97 aniversario del Club Necaxa
(Imagen: VAVEL)

Once latidos, once suspiros… once almas dispersas por un rectángulo carente aún de trofeos, de triunfos, de glorias o del verde de la vida, pero abrazado de ilusiones, de esperanza y de las aguas que le daban nombre a este ávido proyecto, se adentraban a un mundo de fulgor resplandeciente, en el que la luz les había llegado desde antes de su creación. 

En la alforja de los años, estas once almas en comunión emanaban comprensión y entendimiento, desprendían hallazgos de una unión que los transformaría en hermanos.

Forjados entre algunos trazos rojiblancos, lograron sorprender al espectador que los buscaba, lograron sorprender al periodista que los engalanaba con adjetivos pretenciosos, pero dignos de portarse. La osadía fue reconocida, hacía pasar desagradables momentos a todos aquellos que marchaban detrás, cual potro desbocado buscando algunas migas de ese honor.

Llegado el primer marco pintado de verde, como un relámpago ansiando callar con gritos al entorno, fueron conquistando el cielo con cada una de las estrellas que los acompañaban. Las vitrinas comenzaban a tener un uso apropiado, mientras las gradas comenzaban a poblarse, era momento de aplaudir y de gritar el nombre de este portento de equipo, con la ayuda del superlativo que mejor les acomodaba: campeonísimo.

¡Llora el cielo del fracaso! No todo ha sido luz ni primavera; las flores se marchitan y el cielo se nubla, pero la esperanza busca el sol del nuevo día. Un sol que se consigue tras el ascenso de glorias pasadas, un sol que se retoma luego de desapariciones poco fortuitas.

Las segundas partes también son buenas, sobre todo cuando el sol toca dominios internacionales y nos proveen de dulces décadas. Con la ayuda de un maestro, de un divo, y hasta de cabezas de oro, se retomaron glorias olvidadas en el frío de un desamparado camino. A gran parte de la afición le recordaron que aún tenían gritos resguardados en la garganta, y a otro sector de la multitud, le dieron valor para emprender un viaje junto a ellos.

El chasquido de un relámpago los impulsó hasta la cima, allá donde reposa la silueta femenina de la victoria, allá donde un murmullo se transforma en gritos de gol y en donde el viento que sopla se transforma en fuentes bailarinas, que arroparán a cada astro que aterrice en el club, pues sea quien sea, venga de donde venga, ahí aprenderá a brillar de nuevo.

Y no, no es que se viva del pasado, tampoco que se viva del recuerdo, pero sí se sobrevive gracias a esas glorias impresas en el escudo, en el club y en el grito de guerra que le otorgaron a toda la afición…: hoy es día de fiesta, hoy es día de gritar 97 veces ese legado del ‘Fuerza, Rayos’.   

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