella que le había arrastrado por los suelos, literalmente, pues sufrió seis caídas, un años atrás. La que le quitó, con su imprudencia, el campeonato. El asfalto que quema y despierta, le quitó el idilio de cuajo. No podía ser ese 'loco', feroz de tan agresivo, que podía permitirse olvidar el límite en cada curva, a cada paso. Su moto le convirtió en uno más de los mortales. O eso pensábamos.

Resultó que lo que necesitaba era tiempo. De pensar en sus errores, aprender de ellos y así, nunca más, volver a cometerlos. Así que, cuando probó esa Honda aún atrás, demasiado, de sus fieles perseguidores, repitiendo la Yamaha como la mejor de toda la parrilla, el 'niño' espabiló. Giro tras giro valoró todas sus imperfecciones, las barajó con su equipo, el que él mismo ha ido construyendo desde que era un crío en 125cc, hombres de confianza con el que se juega desde hace años el todo o nada, unidos en las buenas y en las malas. Y el veredicto fue clarísimo, había que empezar sufriendo.

Foto: Box Repsol
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Y sufrieron. Entiendan que para un piloto de su talla comenzar los test de pretemporada a la zaga es como cortarle las alas. Y ahí estaba el asunto, había que volar de nuevo. Nació de la escena su yo renovado, conservador, esa palabra que él sufre por dentro, calculador y paciente. Esa es su mayor batalla ganada, haber aprendido a vencerse a sí mismo, a decir no, aunque su mente visualice ganar todas las carreras, a saber que un segundo, tercero o, incluso un cuarto, puede hacerte también un campeón.

No es su estilo, está claro, pero sí lo es ganar, Aunque sea a la larga. Y eso es lo que más le mueve. Lo relata muy bien el Gran Premio de Le Mans, su primer aviso. Se cayó por arriesgar, como hacía un año atrás. Pero se aupó de nuevo en su Honda y cazó tres puntos. Ahí estaba la regla. Si no se puede ganar hay que sumar puntos, los máximos posibles. Dicho y hecho.

Foto: Box Repsol
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Hoy, ayer de madrugada, el sacrificio fue título. Motegi; 23 años y él tricampeón del mundo de MotoGP. Léanlo entendiendo lo que significa. No tenía la mejor moto pero se proclamó campeón a falta de tres carreras. Con campeones mundiales como Valentino Rossi, Jorge Lorenzo o Dani Pedrosa entre sus filas. Bien sabe el último lo que es conducir con la Honda, explosiva, inestable e, incluso, perdiendo donde antes más ganaba, en aceleración. Los pilotos del ala dorada la han pasado muy negras.

Eso no hace aún más que embellecer su título. Ha sido el único piloto que ha puntuado en todas las carreras, no hay un mísero cero que ensucie su libreta. Donde más inferior se encontraba decidió fortalecerse, aunque fuese cubriendo las espaldas de sus competidores, pero sumando puntos o podios donde más tenía que perder, tratándose de circuitos como Jerez o Mugello donde la M1 resultaba vencedora casi por naturaleza.

Foto: Box Repsol
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Es lo que se esperaba también en Motegi. Yamaha había ido como la seda en ese circuito los últimos años, se encontraban fuertes en los entrenos. Rossi no quería despedirse aún del título, Lorenzo quería hacer lo propio, como una demostración de que ahí estaban ellos, de que esto es MotoGP y todo está muy abierto. Pero ni ellos mismos, ni casi nadie, cayeron en eso. De tan abierto que es el Mundial se dio la 'carambola', ambos fueron al suelo. Primero fue Rossi, en su intento de alcanzar la primera plaza, y luego le tocó el turno a Lorenzo, queriendo hacer lo mismo. Ninguno lo entienden bien, incrédulos, pero, aunque a veces se olvide, los pilotos son seres humanos que fallan.

En cambio él no falló. Cerró el casco y se fue a lo suyo. Primero adelantó a Lorenzo, para que no se fuera de escapada, luego a Valentino, rápido, porque no le convenía la batalla. Y se fue fugaz, no le interesaba cabrear a ninguno, sino marchar en solitario. Enfrentándose a sus demonios, los que siempre soluciona en la moto, aunque sea ella fruto de ellos. Y cuando vio el KO de ambos vio la gloria: "Marc, céntrate, que otra vuelta así no la acabas", "céntrate que viene Dovizioso lanzado", decía que rondaba en su cabeza. Dice que fue la peor vuelta de su vida, no acertaba con las marchas, se pasaba de frenada... no lo esperaba, aunque creyera en ello. Y por eso, esa vez, cuando se le abrió el cielo, sí se permitió tocarlo.

Foto: Box Repsol
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Se volvió loco, sacó la pierna y la convirtió en el centro de su euforia. Puño en alto, clamando. Volvía a ser el número uno, pidiendo, claro, que "le chocaran los cinco". Se colocó la camiseta con el mismo lema, es tricampeón del mundo de MotoGP, la mayor categoría de competición de velocidad del motociclismo, cabe recordarlo, pero son cinco campeonatos del mundo los que le avalan:  "Aunque estamos muy orgullosos de nuestros tres cetros mundiales en cuatro años en MotoGP, no podemos olvidar que empezamos a crecer ganando en 125cc con Derbi y en Moto2 con Suter. Cinco campeonatos, con 23 años, es para estar orgullosos, pero no queremos pararnos aquí, queremos más y seguiremos compitiendo con la misma ambición de siempre".

Tiene gracia que recuerde sus inicios. Consiguió su tercera corona de MotoGP en Motegi, el circuito de Honda, siendo él ese niño que fue delirio y devoción de la casa, consiguiendo los mismos, pues son unos de los 'capos' que dirigen el Mundial, cambiar las reglas de campeonato para que pudiera correr en él a pesar de su precocidad. Lo de ir por delante le ha pasado siempre, esto no fue una excepción.

Foto: Box Repsol
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Llámenlo pues el de los imposibles. Capaz de ganar un campeonato con la moto destrozada (posteriormente reconstruida en la misma prueba), esa épica de Estoril, de ganar una carrera aún saliendo último de la parrilla, en Moto2 en Valencia, de ser campeón del mundo en su año debut en MotoGP, de sumar trece victorias un año después, por supuesto también campeón, y de ser, ahora, el tricampeón más joven de la historia. Ese es su segundo apellido, 'historia'. Su nombre no se ha puesto aquí ni una sola vez, pero todos saben de quién se trata. Es Marc Márquez; sobra el resto.