El Lebrijano, unas gotas de agua mojada
Foto: elcorreoweb.es

Perteneciente a una gran estirpe gitana de rancio y abolengo flamenco, su madre era la excelsa cantaora María Fernández Granados, La Perrata, hermana de El ‘Perrate’ de Utrera, mago de la soleá. Por la línea paterna fue hijo de Bernardo Peña Vargas, hermano de Vicente el Pelao, y María (madre de El Turronero). Juan Peña comenzó rasgueando cuerdas de guitarra a La Paquera, pero acabó como dijo Antonio Gala sorprendiendo a Dios cuando cantaba. En aquellas lides del duende creció junto a los grandes, trabajó con Pastora Pavón, era ‘ahijado’ de La Niña de los Peines, la reina de la melodía y compartió mucho con Antonio Mairena. Dio inicio a su andadura profesional junto a Farruco, con La Paquera y Chocolate; cuentan que el teatro Lope de Vega se caía cuando El Lebrijano cantaba Caravana de gitanos, mientras Farruco bailaba.

Durante cinco años brillando en los cantes de atrás acompañó a Antonio Gades, pero El Lebrijano siempre fue de los que dan el paso adelante. En 1969 publicó su primer trabajo, De Sevilla a Cádiz, acompañado en la guitarra por Niño Ricardo y Paco de Lucía, coetáneo del genio de las cuerdas de la mujer de madera, también de las cuerdas vocales de Camarón, acompañó a ambos en el camino de la innovación, la investigación y la fusión. En 1972 con La palabra de Dios a un gitano, llevó la sinfonía al flamenco. Persecución publicado en 1976 fue otro de sus trabajos de culto, la historia de los gitanos en España, libres como el aire, libres como el viento, como las estrellas en el firmamento… Una grandiosa forma de conocer la historia del pueblo calé, a través de los versos de Félix Grande, y la profunda voz gitana del príncipe de Lebrija.

La evolución, la búsqueda de nuevas melodías

Foto: www.lebrijaflamenca.com
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Don Juan Peña logró llevar el flamenco por primera vez al Teatro Real de Madrid en 1979, El Lebrijano acercó el flamenco a otros estilos, indagó en el quejío y sus raíces, identificó puntos comunes en el rasgueo de una guitarra flamenca con los pentagramas árabes, sorprendiendo gratamente en 1985 con la publicación de su legendario disco Encuentros, en el que grabó junto a Paco Cepero y la Orquesta Andalusí de Tánger. Se identifican perfectamente varias etapas de evolución en su interpretación del flamenco, una primera basada en las influencias de los grandes con los que comenzó, una segunda de riesgos e investigación horadando en la siempre complicada búsqueda de nuevas melodías para lo jondo, y una tercera de fusión con la música arábigo-andaluza.

En 1992 y con motivo de la Exposición Universal de Sevilla se embarcó en la valiente aventura de capitanear la carabela Santa María, versionando en clave flamenca el viaje al Nuevo Mundo de Colón. Un trabajo titulado Tierra, una obra de arte a la que en su momento no se le otorgó la grandeza que realmente tenía y en la que colaboró activamente el escritor gaditano José Manuel Caballero Bonald. Flamenco puro para describir por bulerías, tangos, nanas, soleares, alegrías, fandangos de Huelva, colombianas, alboreás o tanguillos las emociones y sentimientos de los que se embarcaron en la gran aventura.

Su capacidad como músico, compositor y cantaor de abolengo le permitió realizar una labor tremendamente didáctica sobre el flamenco, llevando el patrimonio de su arte a las Universidades andaluzas entre 1993 y 1994. Pese a tener lo más hondo y puro en su ronca voz y su garganta, la fusión siempre estuvo muy presente a lo largo de trayectoria artística, como en su disco Casablanca (1998), fusionando la base flamenca con la música árabe sobre poemas de Manuel Machado. El Lebrijano abrió nuevos caminos y por ello fue cuestionado por los más puristas, su disco Lágrimas de cera, producido por Hughes de Courson, es un buen ejemplo de su vertiente más futurista. Se puede considerar que en El Lebrijano se arremolinaban los cantes de siempre, siendo lo más antiguo y lo más moderno, abriendo nuevos caminos, nuevas modulaciones

Cuando El Lebrijano canta, se moja el agua

Gabriel García Márquez, maestro del realismo mágico y premio Nobel de Literatura estableció una relación de amistad con el cantaor desde el año 1986. Coincidieron en varias ocasiones en Sevilla y el cante del artista de Lebrija llegó tanto al literato que le dejó un papel con una frase genial: Cuando Lebrijano canta, se moja el agua. Aquella línea motivó que El Lebrijano, siempre valiente e innovador, hiciera una adaptación flamenca de las letras de García Márquez, que publicó en 2008. Don Juan se dejó la vida cantando, fue la autenticidad, la verdad, la evolución, la zona de riesgo, demostrando que para innovar con sentido había que ser un perfecto conocedor de los cantes más profundos y su raíces. Escuchar su trayectoria artística es acercarse a comprender y descifrar la historia del flamenco en el último cuarto del siglo XX.

Con la marcha de Juan de la Santísima Trinidad Peña Fernández, en la lebrijana calle de San Francisco brota el clavel del dolor y la rosa sinfónica de la fusión. Se marcha un revolucionario, un genio que desnudó su alma y transportó con su condición de cantaor el amplio espectro de su universo de sonidos. En el Teatro Municipal Juan Bernabé de Lebrija será instalada la capilla ardiente, será momento de Encuentros, de Reencuentros, de Puertas Abiertas al flamenco más universal. Ya se derraman lágrimas de cera y a partir de mañana Lebrija amanecerá siempre con el rocío de unas gotas de agua mojada por su voz tan jonda y valiente como inmortal, aquella que predicó en el desierto.

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