La contracrónica: paridad agridulce
(Foto: Getty)

La afición volvió a gritar de alegría. Un número de voces envueltas en encanto recordó, durante algunos minutos, lo que es saborear el dulzor del triunfo parcial.

Más allá de las circunstancias, lo único que se necesitaba era volver al camino del éxito, cobijados con la soberbia de uno de los dueños del mediocampo.

Controlados por la docilidad del rival, los minutos se escurrían entre las manos de la miseria, escondidos por el miedo de afrontar la realidad, escondidos en la incredulidad y en la desconfianza.

Tras una primera etapa favorable, con más desatinos que elementos rescatables, un regaño en el vestidor se quedó mudo, se ahogó entre la inoperancia y entre la pereza con la que saltarían al complemento.

Y así fue, a pesar de que la milicia era superior, la pólvora aún no encendía. Más allá del gran acierto del primer tiempo, la inferioridad parecía estar abrazada a los rojiblancos, parecía no haber ideas.

El rival los consumió, en gran parte por las malas decisiones tomadas desde el cuartel, en gran parte a las malas decisiones de tantas disyuntivas confusas y aún sin resolver. La gente que veía los sucesos no lograba explicarlos, no, desde ninguna perspectiva.

Otra vez puntos perdidos, otra vez un vaivén en el campo, nuevamente se encontraron con que las ideas no se generaron desde la claridad que ameritaba, y terminaron por ceder una ventaja. Esta vez no se perdió, pero tampoco se convenció.

Las batallas se ganan atacando, pero a veces olvidamos que el armamento está en lo más recóndito de nuestras soluciones.    

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