Es complejo hablar del Puebla sin enojarse
Foto: VAVEL / Rodrigo Peña

Parecía cuestión de tiempo para que Puebla lograra su salvación después de la destitución de Ricardo Valiño. Con José Cardozo al mando, el plantel blanquiazul comenzaba a tomar nuevos aires y con resultados sorprendentes, como el empate en cancha de América y la victoria en Toluca, La Franja no dejaba duda alguna de su repunte. Ya solo se esperaba el momento en donde la matemática diera por concluido el drama del cociente.

Y todo regresó a la normalidad…

Y llegó el juego ante Tigres y todo volvió a la ‘normalidad’. De los últimos 15 puntos disputados, Puebla solo fue capaz de conseguir uno. Evidentemente, el repunte quedó atrás. Hoy son cuatro puntos los que separan a los Camoteros del último lugar de la tabla de cocientes y, jugando como están jugando, no sorprendería que en breve estos se redujeran a cero.

A estas alturas, ya hasta parecería necio intentar hacer un análisis puntual de lo que pasa en la cancha cada que el Puebla sale a jugar. La triste realidad apunta a que los jugadores (salvo muy contadas excepciones) no tienen el talento, ni la intención, para revertir la situación. El director técnico, a palabras propias, no deja rastro en los juegos de lo que pretende exponer en los entrenamientos. El director deportivo, no se aparece en cámara desde aquella memorable frase “no traje refuerzos, traje complementos”. Y la directiva, a regañadientes, ya hasta está pidiendo disculpas a través de spots, para que la gente acuda a ver el juego ante Cruz Azul, aludiendo a la ‘trascendencia’ que tiene el apoyo de la afición.

¿Falta algo que agregar?

Puebla, sea cual sea su desenlace, ha vuelto a las andadas del pasado. El espejismo del Apertura 2015, ahora sí, quedó completamente diluido. De ese entonces para acá, Puebla perdió nombre, escudo, colores originales y hasta aficionados. Sin embargo, volvió a la mediocridad. Volvió al fútbol inexistente. Volvió a la pedacería de pantalón corto… y también a la de pantalón largo. Y volvió al placer de los chismes extracancha, a falta de sucesos en cancha que logren resaltar más.

El domingo 16  de abril, en punto de las 18 horas, los dos equipos de más mal agüero en el país saltarán a la cancha del Estadio Cuauhtémoc en busca de tres puntos que, por diferentes circunstancias, son vitales para sus respectivas causas. A ver si no pasa una tragedia…

Imposible invitar a la gente a ver un espectáculo tan lastimoso como el que Puebla da cada que salta a un rectángulo verde. Mejor, advertir que una derrota del Puebla, por más dolorosa que sea, no vale el coraje y el daño a la salud mental. Al final, en Puebla todo está podrido, más allá del resultado del domingo.

Si Puebla se va o se queda, poco cambiará. Mientras no haya talento en la cancha, porque no hay talento en el banquillo, porque no hay talento en la dirección deportiva y porque no hay talento directivo, estaremos atenidos a un bandazo ocasional como ese con Pablo Marini o como ese otro con Sánchez Solá.

Eso sí: si da la casualidad de que Puebla se salva, agradezcamos una vez más a nuestra bella Liga MX. Esa única liga de arrastre popular en donde solo desciende uno… y a veces, ni siquiera el más malo.

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