Vuelta al 2016. GP de Malasia: "¡Oh, no, no!"
Foto: Sutton

Aquella era la carrera en la que todo tenía que cambiar. 2016 estaba siendo, hasta el momento, un año extraño para Hamilton: combinando actuaciones estelares que dejaban en ridículo al resto de la parrilla con momentos en los que el inglés hacía dudar de su concentración o su compromiso. Grandes carreras como Canadá o Gran Bretaña que se vieron salteadas con fallos en las salidas, choques con su compañero de equipo o la crisis de Baku.

Y, sobre todo, con un Nico Rosberg que estaba aprovechando hasta el más mínimo resquicio que dejaba el inglés, y se situaba en una primera plaza del campeonato que parecía no querer dejar escapar. Con el final del campeonato ya atisbándose en el horizonte, Hamilton sabía que en Malasia no podía dejar escapar ni un punto más. La tormenta Rosberg ya amenazaba con ser imparable. Si los errores humanos y mecánicos continuaban… Hamilton no quería ni pensar en ello.

Sin embargo, en lo que parecía ser el momento más oscuro para el inglés, los nubarrones se disiparon y un rayo de sol le enseñó el camino: un incidente en la salida, entre Sebastian Vettel y Max Verstappen provocaba el trompo de Rosberg y su caída hasta la última posición. De golpe y plumazo, sin tener que preocuparse más por su rival, Lewis Hamilton vio como la lucha por la victoria se le despejaba, y supo que, tras aquella carrera, recortaría un buen puñado de puntos al alemán. Las tornas girarían entonces, y Lewis podría volver a estar en la zona de ataque, a tan solo unos puntos de Rosberg. 

Foto: Sutton
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El inglés ya podía oler la sangre de su enemigo, que intentaba como podía remontar en medio de un pelotón correoso. Rosberg adelantaba a todo el que se ponía en su camino, pero su compañero de equipo volaba en primera posición. Tenía todo el sentido del mundo: Hamilton había sido mucho más rápido que él a lo largo de todo el fin de semana, y Nico, piloto inteligente y siempre con una calculadora en la mano, sabía que tendría que conformarse con un segundo puesto si nada pasaba. Pero en ese momento, sus planes se habían estropeado, y la ventaja que parecía que le iba a sacar su compañero en aquella carrera eran más de los que él podía permitirse ceder. Con Hamilton en un momentum excelente y los Red Bull más rápidos que se habían visto desde Mónaco, Rosberg estaba en crisis. 

Foto: Sutton
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Pero Malasia fue una carrera de ida y vuelta. Como un partido de tenis, Hamilton y Rosberg intercambiaron bolas de partido. Si al principio era Lewis el que tenía la partida en su mano, en la vuelta 40 todo cambió. Lewis rodaba rápido, mientras Rosberg era incapaz de alcanzar a los Red Bull. Estos, peleaban por una segunda plaza -que a la postre sería por la victoria-, entreteniéndose en intentos de adelantamientos, ofreciendo un espectáculo magnífico para el público, pero dejando, entretanto, al Mercedes de Hamilton solo en cabeza.

Lewis iba hasta entonces esquivando doblados sin mayor problema, pero encontró, en ese momento, un escollo: un coche rebelde, que ignoraba al veloz Mercedes que lo perseguía. Al cruzar la línea de meta, en el paso de la vuelta 40 a la 41, Lewis mandó un recado a Charlie Whiting a través de la radio del equipo: “Charlie, escúchame: ¡banderas azules!”. Lewis, esperando que aquel mensaje le permitiese rodar más rápido, se dio pronto cuenta de que algo no funcionaba: en la parte de atrás de su coche, algo dejó de propulsarle hacia delante. El inglés escuchó una implosión y un ronquido sordo tras su espalda, y notó cómo su coche perdía velocidad. El motor se había roto. “¡Oh, no, no!”, clamó, desesperado, por la radio, aún encendida tras su último mensaje. 

Mientras el coche avanzaba por la inercia hacia la curva 1, Hamilton no se podía creer lo que le acababa de pasar. Se echaba las manos al casco, que hervía por el calor malayo y por la ira que desprendía el inglés. Su ingeniero le recomendó parar y bajar, y él, como un autómata, dejó el coche aparcado en la hierba y salió.

“¡J***r! ¡J***r! ¡J***r!”. Hamilton gritaba, mientras veía, de pie sobre la escapatoria, cómo los Red Bull pasaban, volando hacia una victoria que, hasta unos metros antes, era suya. 

Foto: Sutton
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Después de la implosión, llegaría la explosión: casi mientras Ricciardo y Verstappen celebraban su doblete -y Rosberg el haber salido con vida de aquella carrera-, unas declaraciones de Hamilton levantaban ampollas en Mercedes. “Parece que alguien no quiere que gane el campeonato”. Los defensores del inglés argüían que el piloto, muy espiritual, se refería a una especie de ente superior que no tenia en sus designios que ganase su cuarto mundial aquel año. Sea como fuere, las declaraciones sentaron mal en el seno del equipo, que tuvo que asegurar que vigilarían más los motores del británico.

Foto: Sutton
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En cualquier caso, 2016 trajo un nuevo episodio de victorias que casi fueron, pero que el destino, la casualidad, la suerte o la desgracia convirtieron en derrotas dolorosas. Esta de Hamilton se convirtió, probablemente, en el clavo más grande de su ataúd en el campeonato. 25 puntos asegurados que después echaría mucho de menos, y que acabarían dando el título de campeón del mundo a Nico Rosberg.

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