SS. Conte Verde, rumbo al Mundial
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Diario de a bordo

Amanece una mañana apacible, clara, la larga travesía a la que nos hemos enfrentado una vez más desde que partimos del puerto de Génova el pasado 21 de junio me hace sentir nuevamente orgulloso de mi tripulación. Esa tripulación que permite que este navío italiano de la Compañía “Lloyd Sabauto“, sea superior al de otras empresas debido al confort y la calidad de sus servicios.

Aunque son muchos los años que llevo cubriendo esta travesía desde que zarpara por primera vez del histórico y bello puerto de Génova allá por el año 1923, aún sigo emocionándome cuando con mi viejo telescopio diviso la bella silueta de tres damas sudamericanas: Río, Buenos Aires y Montevideo

Tres puertos y un continente que una vez más me recibe tras una larga travesía que en esta ocasión ha estado acompañada por vientos favorables y en la que en referencia al tiempo no ha acontecido ningún hecho reseñable.

Aunque Neptuno y Eolo nos han tendido una alfombra roja hasta Montevideo, he de reconocer que para mí este no ha sido un viaje más, puesto que tengo la sensación de que esta travesía perdurará en el tiempo, más aún al repasar mis conversaciones con un distinguido tripulante: el señor Jules Rimet.

He de reconocer que este caballero francés me ha dejado huella, y eso que a bordo del Conte Verde han viajado insignes personajes. De entre ellos destacaría especialmente a Carlos Gardel, que en 1928, acompañado por los guitarristas Barbieri y Aguilar, me pidió que detuviera la marcha de las máquinas e invitara a todos los pasajeros y a la tripulación a rendir un silencioso homenaje de pesar a Ricardo Güiraldes, (el guitarrista que le hizo cantar) cuyos restos mortales regresaban de París a enterrarse en Buenos Aires. Un genio como cantante y como persona, un tipo fascinante este Gardel. Al igual que el Sr. Rimet, el caballero que ha organizado ese curioso torneo que se disputará en Montevideo, que despierta gran curiosidad en mí y me tiene realmente expectante. Expectante porque desde que zarpamos de Génova me fueron sorprendiendo las historias que rodean a estos futbolistas.

En el puerto italiano embarcó el equipo nacional rumano, una expedición comandada por el mismísimo Rey Carol II de Rumanía, que es el entrenador y que según me han contado, han podido viajar porque tras una gestión personal del Rey con la petrolera inglesa en la que trabajan, ha permitido que le concedan tres meses de permiso. Algo debe tener este deporte cuando hasta reyes se involucran tanto en el tema.

En nuestra siguiente parada en el puerto de Villefranche-sur-Mer, situado en la Costa Azul, al sur de Niza, embarcó la expedición francesa con el Sr. Jules Rimet al frente. A su brazo su bella hija y en su equipaje la no menos bella estatuilla de oro macizo, valorada en $40.000, encargada al escultor francés Albert Lafleur. Una Diosa Alada que según me ha contado ha pagado de su bolsillo y que simbolizaba la victoria.

Un hombre dotado de una vasta cultura y una conversación amena este Rimet, que me habla maravillas de este deporte, al que se siente entregado. En mis conversaciones con él le relaté la anécdota de Gardel y aun reconociendo su admiración por el “Zorzal Criollo” me sigue insistiendo en que el SS. Conte Verde será recordado más por este viaje que por aquella inolvidable anécdota que viví con el genial cantante.

Y es que, pese a que le he preguntado en más de una ocasión por las significativas ausencias de selecciones europeas como Inglaterra, Italia o España, sigue firme en su convencimiento de que está a punto de hacer historia. Para él pesó más lo costoso y largo de la travesía pocos meses después del derrumbe bursátil de Wall Street y la obstinada resistencia de la FA a sumarse a un proyecto imparable, que el propio hecho futbolístico de afrontar una competición Mundial. Un Mundial a disputar en un lejano país que con sus exhibiciones en Colombes y Ámsterdam se ha situado geográficamente en el planeta.

Curioso este deporte y estos futbolistas que viajan con un equipaje lleno de botas de cuero hasta los tobillos, que cada día lustran con grasa antes de entrenar en la cubierta. Ese puente y esa cubierta de la que se han quejado pero que, hablando de barcos, para mí es lo mejor de Europa. En este barco tienen un gimnasio, es posible pasear, practicar deportes y hacer otras actividades y diversiones. Incluso en la tercera clase -aquella de los inmigrantes- se viaja en camarote y se dispone de agua corriente.

Pintorescos personajes sobre los que de no conocer de antemano su vinculación al deporte los podría haber confundido con alguno de nuestros fornidos carboneros o algún estibador del muelle. Tipos fuertes, algo por otra parte lógico, puesto que para tener el coraje suficiente como para pegarle con la cabeza al pétreo balón de cuero con el que juegan, dotado de una aparatosa costura exterior, hay que tenerlos muy bien puestos. O como mucho y tal y como me reveló el jugador francés Luciente Laurent, tener el suficiente ingenio como para jugar con una boina rellena con papel de periódico o cartón. Buen tipo este Laurent, listo donde los haya y al que le deseo mucha suerte.

En cualquier caso, retomando la cronología de este viaje, he de recordar que en nuestro siguiente destino (Barcelona) embarcó la expedición belga con un tal Jean Langenus al frente. Según las palabras de Rimet, Langenus es uno de los tres referees (los otros son Henri Christopher, y Thomas Galway) que viajan, que se sumarán a los once que esperan en Uruguay y serán encargados de hacer cumplir las reglas inglesas a los futbolistas. Otro tipo peculiar este Lagenas, culto, elegante, políglota y periodista, con el que he mantenido alguna que otra conversación interesante y al que he observado entrenar con un curioso uniforme: chaqueta, corbata oscura, camisa blanca, pantalones bombachos, zapatos que le llegan a los talones y medias negras que cubren la valenciana del pantalón, todo ello rematado con una gorrita muy peculiar.

En posteriores escalas de nuestra travesía atracamos en Lisboa, Madeira, Canarias, coincidiendo con el paso de la línea ecuatorial celebramos los festejos tradicionales, en los que tomó parte el mismo Jules Ritme y su bella hija. Otro momento para seguir departiendo amigablemente con el Sr. Rimet, que me confesó que estaba a punto de ver cumplido su sueño, un sueño por el que había luchado firmemente y jamás podría llevar a cabo si la Asociación Uruguaya de Fútbol no se hubiera comprometido a correr con todos los gastos, tanto de la travesía como del alojamiento de todos los participantes. Una garantía que sumada al hecho del reparto de los posibles beneficios, más el compromiso de las pérdidas, en caso de déficit, que asumiría Uruguay, han hecho viable un evento de la enorme trascendencia histórica y deportiva de un Mundial.

Por ello Rimet se sentía muy ilusionado y me repetía de forma incesante que el Conte Verde pasaría a la historia por ser el barco encargado de llevar a bordo la estatuilla de “Alas doradas” que custodiaba con tanto interés. No le importaba el hecho de que fueran solo cuatro selecciones del Viejo Continente (tres a bordo de nuestro barco y la otra, Yugoslavia, a bordo del Florida) para él lo importante era la puesta en marcha de un sueño, su sueño.

En el último tramo de nuestro viaje, el 29 de junio, atracamos en Río de Janeiro, donde embarcó la selección brasileña con su estrella, Joao Preguinho, al frente. De ahí hasta este momento, en el que la emoción vuelve a traicionarme al sentir la calurosa acogida del Río de la Plata, del puerto de Montevideo y de sus gentes, que en esta ocasión se muestran expectantes y ansiosas por conocer a esa expedición del Viejo Continente encabezada por Jules Rimet y su “Victoire aux Ailes d’Or”. Los dos motivos principales por los que tengo la sensación de que esta no será una singladura más, de que estas líneas en mi 'Diario de a bordo' atestiguarán un hecho histórico para el deporte y para la humilde historia del SS Conte Verde y su capitán, el que suscribe y firma este conglomerado de experiencias y emociones…

Firmado: Amedeo Pinceti, comandante del transatlántico SS Conte Verde, 1930

Nota histórica

El SS Conte Verde fue construido en 1923, en abril de aquel año una nueva embarcación zarpó de los astilleros de William Beardmore & Co en Dalmuir, cerca de Glasgow, con destino a la historia. "Artesanos y artistas italianos fueron contratados y traídos expresamente desde Florencia para llevar a cabo la decoración de los salones de primera clase". "La pared de la escalera principal llevaba una enorme pintura de Cavalieri, la biblioteca te trasladaba al estilo de la Toscana renacentista, con vitrales y pinturas en el techo; y las otras habitaciones públicas estaban igualmente adornadas, con riqueza y detalles artísticos de todo el mundo, recordando el viejo tiempo de esplendor de los palacios renacentistas italianos".

Portaba el apodo de Amadeo VI de Saboya, fallecido en 1383, para quien el color verde era portador de buena suerte, por lo que en su honor fue nombrado como SS Conte Verde. Perteneció a la flota de navíos italianos de “Lloyd Sabauto“, una Compañía que tenía su base en Génova. Cubrió la travesía Génova-Buenos Aires, un navío que debido al confort y la calidad de sus servicios le convertía en superior a los de otras empresas. Más abierto sobre el mar, en él era posible pasear, practicar deportes y hacer otras actividades y diversiones. Incluso en la tercera clase -aquella de los inmigrantes- se viajaba en camarote y se disponía de agua corriente.

Posteriormente fue guardado en el puerto de Shangai, China, y en 1942 fue alquilado a Japón. En 1943, tras de la caída de Mussolini, el personal Italiano saboteó la nave y después la reacondicionaron los japoneses y la rebautizaron con el nombre “Kotobuki Maru”. Un barco que vivió su última aventura en 1944, cuando fue destruido y hundido por la aviación Norte Americana.

Foto1: wikimedia.org

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