La contracrónica: arrollados
(Foto: Imago 7)

Parado en las vías del tren, pensando en problemas personales, en problemas recientes, sin ideas claras de tu futuro, sin ideas claras sobre las nociones del tiempo. 

Mil minutos, dos años, una eternidad... ¡qué más da! El tiempo se convierte en una relatividad que no podemos ni percibir ni observar, pero que vaya que nos lastima. 

Menos de tres minutos pasaron para que tu exhausta persona fuera arrollada, menos de tres minutos fueron suficientes para que aquel conductor se percatara de que te tenía enfrente e intentara frenarse, porque sí, todo parece indicar que intentaron frenarse. 

El acelerador reclamaba presión, el acelerador emanaba dolor desde varios puntos del vehículo. Desde atrás para adelante, el control siempre fue de ellos, sí, solo de de ellos; pero, aun así, favoreciendo a las circunstancias, nunca se pisó el acelerador a fondo. 

Fue poco el escarmiento recibido, incluso degradado por las oportunas participaciones del guardameta y VAR; sin embargo, el daño existió, y el deseo por liberarse de él, simplemente no llegaba. 

Se veían ganas de correr, de alejarse del martirio, pero hoy esas ganas no te certifican ningún documento, si no convierten al gol como el abajo firmante. 

Las salidas se agotaban, los minutos transcurrían. Un Necaxa que se moría sin intentar algo diferente, deambulaba como un suicida a quien la vida ya no le importaba. 

Poco antes del deceso final, a lo lejos, se escuchaba la voz de un jovencito de dieciséis años, un joven con gran actitud de venir a rescatar al inerme cuerpo postrado en las fauces del tren. Llegó tarde. 

El futuro puede ser prometedor para Bryan y para el personal que llegó para apoyar. Necesitan planeación, necesitan mejores ideas; pero, sobre todo, hoy en día necesitarán sanar, ya que, lamentablemente, una Máquina terminó por arrollarlos y los dejó sin pies ni cabeza. 

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