Fantasía rumana de verano
Hagi fue el líder de la mejor generación del fútbol rumano. (Foto: FourFourTwo).

18 de junio de 1994. Estadio Rose Bowl de Los Ángeles. Gica Hagi recoge un balón en banda izquierda, levanta la cabeza y dibuja lo que parece va a ser un pase hacia Florin Raducioiu, que irrumpe en el área. Pero Gica desafía a la lógica y la pelota sale disparada, sin efecto, casi recta, sorprendiendo a Óscar Córdoba y colándose por la escuadra.

Así continuaba la exhibición iniciada apenas 30 minutos antes por el líder de una selección que se convirtió en gran protagonista en los campos estadounidenses aquel verano. Rumanía había llegado a la fase final del Mundial 94 gracias a un gol agónico de Raducioiu en Cardiff y ahora debía afrontar un duro grupo en el camino hacia los octavos de final. Colombia, la selección de moda por entonces, constituía el primer escollo, pero Suiza y la anfitriona Estados Unidos aparecían en el horizonte como dos peligrosas rivales.

Anghel Iordanescu era el técnico que dirigía a aquella inolvidable selección. En los escasos 10 años que llevaba como entrenador aparecía ya un considerable borrón: la humillación sufrida por su Steaua en la final de la Copa de Europa de 1989 ante el Milan de Sacchi. En USA 94 planteó un 1-5-2-2-1 que buscaba por encima de todo aprovechar la grandísima capacidad ofensiva de sus atacantes. Para ello la idea fundamental se basaba en esperar atrás con mucha gente y salir a la contra para que Hagi, Dumitrescu y Raducioiu aprovechasen los espacios. Para el ataque estático, en cambio, no se adivinaban más soluciones tácticas que las incursiones de su lateral derecho Petrescu. El resto quedaba a cargo de la inspiración del trío de arriba, muy especialmente de lo que inventase el pequeño 10.

Foto: Allthepies.

En la portería partió como titular Bogdan Stelea. Guardameta de una gran envergadura, se cayó del once por decisión técnica en el tercer partido, quizás por los goles encajados ante Suiza, aunque poca culpa se le puede atribuir. Le reemplazó Florin Prunea, que jugaría desde entonces todos los minutos y que se mostró un tanto inseguro, hasta el punto de que su actuación tuvo gran relevancia –en lo negativo- en los cuartos de final contra Suecia.

Aquella Rumanía posicionaba a dos marcadores más un líbero en la retaguardia, siendo Miodrag Belodedici el hombre que se situaba en el centro del entramado. Belodedici mostraba una gran elegancia en sus movimientos, aunque su 1,85 también imponía respeto. Pese a su papel de hombre libre eran muy pocas las ocasiones en que se incorporaba el mediocampo y prácticamente venía a comportarse como un central más. Le flanqueaban Daniel Prodan y Gheorghe Mihali, perro de presa insaciable el primero y correcto central el segundo, aunque ninguno de ellos de primerísimo nivel.

Más interesantes en lo táctico resultaban los laterales. Dan Petrescu tenía entonces 27 años y se había perdido el mundial de Italia por lesión. En esta selección tenía un peso importante en el apartado ofensivo, sus oportunas apariciones por banda derecha solían desestabilizar al rival, algo frecuente en sus años posteriores vistiendo la camiseta del Chelsea. Defensivamente tampoco ofrecía grandes lagunas, algo no muy habitual en este tipo de carrileros. Mientras en la izquierda se situaba Dorinel Munteanu, con más aptitudes para desenvolverse en mediocampo que en el lateral. Futbolista tremendamente trabajador, no destacaba en cambio por sus irrupciones en ataque. Su función nunca consistía en profundizar sino que como mucho acudía a ofrecer una línea de pase a sus compañeros para que descargasen ante la presión rival. Pero lo más importante que aportaba Munteanu a su selección era el apoyo a sus compañeros en cuestiones defensivas. Centrales y mediocentros se beneficiaban de manera especial de su trabajo en la sombra, no es casualidad que jugase casi todos los minutos en esta fase final.

Precisamente los mediocentros se constituían como piezas clave en el esquema de Iordanescu. Ioan Lupescu destacaba por su colocación, la sencillez de su toque en corto y su rapidez a la hora de soltar la pelota. Le faltaba quizás un poco de personalidad a la hora de tirar del equipo cuando Hagi no tenía el día y probablemente era ese su peor defecto, el esconderse más de la cuenta. Pero hacía buena pareja con Gica Popescu, jugador mucho más potente físicamente, todoterreno muy necesario en una selección con poco músculo. Popescu se mostraba peligroso en los remates a balón parado pero también cumplía como destructor en mediocampo, los rivales a menudo salían perdiendo cuando chocaban contra él. La amalgama de estilos resultante de su interacción con Lupescu pintaba interesante, el equilibrio que aportaban compensaba en cierta medida la anarquía táctica en que caía el equipo en ciertos momentos.

Pero donde realmente brillaba la mejor Rumanía de la historia era de tres cuartos de campo para arriba. Un Gica Hagi en su mejor momento de forma volvía loco a cualquier adversario, su zurda tan fina como poderosa y su visión de juego bastaban para reventar un partido en cualquier momento a través del ingenio, la creatividad y la fantasía. En el apartado ofensivo podía sacar el recurso más inesperado. Naturalmente le faltaba continuidad y, sobre todo, físico. El calor del verano norteamericano le pasaba factura en los segundos tiempos pero tanto sus quiebros como sus pases o sus disparos pertenecían a otra galaxia. Un elegido, sin lugar a dudas. Gica gozaba de plena libertad para moverse de mediocampo hacia arriba y buscar asociaciones con Dumitrescu, Radu o Petrescu en alguna incorporación.

Mientras, Ilie Dumitrescu solía partir de banda izquierda, le gustaba especialmente conducir la bola a través de diagonales hacia el centro bien para buscar desmarques de sus compañeros o bien para perfilarse hacia portería e intentar disparar con su pierna buena, la derecha. Futbolista con mucho gol, se reveló como pieza clave en este mundial.

Aunque si hablamos de goleador, el goleador por excelencia no era otro que Florin Raducioiu. Técnicamente bastante limitado, poseía en cambio alma de matador. Concederle medio metro en las inmediaciones del área traía casi siempre como consecuencia encajar un gol. Cierto que no tenía mucho más pero impresionaba la contundencia de sus remates con pierna derecha, en este mundial su efectividad solo se podía calificar con un sobresaliente.

Colectivamente no se puede decir, en cambio, que Rumanía fuese brillante. Defendían casi siempre por amontonamiento, lo que con frecuencia metía sus partidos en una locura muy atractiva para el espectador. Errores flagrantes en la zaga se combinaban con contragolpes espectaculares, lo que podía producir resultados extremos para bien o para mal. Las genialidades de Hagi junto con el potencial ofensivo de Dumitrescu y Radu hacían el resto. En general la anarquía era la principal característica de esta selección, que también sabía explotar las jugadas a balón parado.

No se puede obviar que en la fase de grupos Rumanía vivió instalada en una verdadera montaña rusa. A una puesta en escena brillante contra Colombia basada en un segurísimo Stelea y unos estelares Hagi y Radu le siguió un inesperado varapalo (1-4) contra Suiza mostrando en su zaga todos los problemas que no se habían evidenciado en el estreno. Después vino una victoria corta pero suficiente ante la anfitriona en un partido espeso resuelto con una aparición de Petrescu.

Y llegó el gran día, octavos de final, tocaba enfrentar a una Argentina sacudida por el positivo de Maradona. Sin lugar a dudas este es el partido que quedó grabado en la historia del fútbol rumano. Con la baja de Radu por sanción, pasó Dumitrescu a la punta y entró en el once Tibor Selymes, jugador de carácter guerrero para la banda izquierda. Bajo un sol de justicia el resultado fue una primera parte demencial, con el balón corriendo a velocidad de vértigo de un área a la otra pero, eso sí, con Rumanía siempre por delante en el marcador. Al descanso 2-1 y en la retina de los espectadores el segundo gol, una obra de arte de Hagi con sublime definición de Dumitrescu. Los primeros 5 minutos del vídeo dejan claro el hábitat natural de esta selección. En la segunda parte ya bajó el ritmo pero en otra contra, de nuevo la sociedad Dumitrescu-Hagi golpeaba a una maltrecha Albiceleste. Un gol de Balbo a 15 minutos del final no fue suficiente para alcanzar la prórroga. Rumanía se metía con brillantez en cuartos, donde esperaba la rocosa Suecia.

Para este partido Iordanescu apostó por un cambio de piezas. Retiró a Mihali, pasó a Popescu a zona de centrales e incorporó a Munteanu al mediocampo, manteniendo a Selymes en la banda izquierda como titular. No salió bien, el equipo sobaba el balón pero no encontraba las meteóricas transiciones de otras tardes. Por encima Munteanu caía con frecuencia hacia la derecha frenando en seco las posibles incursiones de Petrescu, resultando los ataques estáticos muy previsibles. Y en un encuentro con pocas ocasiones los suecos supieron aprovechar los nervios de Prunea, que prácticamente regaló a Andersson el gol que llevaba a los penaltis. Allí tampoco tuvo su día el guardameta, cediendo todas las medallas a Thomas Ravelli, que condujo a Suecia hacia las semifinales. De nada sirvió el afortunado doblete de Radu, que cazó dos rechaces y los colocó en el marco sueco.

El paso de los años ha otorgado mucho valor a lo conseguido por esta selección, hoy parece una utopía que los rumanos puedan siquiera acercarse a semejantes logros. De hecho no juegan una fase final de un Mundial desde el 98. Pero quizá sea cuestión de tiempo, el fútbol del este de Europa de vez en cuando regala capítulos como la fantasía de verano que nos ofreció la Rumanía de Gica Hagi.

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