Hartos del Clásico

Real Madrid y Barcelona siempre han protagonizado el duelo más importante del fútbol español. No es de extrañar: son, con diferencia, los dos equipos más poderosos, laureados y seguidos del país. Pero en los últimos años la trascendencia mediática de este enfrentamiento ha alcanzado cotas difícilmente soportables para alguien que no siga a alguno de esos dos clubes… o incluso para muchos madridistas y culés.

Hartos del Clásico
Barça-Real Madrid. A estas alturas, es difícil tomárselo en serio

El pueblo estadounidense es objeto de muchas críticas, algunas merecidas, por los motivos más variados. Pero si hay algo que se le puede elogiar es su simplicidad. Que lejos de ser algo negativo, tiene sus ventajas: el sistema funciona con una considerable reducción de esfuerzo mental. Para los yanquis, en prácticamente todos los aspectos de la vida, la elección se limita a dos bandos. Blancos o negros, republicanos o demócratas, Coca Cola o Pepsi, A o B. No hay más allá.

España, ese país tan antiamericano de boquilla, a la hora de la verdad no duda en plagiar el modelo gringo en cuanto tiene oportunidad. No es sólo que tengamos las calles llenas de hamburgueserías y que en nuestras emisoras musicales no dejen de sonar o bien los cantantes originales en inglés o bien, por la cosa del idioma, nuestros imitadores de calidad, digamos, discreta. No, la cosa va más allá. Estamos en pleno proceso de copia del modelo dual con el que ellos se encuentran tan cómodos, aunque no pegue ni con cola con nuestro desorden tradicional.

Y no lo hemos hecho en cosas secundarias, no señor. Si copiamos, copiamos a lo grande. En política el bipartidismo es evidente y particularmente doloroso, aunque no es esta la sección de Vavel indicada para debatir la incompetencia de nuestros dirigentes; para eso pásense por aquí. El otro nivel, el otro gran asunto trascendente para la nación, el otro tema que es capaz de echar a millones de personas a la calle, es el fútbol, que por supuesto no iba a ser menos.

Dividir para unificar

La receta es sencillísima. Cójase a los dos equipos punteros del país y elíjase uno, que pasará a ser “el bueno”, el que según el orden natural establecido tiene que ganar sí o sí, el que aglutina todas las virtudes imaginables. Automáticamente el otro se convertirá en “el malo”, el enemigo, el que encarna todas las aberraciones humanas, al que hay que derrotar por lo civil o por lo criminal.

Trasládese el esquema a los medios de comunicación, quienes, de forma más o menos sutil, otorgarán cada cargo a uno de los dos implicados. Amplíese la información deportiva a más de media hora en los telediarios, o incluso sepárela en un programa propio; total, el país funciona tan bien que no hay nada mejor que contar. De este espacio, dedique por lo menos cuatro quintas partes a hablar únicamente de los dos colosos. ¿Que estamos a martes y no ha pasado nada relevante? Como decía Terminator, “no problemo”. Seguro que al delantero de turno se le ha roto una uña, o que el entrenador correspondiente ha dado una rueda de prensa para decir que le pica una oreja.

¿Cómo va a ser la mejor una liga una en la que los dos de arriba sacan más de 30 puntos al tercero?Así, de cara a quien se forme su opinión a partir del periodismo (que son muchos ciudadanos, de hecho formar es una de las tres funciones clásicas de la prensa, junto a informar y entretener), no habrá muchas alternativas. O eres madridista o barcelonista. ¿Y los otros 18 equipos? Meras comparsas. Están ahí porque hay que rellenar la competición, porque los dos grandes necesitan entrenamientos durante el resto de la temporada.

¿Que exagero? No se crean. Recorran la península y pregunten, a ver en cualquier pueblo perdido cuánta gente encuentran que digan que son de los equipos locales, y cuánta que se declara vikinga o culé. Un ejemplo: la única peña que comparte aficionados de ambos equipos no está en Madrid ni en Barcelona, sino en Granada. Otro ejemplo: en las gradas del mismísimo Vicente Calderón es fácil encontrar gente que no se declara atlética sino barcelonista, y que va a ese estadio por antimadridismo y porque, pese a las últimas ampliaciones de la red de metro capitalina, el Camp Nou les pilla lejos.

Esta desigualdad mediática, naturalmente, se acaba traduciendo en desigualdad deportiva por obra del Poderoso Caballero. Cuanto mayores sean las masas sociales, más venta de entradas y de camisetas, más cuantiosos los importes que pagan las televisiones en concepto de derechos de emisión, más permisividad política en cuanto a deudas con Hacienda, recalificaciones y demás trapicheos, más capacidad para derrochar millonadas en jugadores que marcan la diferencia… y si no la marcan, al menos no hunden las cuentas. ¿Quién si no alguno de estos dos podría permitirse gastar no ya los 96 millones de Cristiano Ronaldo o los 40 de Cesc, sino los 30 de Coentrão o los 25 de Chygrynsky?

Y sin embargo, aguantamos

No obstante, pese a que cada día lo ponen más difícil, aún queda gente que se niega a aceptar el orden establecido y, cual galo de aldea de menhires, resiste ahora y siempre al invasor y apoya sin tapujos a algún otro club. Gente sufrida, que para encontrar información de los suyos debe bucear hasta la página veintitantos de los diarios, o trasnochar hasta horas indecentes para esperar a los últimos cinco minutos del programa de radio, o fundir paquetes de pilas para el mando a distancia en busca del canal que no transmita más de lo mismo. O bien tirar de internet y agradecer la existencia de páginas como Vavel.

Son esos resistentes, además de (justo es reconocerlo) algunos merengues y azulgranas que se han dado cuenta de lo absurdamente descompensado que está el sistema, los que reconocen que la liga española posiblemente tenga los dos mejores equipos del mundo, pero no es, ni de lejos, la mejor liga del mundo. ¿Cómo va a ser la mejor una liga en la que, un mes antes de empezar, ya se sabe, con probabilidad de acierto del 120%, que el campeón será uno de esos dos? ¿Cómo va a ser la mejor una liga una en la que los dos de arriba sacan más de 30 puntos al tercero?

“Clásico” implica que siempre ha sido así, que es la forma natural de funcionarNo nos engañemos. Una liga buena es una liga competida, una en la que, si no literalmente cualquiera (las desigualdades son inevitables), sí hay un abanico amplio de equipos que podrían aspirar a ganarla. Así ocurre en Alemania, donde desde 2004 ha habido cinco campeones distintos. O en Francia, donde tras el fin de la dictadura lionesa salen a un vencedor diferente desde hace cuatro años. O en la denostada Italia, donde si bien el palmarés se concentra casi en exclusiva entre tres clubes (ya es uno más que aquí), hay bastantes otros (Lazio, Roma, últimamente Nápoles) que hasta última hora están ahí arriba apretando y con posibilidades reales. Todo esto sin citar la Premier inglesa, de la que ya habló mucho y muy bien José Manuel Díaz por aquí hace poco.

De ahí que los que no sean ni de Barça ni de Real Madrid sientan cada día mayor hartazgo ante la situación. Y más en días como hoy en que, por fin, se enfrentan entre sí y la prensa puede olvidarse del engorroso trámite de hablar, aunque sea de pasada, aunque sea como rival de turno, del resto de equipos. Entiéndase lo de “por fin” en un sentido muy generoso, ya que entre copa, liga y Champions, cada vez se encuentran más veces. De hecho, ya no resultaba creíble lo del “partido del siglo”, que es como se dio en llamar a este acontecimiento allá por los noventa; lo de que hubiera cuatro o cinco “partidos del siglo” por temporada no colaba. Tampoco terminó de cuajar la denominación de “derby”, reservada tradicionalmente a choques entre potencias más cercanas geográficamente.

Por eso se sacaron de la manga lo de “clásico”, palabro vilmente copiado a las hinchadas argentinas y sin tradición alguna aquí. Tal término no define con precisión al partido, basándonos en su definición de diccionario: no responde ni a tradiciones ni a “periodos de máximo esplendor” ni a nada parecido. Se podría aceptar por válido por pura conveniencia, a falta de otra forma mejor, si no fuera por el problema de que “clásico” implica que siempre ha sido así, que es la forma natural de funcionar. Se asume como lógica la insultante superioridad de esos dos equipos sobre los demás. Y muchos no estamos dispuestos a admitir que el fútbol español quede reducido a esto.