Una final de corazón joven
(Foto: Reforma)

Una final de corazón joven

El llamado clásico joven vio quizá su más memorable episodio apenas en el Clausura 13 cuando azulcremas y celestes se vieron las caras en la final de la Liga MX.

fabioBarrera
Fabio Barrera

Para todo aficionado al futbol sólo hay un partido por el que fingiría estar enfermo para no ir a la oficina, por el que dejaría plantada a la novia que está sola en casa de sus padres o por el que le diría a la muerte, hoy no puedo, hoy me quedo a ver el futbol, ese encuentro, esos gloriosos 90 minutos son una final de futbol, sin embargo, en ocasiones cuando uno busca la gloria puede quemarse con el sol.

Cruz Azul y América se verían las caras en la final del Clausura 2013 por primera vez en la historia de los torneos cortos y era momento de medir grandeza con grandeza. Los azules llegaron como quinto de la general, a 3 puntos de un segundo lugar azulcrema, la máquina comenzó con el pie derecho goleando a Monarcas en casa y haciendo lo mismo con Santos, los de Coapa por su parte habían superado por la mínima a Pumas en dos ocasiones y a Monterrey también por la mínima, sólo que a este hasta el segundo encuentro.

El 23 de mayo del 2013 a las 21:00 el Estadio Azul se vestiría de manteles largos para darle al mericanismo una muestra de lo que el local y amplio favorito podía hacer en la final de ida del futbol mexicano. Apenas al 19’ de juego Christian Giménez haría hervir el inmueble de la colonia Nochebuena, desde la esquina los botines celestes cobraron un tiro que se elevaría hasta la humanidad del ‘Chaco’ que se levantó, como suspendido en el aire, lleno de un corazón con una hambre de gritar gol más grande que su 1.71 que dejó abajo a toda la defensa y mandó a callar los gritos azulcremas, el ‘Chaco’ bailó esa noche que fue suya y que con un remate picado de cabeza hizo que los celestes soñaran con ganar una final más.

Pero el americanismo no bajó la cara, miró al cielo que cada vez se pintaba más de azul y espero que aquel 26 de mayo el Azteca viviera un milagro, pero muy lejos estaba aquel,otra vez al 19’, otra vez el Azul, Teófilo Gutiérrez descolgó por la banda con una velocidad endiablada y corrió hasta la línea de cal de la cabaña de Muñoz desde donde sacó un fogonazo cruzado y comenzó a matar al América, con 2-0 en el global Teófilo bailó de nuevo en un rincón de la cancha mientras el americanismo comenzaba a conjurar las lágrimas.

Cuatro minutos después se vendría la debacle azulcrema, Molina se haría expulsar en una jugada sobre Pablo Barrera muy rigorista que ilusionó aun más al graderío cementero y los hizo gritar el triunfo de su equipo ya dado por hecho.

Dicen que el que ríe al último ríe mejor, con 88’ minutos jugados la afición de la máquina se llenaba de orgullo al derrotar al rival odiado y comenzaron a bordar en sueños la estrella de su siguiente campeonato, pero un hombre, un defensa de agua les comenzó a zurcir la pesadilla al alma, se levantó, como el ‘Chaco’ en el Azul, sin bailes, sin pedantería, pero con la convicción de que era Aquivaldo Mosquera el capitán que alzaría la copa y metió el primero de su equipo.

Pero lo que vino después fue algo épico, algo que sólo se vive una vez en la historia y que queda grabado con letras de oro en los anales de lo increíble, Moisés Muñoz, ese basquetbolista disfrazado de portero, el del accidente escalofriante que acusaba no dejarlo ejercer su profesión, el moy7 que largó Morelia, el que iba para perderse en Atlante, ese mismo en el 90+2’ voló, no como portero, voló impulsado por la magia del Azteca, por los restos de un polvo mágico que dejó los botines de Pelé y la camiseta de Maradona, voló para que Corona no pudiera alcanzar el esférico, voló para que Castro le desviara el balón a su meta, voló para hacer soñar al americanismo, voló para que en más de 180 minutos por fin, por fin se callara la afición celeste.

 

 

El tiempo extra no fue más que un bálsamo para el América que miró a un cielo nublado de azul y vio como los rayos amarillos se colaban en la inmensidad de la noche celeste, mientras que los rivales, con el triunfo en las manos escurriéndoseles como agua, se llenaban de demonios y de llantos la cabeza sin poder hacer más que esperar las penas máximas.

Los malditos penales, esos que tanto odia el mexicano, esos que le traían recuerdos dolorosos al ‘Chuletita’ Orozco y que comenzaría él a ejecutar, al centro, fuerte y raso, le dio una camiseta de héroe a Moisés Muñoz que con las piernas le sacó la primera. Mientras Orozco se mecía los cabellos, un Jiménez aún niño pero letal en el área, tomó el balón entre sus manos y lo colocó en ese manchón de cal que sellaría el destino de uno y otro, y disparó, confiado y con ímpetu a la derecha engañando completamente a Corona,1-0 en tanda de penales, Raúl ponía al ave a volar.

La segunda oportunidad fue nada más que una tortura celeste, surgido de la cantera azul, el que le desvió la pelota Corona, el que sufría quizá más en la cancha, tomó la redonda entre sus manos y se encaminó a fusilara Muñoz, pero la cancha del Azteca lo odió esa noche, el césped mojado le jugó una mala pasada y lo dejó tendido mientras veía como el balón se estrellaba en el graderío desde el que casi o más de 80 mil almas gritaron el error de Castro.

Benítez aquella noche no imaginó ni por un instante su destino, aquella noche no, aquella noche, se quitó una malaria de encima y anotó su último gol antes de partir al otro mundo.Mientras un espíritu de locura y victoria se apoderaba de Miguel Herrera y sus efusivas celebraciones, Rogelio Chávez anotaría el primero del Azul, Osvaldo Martínez por su parte hizo que Baños besara con ímpetu su rosario mientras celebraba el gol de un hombre que se poseyó del espíritu del más grande de Tepito y con su 10 en los dorsales la guardó hasta el fondo de las piolas.

La última oportunidad debía ser para hombres de temple, de corazón y garra, hombres que están destinados a la grandeza, de Cruz Azul, Gerardo Flores tomó la encomienda, si fallaba, su equipo se hundía en un nuevo subcampeonato, si anotaba, le daría la oportunidad a Corona de vestirse de héroe como del otro lado lo había hecho Muñoz, y Gerardo no falló, mandó un fogonazo a la derecha de Moisés que araño pero no pudo parar.

Ahora era Corona el que necesitaba el milagro, el que se mostraría como un guerrero espartano que se lanza a la batalla para derrotar a su enemigo, pero frente a él tendría a un hombre que había sufrido mucho, que había aguantado más, al que en Italia no lo dejaron jugar, al que en México sólo el ‘Piojo’ supo sacarle jugo, al que ahora es un pilar de su equipo y se vestirá de verde en Brasil, un hombre que calmado tomó la de gajos, la colocó en el manchón penal y la metió al poste derecho de José de Jesús Corona para decirle a todos lo que lo odiaron, a los que lo condenaron, a los que lo quemamos sin confiar en él, aquí estoy, y sí es mi culpa, la onceava y todo, #TodoEsCulpaDeLayún.

Y así, la noche que pintaba de azul se iluminó con 11 estrellas amarillas, con diez jugadores que contra todo lograron el milagro, con azulcremas que unos meses más tarde salvarían a México de quedarse fuera del mundial, así, con corazón y entrega, fue como Américasecó las lágrimas de un enemigo enorme y le dijo a la Liga MX, a su rival odiado Chivas, a un Toluca que aspira a la grandeza y al americanismo, aquí estamos y somos campeones.  

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