Eskerrik asko, Aita
El antiguo San Mamés. | Foto. LaLiga

Eskerrik asko, Aita

El sentimiento por los colores de un equipo de fútbol se transmite de generación en generación. Un servidor aprovecha este espacio para, en un día como hoy, agradecer a quien a le inculcó el amor por el rojo y blanco del Athletic Club.

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Asier Cosgaya

La identidad, y gran parte de los elementos con los que generamos un intenso vínculo emocional, nacen en lo más profundo de nuestra infancia. La familia, los primeros amigos, la cultura de nuestra tierra… y, desde hace ya varias décadas: nuestro equipo del alma. En mi caso, el Athletic Club.

El fútbol, en muchas ocasiones, tiene un lugar privilegiado en el paisaje cultural de las vidas de muchos de nosotros. Las banderas rojiblancas en los balcones, la camiseta como regalo recurrente en los primeros cumpleaños, los últimos resultados como protagonistas de las conversaciones de los adultos, el partido en la televisión (o, para los afortunados, en San Mamés)…

En definitiva, para muchos, el Athletic ha estado presente en nuestro imaginario desde los  más tempranos recuerdos. Y todavía más en Bizkaia, donde los colores rojiblancos son poco menos que una religión.

Así, como quien escucha las épicas leyendas de antiguas batallas, el relato de los hitos de nuestro equipo también viaja de generación en generación. Desde las primeras delanteras históricas a aquellos maravillosos años 80. ¿Quién no ha sentido nostalgia oyendo historias de jugadores, partidos, Ligas o Copas que ni siquiera llegó a vivir?

Zarra, Pichichi, Iribar, Clemente, Dani, Julen Guerrero… Los nombres de los jugadores sirven como icono de cada época. Y sus trayectorias, convertidas en mito, pasan a formar parte de ese relato que estructura la historia del club.

Con los años, ese niño al que se rodea de símbolos acaba viendo surgir un sentimiento de identificación con esos colores, muy distintos a todos los demás. Y, entonces, pasa a sentirse partícipe de esa leyenda. Algunos elegidos, incluso, podrán tener la suerte de ser los que salten al campo en San Mamés.

Aquellas conversaciones que mantenían los adultos empiezan a ser las que mantiene él con su cuadrilla, aquellas hazañas míticas que escuchaba a sus mayores empiezan a ser las que él ha vivido y, sobre todo, aquel orgullo que sentía en las palabras de éstos empieza a ser el que él siente.

Para nuestro Athletic, las glorias pasadas no son comparables a las actuales. El mundo ha cambiado y nuestro papel en él también lo ha hecho. Lo que no ha variado un ápice es nuestro orgullo y nuestra pasión. El orgullo, tanto heredado como comprendido en nuestra resistencia frente al resto del mundo, y la pasión por ello.

Sin embargo, y por suerte, el paso del tiempo también tiene aspectos positivos. Y es que la evolución de la sociedad no ha pasado de largo por el club rojiblanco. Adaptándose al momento, la institución social que es el Athletic ha sabido abrirse y avanzar. El ejemplo más determinante es, sin duda, el del papel de la mujer, cada vez más protagonista tanto en la grada como en el césped.

Llegados a este punto, sentimos al Athletic como algo propio, inherente a nosotros mismos e inseparable de nuestra identidad. Y esto, por supuesto, es gracias a todas esas personas que han sabido transmitir e inculcarnos este sentimiento.

En mi caso, esa persona ha sido mi Aita. La semana pasada cumplió años, hoy celebra el día del padre y yo le agradezco que, además de muchas otras cosas, me regalase la suerte de sentir al Athletic. Y espero que, por muchos años, siga siendo nexo de unión entre nosotros, para mi familia y para otra tanta gente a la que quiero.

Eskerrik asko, Aita.

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