Roger Federer, las manos que modelaron el golpe de Dios
Foto: Dani Mullor / VAVEL

Dicen que en el mundo del tenis no existe una sola bola que llegue con una trayectoria igual a otra, que por ello el trabajo sobre la geometría de la pista nunca se acaba, aunque se lleve más de dos décadas jugando al tenis profesional siendo una leyenda. Es más, por esta razón, el tenis es un deporte que cambia incesantemente, porque aunque para cada trayectoria, fuerza y llegada de la bola existe un golpe más adecuado, cada punto hay que jugarlo de una manera distinta. Por ello el tenis es un deporte especial, abierto a mundos nuevos, a dibujos nuevos trazados por el tamiz de la raqueta en cuyas cuerdas queda el oro del curso del río del recuerdo, sus golpes y su gran Dios: Roger Federer.   

No existió, ni existe, ni con toda probabilidad existirá jamás, un tenista como el suizo, por ello, por el componente absolutamente mágico de su forma de jugar, Roger es el mayor y mejor representante que ha tenido este deporte en toda su historia. Federer es ese componente diferencial, es la metáfora de aquella bola nueva, de esa trayectoria siempre única. Hubo un tiempo espaciado en un periodo de 17 años en el que Roger Federer, como Dios del tenis, -con Nadal como Rey- arrancaba cada temporada con la obligación de ganar todos los Grand Slam y ser el número uno. Durante década y media nadie le pudo discutir ser el Ra, el sol del mediodía del tenis mundial, es más por su condición de mejor tenista de todos los tiempos llegó a transmitir la sensación de que competía contra sí mismo. La presión llegó a ser tan grande que la pérdida de un solo Grand Slam le dejaba con cierta sensación de fracaso; y esta circunstancia en un deporte con tan elevado número de superficies, imponderables y variables, es una auténtica barbaridad.

Por eso Roger Federer es tan grande, porque juega cada bola como cada primer golpe, como cada primera vez. Con esa cercanía, esa corporeidad tan humana para un dios como él que tanto conecta con la gente, con esa pasmosa y aparente tranquilidad que transmite como buen suizo que es. Durante casi veinte años manejó la presión, la dureza de los entrenos, las superficies y la competición, como si de un ser sobrenatural se tratara, pero resulta que Federer es como todo hijo de vecino. El suizo es un dios de andar por casa que viaja con su mujer y sus hijos, con toda su familia. Un tipo mundano que duerme con ellos incluso el día antes de una gran final, que no tiene igual en el mundo. Y no tiene igual porque en cada partido, cada set, cada punto, cada golpe, cada bola, esta viste con un traje geométrico preciso y elegantísimo. No es que Federer sea solo elegante en su forma de ser y estar, de moverse sobre una pista, sino que hace en cada bola que recibe y cada golpe que ejecuta un verso a la elegancia. Sus golpes van en pasarela, viajan sobre una alfombra roja imaginaria para vestir el tenis de los mejores recuerdos.

Federer y su razón dorada

Y para sumar a los inolvidables recuerdos la conquista de un nuevo Open de Australia, su vigésimo Grand Slam. Solo las estadounidenses Margaret Court, con 24 grandes, Serena Williams, con 23 y la alemana Steffi Graf, con 22, superan a Federer en la lista de Grand Slams conseguidos, pero estas legendarias tenistas que ya otea en su horizonte, quedan lejos del número áureo de sus golpes, de la belleza matemática de su técnica, que sin duda intrigará al mundo durante siglos. Siendo un ser inalcanzable el éxito no le ha cambiado casi nada, pues aún se sigue sorprendiendo por su popularidad. Hoy quizás no tenga las piernas para llegar a todas, pero su muñeca sigue siendo todo un tratado de geometría, de su razón dorada que emparenta sus golpes con Euclides, Da Vinci, Alberto Durero, Kepler, con la serie de Fibonacci, la ley de Ludwig...

Tras la lesión de rodilla que le hizo ver la competición de una manera diferente comenzó a disfrutar más del tenis. Jamás se consideró una divinidad, ni cuando lo ganaba todo ni ahora, cuando su leyenda no puede hacer otra cosa que dispararse a mundos inalcanzables para cualquier ser mortal. Pero Federer solo quiere ser recordado como un hombre que ama al tenis, cuyo objetivo es ser lo suficientemente cercano como para mostrar al mundo que se puede ser el mejor tanto en la victoria como en la derrota, llorar de alegría y de dolor en ambos perfiles de la existencia. Por tanto convertirse en un verdadero ídolo de los niños, pues Federer no es un ídolo de barro, son las manos que con ese barro modelaron el golpe de Dios. El golpe de aquel que ya juega con cero expectativas y, eso en un dios como él es algo muy a tener en cuenta, porque mientras el cuerpo le aguante y la familia le acompañe, será la diversión de un dios que juega al tenis para divertir a la gente.

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