Heroínas y villanos del dopaje ruso de Estado
Antorcha olímpica en Sochi // Fuente: Olympics

Eran las cuatro de la tarde de un nublado 19 de julio en Moscú, cuando la antorcha olímpica ardió en el Gran Estadio de Lenin. Aquel verano de 1980, la Unión Soviética acogió el mayor acontecimiento deportivo del mundo, los Juegos Olímpicos. Envueltos en mitad de la Guerra Fría, la capital de la URSS fue testigo de un boicot hacia sus Juegos, debido a la entrada de tanques soviéticos en Afganistán, siete meses antes del comienzo de los mismos. 

Pero el tiempo pasó, la Unión Soviética cayó, y Rusia debió esperar hasta 2014 para volver a disfrutar de unos Juegos Olímpicos. La elegida fue Sochi, y el escándalo volvería. Pero esta vez no vendría causado por conflictos bélicos, geopolítica u otros motivos diplomáticos. Vladimir Putin, presidente de la Federación de Rusia, no podría jamás pensar que el escándalo más duradero en la historia del dopaje, empezaría a destaparse en su propio territorio

Entre bronces, platas y oros, el equipo ruso obtuvo 15 medallas en Vancouver. Cuatro años después, en Sochi, terminaron con 33 metales en su medallero. Casi cuatriplicando el número de oros, Rusia sorprendió a todo el mundo al acabar líder en número de preseas, contra todos los pronósticos.  

Los primeros indicios de dopaje no tardaron en llegar. Diez meses después de la ceremonia de clausura, en diciembre de 2014, llegaron las primeras acusaciones. Lo hicieron de la mano de la cadena de televisión alemana ARD, tras la emisión del documental ‘’Seppelt - Geheimsache Doping: Wie Russland seine Sieger macht (El secreto del dopaje: cómo Rusia crea sus campeones)’’.  

En la investigación alemana se pone el foco sobre Vitaly Stepanov, ex funcionario de la RUSADA (Agencia Antidopaje Rusa), y su esposa, Yulia, una corredora rusa de 800 metros suspendida por doparse. El matrimonio testifica que los oficiales rusos suministraron sustancias dopantes y falsificaron los informes de los corredores, por el precio de un 5% de sus ganancias.  

Debido al documental, la WADA (Agencia Mundial Antidopaje) inició una ardua investigación acerca del escándalo del dopaje en el atletismo ruso. Tras meses de estudios, en noviembre del 2015 se hicieron públicas las conclusiones en una rueda de prensa celebrada en Ginebra, que tuvo a la cabeza al canadiense Dick Pound. Como resultado, la organización internacional instó a la IAAF (Federación Internacional de Atletismo) a suspender al equipo ruso de toda competición organizada por ellos. Dicha prohibición sigue vigente hoy en día, haciendo que los corredores rusos compitan bajo bandera neutral y sin himno.  

Este fue el primer paso en contra de la trama rusa, pero, sin duda alguna, el atletismo no era el único beneficiado, y Sochi lo demostraba. Pasaron los meses hasta mayo de 2016, en el que uno de los máximos responsables del escándalo habló en exclusiva para The New York Times. Este confesor era Grigory Rodchenkov

El químico moscovita tuvo su primer contacto con estas sustancias cuando era un atleta de 22 años en la Universidad Estatal de Moscú. Poco a poco fue ascendiendo hasta convertirse en 2005 en el director del centro antidopaje de la capital. Fue destituido por el Ejecutivo de Putin en 2015, convirtiéndose en confidente para la WADA. 

Declaró que había desarrollado y distribuido sustancias para mejorar el rendimiento de los deportistas rusos en numerosas disciplinas, para después cambiar las pruebas, como parte de un programa estatal de dopaje. Este procedimiento se dio en los Juegos Olímpicos de Sochi y en otras competiciones internacionales. Rodchenkov acusaba al Ministerio de Deportes, y a la FSB (sucesora de la KGB), además aseguraba que el mismísimo Vladimir Putin estaba al tanto de la trama.  

La WADA encargó al abogado Richard McLaren elaborar una nueva investigación sobre los botes de orina entregados entre 2011 y 2015. El llamado Informe McLaren dictaminaba el uso por parte de las autoridades rusas del Disappearing Positive Methodology. Este sistema afectaba a quince medallistas de Sochi. Se demostró también que los botes habían sido arañados, por lo que sus sellos se habían cambiado, y se había sustituido la orina verdadera por orina ‘limpia’.  

El COI comenzó a revisar, tras las declaraciones del exdirector y el nuevo informe de la WADA, muestras de los Juegos de 2008 y 2012, tomando la decisión de prohibir a decenas de deportistas poder competir en los Juegos Olímpicos de Río.  

Tras la prohibición, primero de la IAAF, y después del COI, apareció la primera defensora de los atletas rusos que con legitimidad practicaban sus deportes, Yelena Isinbayeva. La saltadora con pértiga, oro olímpico en Atenas y Pekín, rogó a la IAAF hacer una excepción con ella, al estar limpia de toda sustancia dopante.  

"Después del nacimiento de mi hijo los Juegos de Río aún tenían sentido. He sacrificado un tiempo que podía haber estado con mi hijo. Y ahora este sueño me lo han arrebatado", declaró la rusa, tras saber que el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) le daba la razón a la IAAF. Isinbayeva anunció su retirada del deporte profesional antes de Río 2016, entre decepción y arrogancia viendo como todos sus esfuerzos habían sido en vano. "La que gane el oro en Río en mi ausencia, será igual que si quedara segunda", declaró. 

A Río acudió una visiblemente mermada delegación rusa, debido al veto de numerosos deportistas que habían dado positivo en los controles antidopaje. El COI se negaba a vetar por completo a la delegación de los Juegos Olímpicos, pero no le tembló el pulso en los Paralímpicos. Entre los equipos expulsados se encontraban el de halterofilia y el de atletismo, debido a la prohibición de la IAAF. Aunque, a diferencia de Isinbayeva, una corredora consiguió participar. Esta fue Darya Klishina, gracias a haberse establecido en el extranjero.  

Pasó el tiempo, y el COI debía tomar una decisión acerca de qué hacer con el equipo olímpico ruso para los Juegos de Invierno de 2018 en Pyeongchang. En 2017, las posibilidades de que el Comité prohibiera a Rusia participar en los Juegos eran altamente elevadas.  

Ante la injusticia que esto supondría para los atletas que no habían violado el cumplimiento de las reglas, se erigió la segunda portavoz de los legítimos deportistas rusos, Evgenia Medvedeva.  

La doble campeona mundial de patinaje viajó a Lausana junto con Alexandr Zhúkov y Vitali Smirnov, con la intención de que sus palabras, lejos de la diplomacia rusa y cercanas a la situación real de los deportistas, convencieran al COI. Ella fue la primera en hablar en una reunión celebrada el martes 5 de diciembre, sólo dos meses antes de los Juegos.  

La decisión del Comité Olímpico Internacional fue la de expulsar a Rusia de los Juegos, pero no por completo. Gracias a la acción de presidente del COR y de la patinadora, los deportistas ‘limpios’ podrían competir bajo bandera neutral y las siglas OAR (Atletas Olímpicos de Rusia). Los equipos tenían prohibido portar ningún elemento patriótico, pero al público no se le prohibiría mostrar banderas de Rusia, por ejemplo.  

Tras regresar de Corea, Vladimir Putin organizó una recepción para sus atletas en el Kremlin, incluso estando en contra de la decisión, sintiéndose humillado por ver a sus deportistas compitiendo sin bandera ni himno. En aquel acto sólo hablaron dos personas, el presidente y Medvedeva, ya que la cabeza del Estado ruso quiso así dar a la joven su merecido homenaje por luchar por los derechos de sus compañeros.  

La FIFA no puso, sin embargo, ninguna pega al país euroasiático, permitiendo la celebración el Mundial de fútbol sin sanción alguna. Este mundial estaba organizado por Vitaly Mutkó, exministro de deportes, y uno de los principales señalados por Rodchenkov.  

En septiembre de 2018 se reestablece la agencia antidopaje rusa, bajo una sola condición impuesta por la WADA, que Rusia entregue los datos y muestras almacenados en Moscú que pudieran implicar a más atletas. El Ejecutivo no cumple los plazos, pero los acaba entregando un mes después, en enero del 2019.  

Gracias a que el equipo olímpico estaba recompuesto, y a la aparente vuelta a la normalidad del deporte ruso, el COR comenzó a mirar hacia Tokio 2020. La primera maniobra para asegurarse su lugar, y, de paso, seguir honrando a la artífice de ello, se nombró embajadora de Rusia en los Juegos Olímpicos a Evgenia Medvedeva.  

‘’No sois conscientes de los esfuerzos diplomáticos que Evgenia ha realizado. Para nosotros, es completamente razonable la decisión de elegirla como nuestra embajadora en Tokio, su rol principal será apoyar y acompañar al equipo’’, explicó en rueda de prensa el presidente del Comité Ruso, Stanislav Pozdnyakov.  

Aquel mismo día de agosto, el COI se hizo eco de la noticia, entrevistándose con la patinadora, teniendo la oportunidad de recordar a los deportistas legítimos, y pudiendo también hablar de sus metas de cara a la siguiente temporada, como la preparación de saltos cuádruples.  

Pero lo que en verano parecía ser inamovible, como los amores estivales, en septiembre se deshizo. Ocho meses después de la entrega de datos, la Agencia Mundial Antidopaje encuentra evidencias de alteraciones en las muestras, con diversos positivos encubiertos y mensajes intentando culpar a Rodchenkov. 

El químico ahora es un testigo protegido por los Estados Unidos, tras la repentina muerte de dos de sus antiguos compañeros. ‘’Rodchenkov debería ser ejecutado por sus mentiras. Stalin lo hubiera hecho’’, llegó a decir Leonid Tyagachev, presidente honorario del Comité Olímpico Ruso. 

Y con estos precedentes, el escándalo llegó hasta diciembre de 2019. La WADA prohibió a Rusia participar en los Juegos Olímpicos de Tokio, así como en cualquier otro tipo de eventos deportivos internacionales. A finales del mismo mes, la RUSADA recurrió al fallo, con lo que el conflicto se trasladó al TAS. El 1 de mayo se hizo pública la investigación de la Agencia Mundial Antidopaje. De entre las pruebas de 298 atletas, 145 se podrían haber visto alteradas, y 57 de ellas son casos sospechosos.  

Por lo tanto, el escándalo ruso termina así, de momento. Durante los próximos cuatro años, solamente podrán participar en competiciones mundiales aquellos atletas que, como Medvedeva o en su día Isinbayeva, estén ‘limpios’. Y, mientras tanto, el Kremlin hace oídos sordos a las injusticias que deben vivir estos atletas. Quién sabe si este no es el último asalto de la justicia en el deporte, contra la injusticia del dopaje de Estado ruso.  

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