La humildad ganó el duelo de poderes
(Fotomontaje: Hazel Gardel - VAVEL México)

El Clásico Nacional, más allá de ser un partido de tres puntos, de orgullo o de antagonismo entre la capital del país y una de las provincias, es una lucha de poderes, donde el humilde siempre tratará de ganarle al poderoso y a su vez el poderoso querrá humillar al que es totalmente opuesto a él.

La tarde lluviosa que adornaba el Coloso de Santa Úrsula no fue impedimento para que la calzada de Tlalpan y los sistemas de transporte se vieran rebasados en su capacidad para transportar a miles de aficionados que arribaban al monstruo de concreto con la ilusión de salir con la frente en alto y el corazón revolucionado a todo lo que da.

No se respiraba un ambiente de tensión entre los asistentes, ni entre la seguridad que vigilaba con poco esmero el ingreso de los seguidores americanistas y los rojiblancos que pese a tener convocatoria considerable en el D.F esta no se hizo notar en las gradas siendo un aproximado de 7 azulcremas por cada aficionado de rayas.

El partido comenzó con un aire de superioridad por parte de los pupilos de Ignacio Ambríz que mostraba la fiereza de su juego aunque sin concretar en el marcador. Lo mismo sucedía en las tribunas que sin importar la ubicación miraban por encima del hombro al equipo caracterizado por jugar solo con jugadores nacionales y que su aspiración consta de permanecer en el máximo circuito.

El aliento del Coloso “Vamos América” viajaba en el aire y apabullaba a los intentos de arenga por parte de la visita que inútilmente agitaba por unos segundos para después permanecer inmóvil ante la demostración de soberbia por parte del Club América y su gente. La primer anotación del partido fue más una desatención de las Águilas que un acierto del rival, que sí, concretaba con lo poco que tenía.

Tal vez sería esa la imagen de todo el partido; “América dominante y la visita atacando como podía, pero con resultados”. En un inicio la importancia que se le dio al primer gol de los de rayas fue poca, pero con el segundo gol la gente comenzaba a desconcertarse ya no gritaba con tanta fuerza ni con tanta exasperación.

Los decibeles subieron de uno y otro lado ¡Había comenzado el clásico! Por un lado Matías Almeyda, fiel a su costumbre echaba el equipo atrás bajo la orden de: “Eh muchachos, vamos aguantar ahora todo lo que podamos, después vemos…”  y por el otro ´Nacho´ Ambríz manoteaba al aire como dibujándole a los de la cancha la fórmula secreta que daba como resultado el empate.

Rubens Sambueza ponía futbol y corazón, situación que pareció contagiar a Quintero que se mataba por la pelota en cada centímetro de la cancha y así conseguía un penal donde el encargado de ejecutarlo sería Osvaldo Martínez, que se perfilaba y por única vez renunciaba a su costumbre de tirar hacia el lado izquierdo del arquero, colocando el balón justo en el centro de la portería engañando totalmente al inexperto guardameta tapatío.

Un gol que la gente de América lo gritaba más como un empate pues de acuerdo a lo que la lógica dictamina el segundo caería casi como por inercia. El entretiempo fue partícipe de un acontecimiento extraño porque pese a estar en su puesto lista para emprender el espectacular vuelo, Celeste, el Águila real y mascota del Club América no realizó su entrada triunfal.

La segunda parte tuvo momentos de emoción, tensión y hasta se dio rienda suelta a la locura. El ingreso de Micky Arrollo fue un aliciente poderoso para el partido pero por desgracia nunca tuvo la profundidad que acostumbra brindar el ecuatoriano que con orgullo lleva el #11 en su espalda honrando a su amigo 'Chucho' Benítez que miraba el partido desde el palco de honor, allá junto a Roca, Ataúlfo, 'Panchito' Hernández y otros más que dieron gloria al club.

Los minutos se diluyeron y de un momento a otro ingresaba un jovencito de nombre Carlos Rosel que en su manera de trotar dirigiéndose al área que le asignó Ambriz, podía notarse las ganas y lo bien que le sentaban los colores azulcremas. No demoró mucho en mostrar sus cualidades; gambeta, velocidad, agilidad y astucia pero sobre todo unas ganas tremendas de llevar en el pecho los colores del América.

El juvenil tomó un protagonismo que tal vez no imaginó, pero el tipo parecía estar poseído por la mística y el temple de los americanistas de antaño. Pintaba en el aire amagues como los de Carlos Santos, se daba vuelta con gran velocidad como Alberto Daniel Brailovsky y que además estuvo cerca de provocar un penal que habría implicado el empate.

Lo que vino después sería solo un aditivo más del futbol. Un gol mal anulado y un marcaje notablemente favorable a la visita solo fueron condimentos para que, pese a sufrir la derrota el americanista saliera con la frente en alto de su casa. Porque de todas las formas de perder la menos humillante es con la que América se fue en este clásico.

Un equipo que no cesó en el ataque, porque los grandes así juegan siempre: ¡Al frente!. Porque los jugadores  Águilas aparecen en todo momento, no solo cuando las cosas marchan bien. No queda más que esperar la revancha y tener la certeza que América seguirá luchando por objetivos dignos de su altura, metas que ha venido logrando, y es que mientras los de Coapa pelean copas los de rayas pelean por no descender. Ahí la gran diferencia entre el humilde y el poderoso.

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