Tourmalet 1991: el bautismo de 'Miguelón'
Foto: RTVE.

Pensar en Miguel Indurain, es pensar en el gigante amable. El líder que dominaba sin aspavientos, sin atacar, sin levantarse del sillín. La locomotora que hacía diferencias abismales en las contrarrelojes, y gestionaba con una suficiencia casi insultante en la alta montaña, sin necesidad de pasar al ataque.

Pero el mito que hizo el repóquer de Tours en la primera mitad de la década de los noventa, inició su singladura hacia el amarillo de una forma que pocas veces ha repetido: al ataque. En la Grande Boucle del 91, Indurain se aprovechó del cierto desconocimiento que había sobre él dentro del pelotón (ni siquiera era el jefe de filas de un Banesto que lideraba Pedro Delgado), para pegar un hachazo a la carrera atacando en la bajada del Tourmalet, aprovechándose de que el tío del mazo visitó a su líder, Perico, en la subida y del desconcierto de los otros primeros espadas, Lemond, Bugno, Conti, Chiappucci y el maillot amarillo Leblanc.

El primero de sus cinco Tours lo ganó pasando al ataque

Por aquel entonces, Miguel todavía no era Miguelón. Sin embargo, ya había demostrado ser algo más que un buen gregario. Con capacidad para ganar alguna etapa contra el crono, pero con incógnitas sobre su respuesta en la alta montaña. El chico había rendido muy bien en el Tour del año anterior, acabando séptimo en la general. Pero con 26 años, y a pesar de esas buenas credenciales, parecía realmente complicado que alguien pudiera presagiar el extraordinario futuro que le aguardaba. Y más cuando en el propio año 91, un joven Melchor Mauri le batió en la Vuelta a España, en la que Indurain acabó segundo, dando material a sus críticos para que volvieran a dudar de sus capacidades en carreras de tres semanas.

Echavarri apostó por el caballo ganador

Banesto llegaba al Tour del 91 con un Perico Delgado, ganador en el 88, dispuesto a presentar batalla tras haber claudicado ante Greg Lemond los dos años anteriores y con un Indurain en una nueva reválida. Los rivales además del americano eran un Gianni Bugno que ya era una realidad, un Claudio Chiappucci con ganas de dar guerra en la montaña y un Laurent Fignon que quería demostrar que tenía cuerda para rato.

La carrera llegaba abierta. A pesar de que Indurain había ganado la primera contrarreloj en Alençon, se encontraba a bastantes minutos de la primera plaza. Los Banesto no habían estado a la altura en varias etapas llanas y Lemond aprovechó para dar la primera dentellada a la carrera. Pero el Tour hay que comerlo poco a poco. Bocado a bocado. A pesar de las diferencias, los corredores llegaron a la etapa reina de los Pirineos sabedores de que todavía había que picar mucha piedra para conseguir la gloria.

232 kilómetros de los que hacen afición. Todos los ingredientes para una gran batalla que partía desde Jaca. Cinco colosos por el camino: Portalet, Aubisque, Tourmalet, Aspin y final en alto en Val Louron. Tras varios escarceos iniciales, fue en el Tourmalet donde se rompió la carrera. Delgado se quedó vacío en la subida. Esta vez, Echavarri no ordenó a Indurain que se quedase a tirar de él. Quizá el director ya supiera que Miguel iba súper ese día.

En la cima del Tourmalet, Indurain agitó el manzano

Llegando a la cima del coloso pirenaico sucedió: mientras todos se preparaban para tomarse un respiro, Indurain decidió agitar el manzano. El de Villaba percibió que Lemond no tenía el día y se lanzó a tumba abierta por la sinuosa bajada. Sin volver la vista atrás. Bugno, Chiappucci, Conti y Lemond se miraban unos a otros. “Ve tú. Mejor que vaya él. No, yo no voy”. Unos por otros y la casa sin barrer. Mientras tanto, el navarro bajaba disparado, con el coche de Banesto con problemas para seguirle. Una curva tras otra, a bloque. Metiendo plato. Por detrás no se ponían de acuerdo y las diferencias aumentaban. Miguel volaba hacia el amarillo. Miguel quería ser 'Miguelón'.

Llegando abajo la escabechina era palpable. Casi un minuto de ventaja sobre el grupo de los favoritos y unas sensaciones de poderío evidente. Chiappucci fue el siguiente en percibir la debilidad del jefe Lemond y lanzó un poderoso demarraje tras el avituallamiento. El Diablo se iba a por Indurain. En el grupo, nuevamente surgieron las dudas. Unos porque no podían, como Lemond o Leblanc y otros por falta de reacción, como en el caso de Bugno, pero el caso es que nadie saltó al ataque del escalador italiano. Todavía quedaban Aspin y Val Louron.

Indecisiones por detrás

Indurain iba sin cadena, pero todavía quedaban 50 kilómetros. La gran mayoría de subida. Por ello, Echavarri paró al navarro. Chiappucci estaba llegando y podía ser un buen compañero de viaje si se encontraba el entendimiento. Y se encontró. Miguel y Claudio subieron Aspin y Val Louron de la manita, colaborando, tirando el uno del otro. Para el de Banesto era la posibilidad de ponerse de amarillo en el Tour por primera vez. Para el de Carrera, la posibilidad de ganar la etapa reina y de soñar con seguir escalando posiciones en la general. Intereses comunes. La simbiosis estaba cantada.

Foto: Ciclismo a fondo.

Por detrás, Fignon había logrado contactar con el grupo de los elegidos y se puso a tirar para intentar que su líder y el de la carrera, Leblanc, no perdiese el maillot amarillo ese día. Fue imposible, todos iban con las orejas tiesas. El propio capo de la carrera, Greg Lemond, campeón en las dos ediciones anteriores y en la del 86, claudicó cuando el tío del mazo le visitó en las rampas del Aspin. Tan justo iba el americano que acabó por los suelos cuando el coche del Gatorade le adelantó.

Indurain y Chiappucci volaban en armonía

La caída se produjo cuando Lemond trataba de sacar las fuerzas que le quedaban en perseguir a Bugno, que había atacado con todo su alma. Fignon y Mottet se fueron con el italiano en busca de reducir las diferencias con la pareja puntera, que en la cima del Aspin superaba los dos minutos.

El amarillo, a su manera

Por delante Chiappucci tiraba la mayor parte del tiempo. El pacto era un hecho. Pero cuando entraba Indurain, era para reventar el asfalto. Relevos muy potentes y continuados. Los dos buscaban algo. Fue en esta situación en la que se pudo ver lo que sería Indurain en el futuro. Inteligente y generoso.

Sabedor de que las carreras de tres semanas no terminan en una etapa, Indurain siempre cedió las victorias parciales en busca de mayor tranquilidad a la hora de alzarse con las globales. “Tú ganas hoy y mañana no me atacas a mí”. Es esos pactos, en esas guerras de guerrillas, Miguelón siempre se movió como pez en el agua en la diplomacia ciclista. Aquel día, después de vaciarse en la bajada del Tourmalet, supo aprovecharse del esfuerzo de Chiappucci para ganar el amarillo en la cima de Val Louron.

Bugno venía desatado por detrás. Con la rabia de no haber seguido a Chiappucci unos cuantos kilómetros antes, el corredor de Gatorade había soltado de rueda a sus acompañantes Fignon y Mottet. Subía muy fuerte el que iba a ser campeón del mundo ese año. Pero ya era tarde. El Diablo ganaba la etapa con un Indurain a rueda con el puño en alto. Había salido de Jaca a 4:44 del líder Leblanc y a más de dos minutos de Lemond. En Val Louron le metió más de diez minutos al francés y 7:18 al americano. Primer amarillo y pistoletazo de salida a un lustro de gloria.

Poco habitual pero no inédito

En aquel primer Tour no se volvió a ver a un Indurain tan ofensivo. De hecho, muy pocas veces más se pudo ver a Miguelón al ataque. Cuando la carrera llegó a los Alpes, Chiappucci lo intentó hasta la saciedad. En Alpe D’Huez, el Diablo atacó al navarro sin descanso. Pero el corredor de Banesto mostró por primera vez al mundo la facilidad con la que salía a los demarrajes del italiano. Sin levantarse del sillín, controlando todo a su alrededor. Majestuoso. Además, tuvo tiempo de imponerse en la crono de Macon, antes de ganar su primer Tour.

En el resto de su reinado hubo mucho de esto último. Contrarrelojes es las que aplastaba a sus rivales, como la de Luxemburgo al año siguiente. El pajarón de Sestriere era historia y Miguelón recuperó el tiempo perdido endosándole tres minutos al segundo, Armand de las Cuevas. Bugno entró a 3:41. Más de cuatro le metió a Zulle y a Lemond, mientras que Chiappucci se dejó 5:26. Gianni, que había sacrificado el Giro para saltar el Tour, lo dejó claro: “No se puede ganar a un extraterrestre”.

Aquella etapa le dio el primero de sus 60 maillots amarillos

Pero también hubo ocasiones en las que se vio un Indurain ofensivo. Nunca con ataques secos, porque van contra su naturaleza. Pero sí a ritmo. A bloque, como en la exhibición de La Plagne en el 95. O en Hautacam, en el 94 (el mismo lugar donde dos años después Riijs acabó con su reinado). Miguelón protagonizó una colosal exhibición, destrozando a Rominger y a todos sus rivales. El navarro marcó un ritmo infernal en vistas de que el suizo daba muestras de debilidad y buscando alcanzar a Pantani que marchaba por delante. Una tras otra las manzanas empezaron a caer del árbol y solo Leblanc aguantó su rueda para acabar ganando la etapa sin dar un solo relevo.

Un lustro repleto de batallas, exhibiciones y grandes victorias. Pero con pocos ataques. Siempre se decía que Indurain ganaba tiempo en las cronos para gestionarlo después. Aquella etapa pirenaica del 91 y el descenso del Tourmalet pareció una metáfora de su carrera. Al ataque, lanzado, con el desarrollo al máximo, moviéndolo con todas sus fuerzas. Hacia la victoria. Un Indurain, aquel, al que el paso del tiempo le hizo irreconocible. Un Indurain que solo corría hacia un sueño. “Quien quiera que me siga”, fue lo que pensó cuando le tiró en caída libre tras coronar la cima más mítica de la Grande Boucle. El primer paso para convertirse en capo, en dominador de la carrera más importante del mundo durante cinco años, en leyenda. El paso para convertirse en Miguelón.

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