Chiquito y el tren de la vida

Gregorio Esteban Sánchez Fernández "Chiquito de La Calzada", el genio que logró unir a todo un país a través de la risa muere a los 85 años de edad en el Hospital Regional de Málaga para tomar su último tren a la pradera en la que le espera su amada Pepita.

Chiquito y el tren de la vida
Una imagen del Archivo de RTVE de Chiquito de la Calzada (RTVE)

Dicen, cuentan, que en la vida el tren solo pasa una vez y que si lo pierdes no volverás a tener la oportunidad de subirte, especialmente a partir de una edad, pero la historia de este maravilloso personaje, este maravilloso ‘buscavidas’ constituye la pura esencia, el más genial ejemplo de todo lo contrario.

No en vano, Gregorio Esteban Sánchez Fernández​ no paró un solo segundo de tomar y elegir trenes a los que subir, subiéndose incluso a aquellos aviones a los que tanto miedo tenía. Gregorio tomó miles de trenes cada día, tenía sus zapatos flamencos de su barrio malagueño de La Calzada de la Trinidad absolutamente gastados, su garganta rota de cantar, pero su grandioso sentido del humor a punto para subirse a cualquier tren directo a la risa y al corazón de la felicidad. Aquella que hacía latir a todo aquel que tenía el placer de escucharle como el jornalero del cante que siempre fue.

La singularidad del flamenco

Por entonces, cuando era el Gregorio ‘de las fatiguitas’, cuando se había pateado toda España y parte del extranjero, cuando animaba con su cante y su gracia las fiestas de los ricos, cuando había actuado en los principales teatros de Madrid, cuando había incluso acompañado a Camarón a las palmas, se había convertido en 'Chiquito San' en el lejano oriente cantando para Mariquilla y siendo compañero de José Mercé, ya había tomado miles de trenes.

Puede que para muchos el flamenco y el cante en la vida de Gregorio fueran una anécdota, pero nada más lejos de la realidad, pues el Chiquito humorista no habría sido concebible sin la existencia del cantaor. El hambre y las experiencias vívidas de Gregorio en el mundo del flamenco, en sus tablaos, con Los Capullitos Malagueños con los que comenzó con apenas doce años, su forma de buscarse la vida yendo de pueblo en pueblo afilaron su sentido del humor.

Y es que el flamenco, los flamencos, tienen un sentido del humor propio, genuino e inconfundible, esencialmente por la sencilla razón de que lo primero que aprenden estos jornaleros del arte es que sin sentido del humor no se puede ser flamenco y mucho menos vivir.

Gregorio pertenecía a esa estirpe de sabios de la vida como Sabicas, Pericón, Chano o Beni, sencillamente porque en la noche de las fatiguitas, en el territorio flamenco, transmitieron esa sabiduría única de vivir que tan solo ellos poseen.

El tren de la vida

Por todo ello. a nadie se le puede hablar de trenes a los que subir, porque ellos son un claro ejemplo de que la escasez y el esfuerzo se pueden transformar a través del arte y la singular forma de encarar los amaneceres y los anocheceres, en el vehículo perfecto para andar y viajar arrancando una sonrisa a los problemas y a la rutina. Para estos sabios, la vida, el día a día, era una oportunidad, una invitación, un billete de tren al que subirse con la intención de ser y hacer feliz a la gente, ya fuera con su cante, su manera de ser o sus innumerables anécdotas acumuladas en el vasto mundo del arte de la vida y el espectáculo.

Miles de trenes había tomado ya Gregorio, cientos de miles de sonrisas había arrancado este sabio malagueño, cuando dicen que el tren de la vida de Chiquito se cruzó en su camino. Cuando en los coloridos años 90 de la televisión, Tomás Summers se quedó impresionado y las mandíbulas desencajadas de reír, tras disfrutar con la singularidad flamenca de un señor de sesenta y pocos con camisa de lunares que ponía bocabajo el local de Torremolinos en el que impartía clases de risoterapia.

Genio y Figura

En aquel año 94 a Summers le habían encomendado la tarea de alumbrar un programa sencillo para Antena 3 con el que rellenar aquellas horas del estío, en las que la televisión llega a ser más caja tonta de la que ya incluso representa. Con cierto hartazgo, Tomás se puso manos a la obra y parió el programa Genio y Figura con la posiblemente fugaz e humilde intención de hacer reír con lo de toda la vida, haciendo chistes, a través de una selección de profesionales de la historia breve narrada con ocurrencia, doble sentido y singularidad. Para ello reclutó a varios profesionales de la anécdota y el chiste que labraron una fructífera carrera en el mundo del espectáculo y el humor.

Aunque tenía depositada una especial esperanza en aquel flamenco de pasitos orientales que le impresionó en Torremolinos, jamás imaginó el fenómeno social que aquel pequeño gran hombre estaba a punto de provocar. Y eso que las maneras, el uso del lenguaje y la edad de aquel señor mayor -que no pegaba en el espíritu juvenil del programa- de las camisas de colores no convencía en un principio a algún directivo de la cadena, pero ante el que se tuvieron finalmente que rendir. Pues Chiquito, que tenía su propio idioma, tanto lingüístico como gestual, se convirtió en el huracán de la risa que arrasó por todos los hogares de España.

El lenguaje de Chiquito

Chiquito unió a todo un país a través de la risa, una época de un país en el que todo el mundo quería hablar como él, imitarlo, pero Chiquito era inimitable. A Gregorio jamás le hizo falta terminar un chiste por la sencilla razón de que con nada más abrir la boca, dar dos pasos y convertir lo absurdo en una historia genial, hacía reír a la gente y por tanto la vida más feliz.

Chiquito hablaba su propio idioma, existe un diccionario exclusivamente inventando por él, pero lo verdaderamente especial que poseía era que tenía un sillón en la RAHU -Real Academia del Humor Universal-, cuya sede se encuentra en el templo de los buscavidas. De ahí surgieron sus maravillosas expresiones, ese prolífico vocabulario, ocurrente, absurdo, desternillante, único. "¡Al ataquerrrr!" "¡Pecador!" "¿Te dah cuen?" "¡Jarl!" "¡Fistro!" "¡Cobarderr!" "¿Cómorl?" "¡Hasta luego Lucasss!" "Apiticain". "¡Por la gloria de mi madre!" "¡Cuidadín! "¡Quietorl!" "¡Duodeno sersuá!" "¡La Meretérica!" "¡A can demor e narrr!" "¡Pecaor de la praderar!" "¡No puedor, no puedor!" "Ere un fistro diodenarl" "¡No te digo trigor por no llamarte Rodrigo!" "Sieteee caballo que vienennn de Bonanzaaarrlll..." "¡Uno que nació después de los dolores!" "¡Una mala taaaaaaaarde la tiene cualquiera!" y “¡Hasta luego Lucas!”.

Hasta siempre, Chiquito

Por eso, simplemente por ello, por ser tan grandioso ‘ser’ siendo tan humilde y tan pequeño, hasta siempre Gregorio, hasta siempre Chiquito. Todos aquellos a los que hiciste reír -que son todos- se quedan mucho más tranquilos sabiendo que has tomado tu último tren a la pradera, en la que desde el año 2012 te espera Pepita, aquella maravillosa mujer que perdiste y te hizo perder la chispa -nunca la gracia-.

Gracias, Chiquito, por existir. Porque, aunque no sea en presencia física, jamás se borrará de la memoria de la gente tu manera de encarar la vida. Tomando siempre todo tipo de trenes y hasta el último tren con una sonrisa, arrancando una risa, de la que dijo Neruda que era el lenguaje del alma.