La sombra se hace cada vez más grande
Eduardo Berizzo en Old Trafford | Fuente: BeIN Sports

Tras los malos resultados y peores sensaciones obtenidas en los últimos encuentros, la continuidad de Óscar García se ha visto enormemente cuestionada. Además, para acabar de poner la guinda en el pastel, en las últimas semanas han salido ciertas noticias sobre el vestuario y su relación con jugadores como Hugo Mallo que aumenta más, si cabe, el nerviosismo de la grada.

Es por eso, unido a la distorsión cada vez más evidente de la idea de juego y de club, provocan que se busque un recambio que de oxígeno y renueve el ambiente. Ese cambio podría estar en la figura de Marcelino. El técnico cántabro ha sido relacionado con el conjunto celeste en las últimas semanas y parece interesado en entrenar en Vigo, si bien hay aspectos que le alejan del banquillo olívico. Dudas sobre flecos económicos y deportivos que se añaden a un calendario apretado que da una última oportunidad, quizás indiferente, para Óscar.

¿Es Marcelino lo que necesita el Celta?

Si analizamos el juego la respuesta es clara. No. Marcelino propone un estilo similar al de Fran Escribá (4-4-2) y que rompe por completo con la filosofía de juego de control, posesión y ataque eléctrico que practica el Celta en la última década. O por lo menos practicaba. Se podría entender este movimiento como una manera de romper completamente con lo establecido, buscando una idea nueva y, posiblemente, adaptar la formación a los jugadores que se tienen en nómina.

Por otro lado, si lo que juzgamos es la implicación física y el despliegue, así como la solidez defensiva, sí. Es un entrenador que está muy encima de sus jugadores. A veces, incluso demasiado, como comentó Jeison Murillo acerca de la alimentación en un evento con Rafinha la temporada pasada. Parece razonable pensar que este vestuario necesita que estén encima de ellos para que rindan mejor, o eso deben pensar en las altas esferas.

Eduardo Berizzo: una sombra convertida en monstruo

Pero no nos engañemos, ni nosotros, ni ellos. Todo este camino tortuoso comenzó en mayo de 2017. En un partido contra la Real Sociedad se acabó de fraguar una de las peores decisiones de la etapa reciente de la historia del Celta. Y, desde entonces la sombra de Eduardo Berizzo es cada vez más grande.

Desde la marcha del argentino se han sucedido entrenadores de todo tipo de estilos y personalidad: Unzue, Mohamed, Cardoso, Escribá y Óscar. Todos ellos con mayor o menor conocimiento sobre fútbol y sobre la Liga, pero con un déficit claro: ninguno inspiraba la confianza ni el corazón que proponía Berizzo.

Cuando se firmó al exjugador celeste se realizó una apuesta como en el resto de ocasiones, solo que esta salió, provocó la mejor época de la historia moderna y, en vez de darle continuidad, se cortó por unas heridas que ahora parecen cicatrizadas.

Estos días ha habido alguna que otra información que señalaba la predisposición de Eduardo a volver y la intención de la dirección de que se pudiese dar. Aunque primero habría que solventar su relación laboral con la selección paraguaya.

Esta noticia, aunque solo sea un acercamiento, provoca una inyección de optimismo, de creencia, de ilusión en una grada que está siendo maltratada por las idas y venidas y las malas sensaciones que desprende el Celta en sus últimos años.

Y es que nadie ha conseguido que los jugadores crean como lo hizo en las campañas que entrenó al Celta. La gran diferencia es que el Celta, su Celta, nuestro Celta, salía al campo con la idea de ganar, fuera quien fuera el rival. Y, aunque después no lo consiguieran, no existía duda razonable de que lo habían intentado.

El problema actual es que la afición sufre porque no queda un ápice de eso. Cuando comienza el partido se sabe que se va a sufrir y no hay indicios que permitan pensar lo contrario. Encuentro tras encuentro crece la incerteza y genera más y más desesperación. Tal es el problema en estos dos últimos años que, en ciertas personas, un parón de selecciones significa que pueden estar tranquilos porque su Celta, al no jugar, no puede perder. Es triste.

Por otro lado, está un vestuario que cada vez se hace más pequeño, en número y en galones. Los jefes del vestuario, la columna y los jugadores de equipo se han ido a cuentagotas. Los Cabrales, Tucus o Wass que no solo jugaban, sino que cohesionaban el vestuario ya no están. En su lugar quedar jugadores que se han contagiado de los malos resultados y que cada vez son más pequeños. O lo que es peor, otros se han perdido para batalla.

Y mientras, en Vigo, crece y crece la sombra. La sombra de un hombre que no se tuvo que ir y que se está convirtiendo en un monstruo. Un monstruo que viene a ver a cada entrenador que se sienta en el banquillo celeste. Su banquillo.

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