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La contracrónica: amor y dolor en San Nicolás
(Foto: VAVEL México)

La contracrónica: amor y dolor en San Nicolás

Ir a apoyar al Necaxa en una cancha tan complicada como la de Tigres es un acto que podría catalogarse como un acto de sufrimiento voluntario. En esta ocasión, el haber sido minoría jugó a favor de los valientes que se presentaron en la tribuna, con nada a favor y todo en contra, y es que, ser de Necaxa es, por principio, navegar contracorriente. 

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Daniel Rojas

Monterrey, Nuevo León: una ciudad en donde la vida –hasta el detalle más pequeño– se vive con una intensidad tal, que incluso un aspecto tan, a simple vista, superficial como la preferencia sobre un equipo de futbol, define la manera de ver el mundo y, por supuesto, la manera en cómo el mundo lo ve a uno.

Como el Yin y el Yang, como las representaciones del Bien y del Mal, Monterrey existe en una dualidad amarilla y azul, azul y blanca, que da lugar a muy pocas cosmovisiones que tengan otros matices; sin embargo, éstas existen: en una ciudad partida a la mitad entre dos equipos, ser del Necaxa es un acto de valentía en la exacta dimensión del concepto.

Esa valentía se manifestó esta noche en la esquina más alejada de la cancha, en la parte más alta de la tribuna del Estadio Universitario de la UANL. Necaxa, como un concepto impredecible, con la magia de un fenómeno inexplicable, se hizo presente en uno de los escenarios más volcados con su equipo local, en uno de los estadios con mayor apoyo de la afición y, desde luego, menor presencia de simpatizantes de la parcialidad visitante. Si ser del Necaxa en una ciudad como Monterrey, es un acto de valentía, ir a apoyarlo al estadio de los Tigres es un acto de fe con aspiraciones de martirio.

Y esto no es para menos: cabe recordar que, hace diez años, estos dos equipos se jugaron el descenso a todo o nada, es decir, en la última jornada. Mientras la mitad de la población regiomontana se presentó en el Universitario para rogarle a los dioses del estadio una victoria o un empate ante el Morelia, a novecientos kilómetros, en el Estadio Azteca, la división más fiel y más sufrida de la afición rojiblanca fue testigo del primer sacrificio ritual del que fue víctima el Club Necaxa, al descender al cabo de los últimos noventa minutos del Torneo Clausura 2009, después de ser derrotados por el Club América.

Un equipo murió esa noche para permitir que el otro naciera. El vertiginoso crecimiento futbolístico que Tigres tuvo a partir del siguiente año es prueba tangible de esa alegoría futbolística, pero, mitos aparte, es una verdad contundente que, tanto en el borde del abismo, como en la cima del mundo, la afición de los Tigres de la Autónoma ha sido un buen ejemplo.

Sin embargo, en esta ocasión, la fe y la valentía se revelaron hasta el punto de equipararse con el aliento de los regiomontanos, pues, no se pueden dejar de lado, por supuesto que no, a esa suerte de cruzados del nuevo milenio que son los aficionados peregrinos del Necaxa, esos modernos caballeros andantes que juraron fidelidad eterna al rojo y al blanco, que prometieron nunca abandonar al ‘Rayo’ y acompañarlo en cada cancha, en cada estadio, en cada división, en la que se presentara, no importando que fuera la cancha de los Tigres, así que, naturalmente, estuvieron presentes allí, junto con los intermitentes destellos rojizos que se pudieron ver en el resto de las localidades del estadio.

Como un ritual alquímico, en donde la combinación de diversos elementos da pie a la conformación de algo superior, la conjunción entre la afición felina, imponente, dominante los 90 minutos, la necaxista regiomontana –minoría entre las minorías–, y aquellos que cruzaron medio México para intentar vencer a los momios, crearon el escenario ideal para cualquier partido de futbol: las dos aficiones, alentando a rabiar hasta el silbatazo final, lo demás es lo de menos.

La épica del futbol que García Candáu escribió, bien podría aspirar a algo como lo que se vio en San Nicolás de los Garza esta noche: los polos opuestos se atraen, los extremos se unen; la inmensa mayoría amarilla y los microscópicos rojiblancos, dos espectáculos dignos de verse por sí mismos, en el mismo tiempo y espacio, encarnando la esencia de los sentimientos que el futbol produce. Por un lado, el cariño correspondido a manos llenas, y, por el otro, la lealtad sin fin a pesar de los tragos amargos, a pesar de un viaje en autobús de 24 horas, ida y vuelta, a pesar del desprecio y la burla del rival, a pesar de la humillante derrota y, sobre todo, a pesar del amor ingrato que resulta de irle al Necaxa, porque, sí, ser de un equipo es amor, pero también dolor, y, en este caso, los necaxistas se duelen, se duelen mucho.

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