Carta rojinegra de Navidad
(Foto: Grupo Salinas)

Dejando de lado la pluma y la imparcialidad que impone el periodismo, hoy me envisto con mi jersey rojinegro, me siento y veo que mis hermanos hacen sus cartas al 'niño Dios', y notó en su mirada una sonrisa inexplicable, esa que sólo ellos pueden entender.

Sé que ya no estoy en edad de pedirle al 'niñito Dios', pero si pudiera, creo que sabría que pedir, y no me refiero a algo material, pues gracias a Dios no me falta nada, pero si tengo un hueco pendiente, como aficionado al fútbol, desde niño año tras año he visto más de 30 torneos del fútbol mexicano, con muchos campeones, lamentablemente ninguno el que yo siempre he querido.

En Guadalajara hay un dicho: "Los aficionados de Chivas se hacen por tradición, los de Atlas por convicción".

Yo escogí al Atlas, lo hice viendo en la televisión a un conjunto vestido de rojinegro (que por cierto, también me encantaba el uniforme), que tocaba con rapidez y solvencia el balón, le jugaban de tú a tú a cualquier rival, y de inmediato me sentí atraído.

Me ilusioné que podía ser campeón, cuando en los Cuartos de Final eliminaron al Toluca, pero en Semifinales nos goleó Necaxa, quien a la postre sería campeón. Al siguiente torneo los veía más seguido, incluso me enamoré más y lloré cuando nos quedamos a once pasos de la gloria.

Cuando me adentré más a conocer la historia de mi equipo, me di cuenta que esa crisis sin campeonar se remontaba desde 1951, y cada que alguna persona me lo recordaba, lo hacía en un tono burlón, el cual obviamente me hacía enojar.

En la primaria y secundaria tenía amigos, a la mayoría nos gustaba el fútbol, y cuando mencionaban a cual apoyaban, siempre había mayoría de Chivas, y el resto le iba al equipo que tenía poco de ser campeón, si acaso sólo uno o dos más compartía los colores como yo.

Los niños y adolescentes siempre buscan la manera de reírse de algo, y cuando el fútbol era tema, Atlas no podía faltar en su cartelera. Yo con pocos argumentos que discutir, siempre aludía que me gustaba la manera en que jugaban, así como la fidelidad de sus aficionados.

Ya más grande, empecé a ir más seguido al estadio, y eso me transformó más en un fiel, y cada que compraba jerseys me emocionaba aún más. Pero siempre quedaba esa espinita clavada de quedar eliminado y sin esperanzas de alzar el título.

Aún recuerdo a mis ídolos de la infancia, grandes clásicos ante las Chivas, y partidos memorables como en la Copa Libertadores, pero también sufrí en demasía durante años el tema del descenso, pues no sólo veía al borde del asiento los partidos del Atlas, sino también los de sus rivales.

Cada semana sacaba cuentas, hacía números y pronosticaba posibles resultados, tanto positiva como negativamente, el sufrimiento no me alejó, es más me hizo que me encariñara todavía más.

Luego vi la profunda crisis económica del equipo, y me preocupé, no sabía qué pasaría y rogaba por algún salvador, incluso busqué en Internet a posibles compradores, y fue cuando llegó Grupo Salinas y adquirió al equipo, aunque muchos no están de acuerdo, yo siempre les estaré agradecido, porque no sólo salvaron al equipo de no descender, lo salvaron de desaparecer.

Ya con dinero en mano, me volví a ilusionar, y tener fantasías de grandes fichajes y por fin ser campeón. Pasaron dos torneos y seguí esperando paciente, luego tres y cuatro, y mis ansias crecían. Ahora con el centenario en puerta espero y deseo verlos campeón.

Pues aunque hay un dicho que dice: "La Fiel no vive de copas, sino de la pasión que provocas", yo como la mayoría siempre he esperado ese momento glorioso en que vea al Atlas en lo más alto.

Y si muero y nunca logro mi cometido, sé que siempre habré vivido con pasión, orgullo y sobre todo con un sentimiento indescriptible, ese que sólo los atlistas sabemos sufrir y gozar.

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