Bob Dylan, Premio Nobel de literatura 2016

Sus ‘himnos’ no merecen un Nobel sino veinte, pues es todo un referente, todo un icono, pero de otra categoría en la que su leyenda junto a la de Leonard Cohen (por poner un ejemplo) resulta incontestable, como lo es la de Roth y McCarthy en la carrera literaria estadounidense

Bob Dylan, Premio Nobel de literatura 2016
Foto: Indiespot

La Academia sueca decidió otorgar a Bob Dylan el premio Nobel de Literatura por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción. El músico y cantautor estadounidense que ya estuvo nominado en 2013, ha salido triunfante en esta ocasión, como ya lo hizo el año pasado la periodista  Svetlana Alexiévich.

Sería una absurdez cuestionar el talento y la trayectoria profesional de ambos, pero la designación de una periodista y un músico/poeta como ganadores durante dos años consecutivos ha generado gran controversia  en el mundo intelectual, especialmente en el literario. Svetlana fue una cronista extraordinaria y se jugó la vida sin dudarlo, dejando para el recuerdo su inmensa obra; mientras que para Dylan es complejo encontrar las palabras justas para definir los casi veinte himnos que creó.

La pluma de Dylan se encuentra a la altura de los grandes literatos, pero cobra su verdadero sentido, coge vuelo con su guitarra y su peculiar voz.  Blowin' in the Wind y The Times They are-A Changin, constituyen un magnífico ejemplo de las razones que han llevado a la Academia a argumentar que el estadounidense creó una nueva forma de expresión poética, simplemente porque la respuesta está soplando en el viento. Como canta Dylan, será porque los tiempos están cambiando, o como versa en All Along The Watchtower: “Hay muchos entre nosotros que piensan que la vida no es más que una broma”. Dylan es un genio, ha recibido todo tipo de reconocimientos, y resulta un poco duro rebatir la decisión, muy especialmente cuando el neófito comienza a ‘leer’ sus canciones, cuando se deleita con Hurricane y comprueba cómo Dylan es un valiente creador capaz de componer y cantar: “No puedo evitar avergonzarme de vivir en un país donde la justicia es un juego”.

El mundo jamás dudará la condición de poeta de Dylan, pero ese mismo mundo que le encumbró y le admira, no puede olvidar que siendo cantautor, con todo lo que ello representa (sus canciones siempre dicen cosas), es músico. Como tal, choca un poco que la Academia sueca haya dirigido su mirada hacia la literatura estadounidense decantándose por Dylan, obviando plumas literarias con trayectorias tan dilatadas e importantes como la de Cormac McCarthy o Philip Roth. Estas líneas no constituyen una crítica a Dylan, mucho menos al mundo de la música, es más, tanto la poesía como la música surgen de un tronco común, pues no existe nada más sonoro que un poema. Dylan en este punto es poeta y de los buenos, pero es difícil de encajar que un Nobel de Literatura sea concedido por segundo año consecutivo a un talento, un genio, ajeno a la carrera puramente literaria. Una vez más la secretaria de la Academia Sueca, Sara Danius, ha pronunciado un nombre que ha generado controversia, porque para comprobar el talento del nuevo premio Nobel de las letras, habrá que acudir a la fonoteca en lugar de a la librería. Habiendo recibido el Pulitzer y el Premio Príncipe de Asturias de las letras, a Dylan no le queda prácticamente reconocimiento alguno por recibir, aunque quizás el mayor reconocimiento recibido en toda su carrera es aquel que le otorgaron los que se quedaron atrapados en sus canciones. Obras que crearon tendencia e influencia musical en grupos tan relevantes como los Beatles, los Rolling Stones, Bruce Springsteen…

¿Músico o literato?

Lo verdaderamente cierto, la información pura y dura es que Dylan es Premio Nobel de la Literatura 2016, campo profesional y artístico en el que incursionó sin cosechar demasiado éxito. Puede que de no haber cogido jamás una guitarra habría acabado siendo poeta, adentrándose en los mundos de Bukowski, seguro que el cantautor ha leído a todos, a Steinbeck, a Faulkner, a Lorca, a Carver, pero la realidad es que Bob es escritor de canciones, autor de música popular. Pudiendo ser todos ellos, no lo fue, Dylan eligió ser un gran músico y trovador. El debate está servido, Robert Allen Zimmerman escribió infinidad de canciones  con elevado valor literario, ¿pero qué fue más, lo uno o lo otro? ¿Debe ser por ello considerado literato?

En 1953 la Academia sueca otorgó el Premio Nobel de Literatura a Winston Churchill, que fue ciertamente un prolífico escritor, y le fue concedido el premio por su dominio de la descripción histórica y biográfica, así como su brillante oratoria en defensa de los valores humanos. Pero sería tremendamente complicado encorsetar a Churchill en un solo campo de la actividad humana profesional. ¿Era literatura lo que hacía Churchill? ¿Lo es lo que ha hecho Dylan? ¿Eran ambas merecedoras de un Nobel específico en ese campo?

Ampliar el espectro de categorías

Posiblemente por ello la Academia sueca debería comenzar a valorar muy seriamente ampliar su espectro de categorías. Seguro que a Alfred Nobel le habría agradado enormemente la decisión de que su Fundación hubiera incluido la del Premio Nobel de la Música, el Premio Nobel de las Artes, o el Premio Nobel de Periodismo. De esta forma nadie podría poner en duda la decisión, pues si el periodismo ha tenido una enorme influencia dejando contribuciones notables para la humanidad (Svletana Alexiévich), el arte y la amalgama poética y musical han configurado la voz del alma del ser humano desde el principio de los tiempos. Y Dylan es uno de los próceres de la música de autor, voz poética de los sin nombre, de aquellos rebeldes que escriben y componen con las líneas torcidas de sus tripas. Sus ‘himnos’ no merecen un Nobel sino veinte, pues es todo un referente, todo un icono, pero de otra categoría, en la que su leyenda junto a la de Leonard Cohen (por poner un ejemplo) resulta incontestable, como lo es la de Roth y McCarthy en la carrera literaria estadounidense.