La Contracrónica: como el ave Fénix
(Foto: Fernando Montañez)

El juego comenzó mal, un golpe, una caída, pero la fuerza y la voluntad estaban latentes. Antes de terminar el primer tiempo, el marcador ya se había igualado.

Las esperanzas aumentaban, las ilusiones crecían y el nervio no cesaba, los Rayos estaban dando un gran juego frente a Monterrey. Conforme pasaban los minutos, el cuadro, ahora sí vestido en rojiblanco, se hacía cada vez más fuerte: el olor a gol se insinuaba.

De un momento a otro, bastó un parpadeo, un fugaz suspiro, pasó uno de esos accidentes que, en el fútbol, representan el golpe más duro para cualquier individuo. Un descuido, una desatención, pero ese centro no llevaba nada, con un poco más de serenidad, Fernando Arce pudo haber dejado pasar el balón: esa era la sensación del auditorio. De pronto, el olor a gol se fermentó, ahora sabía a sal, a tristeza, a angustia, el buen juego y el dominio, ahora sabían a un vacío existencial, ¿qué pasó?, ¡que alguien lo explique!

Nada podía dejar de lado el buen juego de Necaxa, nadie podía desatenderse y olvidarse de la gran participación de varios jugadores del actual plantel, ese plantel que cada torneo sufre cambios radicales, plantel que cada torneo es golpeado, pero que se vuelve a levantar de las cenizas. Incluso, Arce no tuvo un mal partido.

Retomando esa reinvención, era momento de que Necaxa despertara. Pese a estar debajo en el marcador y a que solamente quedaban pocos minutos, era momento de hacer validar ese ímpetu inicial. Lluvia de centros, forcejeos, disparos lejanos, lo que sea, pero la afición quería sacar ese grito de gol que tenía en la garganta, ese grito de gol que devolvería la sonrisa al rostro y le quitaría lo amargo al momento.

Última jugada, varios necaxistas en el área, todos dispuestos a responder a un centro colmado de esperanzas y de ilusiones; una serie de rebotes y el balón que caía en los pies de Rodrigo Noya, un jugador inhabitual en estos asuntos, que tenía que definir con el pie y cruzado, pero que no titubeó, remató y convirtió esto en un hervidero de emociones, de gritos, de alegrías, de olvidos. 

Empate agónico que deja más alegrías que dudas o cuestionamientos, empate que sabe a gloria, empate que a más de alguno les hizo preguntarse, al menos durante el juego: ¿Qué es lo que tiene este equipo? Todo es muy simple, todo se resume al poder y a la fuerza que existe dentro del ADN necaxista. 

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