La contracrónica: el regalo prometido
(Foto: Imago 7)

La noche había caído en los linderos de la conmemoración de un nacimiento, de un aniversario y de un momento de encanto. El banquete estaba listo sobre la mesa, faltaban algunos comensales y mínimos detalles, pero pese al temporal, todo se estaba iluminando.

Caricias infundadas sobre un balón aparecían constantemente, las ideas escaseaban y los yerros eran la bandera del equipo, incluso recibieron un golpe que les dejó la armadura oxidada, un golpe que desmayó ese ímpetu y esa promesa que le habían otorgado a la afición.

Céfiros otoñales se asomaban por todos lados, un frío que no era parte del festejo, tampoco del ambiente, sino un frío interno al ver que, en plena noche de gala, la tristeza parecía llegar a opacar los buenos momentos.

Movimientos desesperados se ensuciaban desde el banco de indicaciones, aunados a unos gritos que se silenciaban y morían entre un cobertor bucal. La única fuerza, el único apoyo, lo recibían de unas fuentes que aún no aprendían a encender, de un aliento de impulso que los acompañaba desde un televisor, aunque reduciendo la emotividad a solo dos dimensiones.  

Esperando cambios y mejorías, la solución se obtuvo con las fichas jugadas desde un principio, no hubo motivación más importante que el tener presente la fecha de juego. Sí, el próximo viernes ya no tenía cupo, era este día, solo este día.

La fuerza para cubrir ese balón fue notoria, el obsequiar un pase a la llegada del compañero iluminó los ojos de los que aún almacenaban un anhelo. El homenaje seguía. Un beso colocado en el fondo de las redes, ese roce que enamora con la profundidad de su encanto, provocó sensaciones de alegría y de efusión por segunda semana consecutiva. Un guardián no solo sirve para detener el ataque o para vigilarlo, también puede llegar a dañar lo suficiente al rival.  

Y es así que llegaron dos regalos para todos aquellos que aún creen en el club, dos regalos que promueven los suspiros y la tranquilidad, al menos una semana más. Porque Necaxa no se podía olvidar de sus aficionados en pleno festejo; no los podía olvidar, al menos no por hoy.

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