El 'ninja' resuelve antes de la bomba de humo
Foto: LOF.

Parece complejo hablar de fútbol tras lo sucedido en El Madrigal. Una bomba de gas lacrimógeno, que nunca debió superar los tornos del estadio del Villarreal y ni mucho menos llegar al césped, marcó el partido. La toxicidad de la densa humareda, obligó a evacuar el campo. Futbolistas a los vestuarios y aficionados a la calle. Triste. Más chocante todavía, parece la decisión de reanudar un encuentro al que le faltaban solo tres minutos y que, en lo deportivo, dejó una victoria importantísima del Celta en su camino hacia la permanencia.

Antes del humo hubo fútbol

Los dos equipos llegaban al encuentro en un momento claramente positivo. Los locales, aunque venían de perder en el Bernabéu, pero reforzado en su idea en un quinto puesto que le hace aspirante a la Liga de Campeones. Los celestes, tras encadenar tres partidos sin perder, llenos de confianza en su juego.

La incógnita de Charles fue despejada por Luis Enrique colocando a Santi Mina como nueve. En el mediocentro formó Fontàs, lo que dio la titularidad a Aurtenetxe como central. Krohn-Dehli adelantó su posición y Álex López fue el sacrificado. En los amarillos, Perbet actuó como punta, en detrimento de Jonathan Pereira.

Santi Mina cuajó una buena actuación. (Foto: LOF).

El partido empezó con un Celta dominador. Seguro. Los visitantes querían la pelota y salieron sin complejos a mandar en el partido. El Villarreal, sorprendido por la determinación visitante, guardó la posición atrás. Los minutos transcurrían. La paciencia mandaba. Apenas se generaron ocasiones en un partido muy táctico. Atascado en el medio. Solo la movilidad de Orellana y la profundidad de Santi Mina aparecían como bazas para desestabilizar a un Submarino bien plantado. Los problemas de Fontàs en el primer pase y un Rafinha algo apagado no daban continuidad y fluidez al juego celeste.

Cambio de dominador, mismas ocasiones

Con el paso de los minutos, el Villarreal se fue desperezando. Bruno Soriano tomó el mando y se adueñó del partido. El capitán amarillo imparte un clínic cada vez que toca la pelota. Por delante, la electricidad de Giovani Dos Santos empezó a poner en apuros a la zaga celeste. El mexicano, cada vez más a gusto, siempre era solución para los compañeros. Al pie, al espacio. Tocando de primeras o en conducción. Peligro. En una de sus internadas reclamó penalti, tras forcejear con Hugo Mallo. El árbitro no pitó nada.

El Villarreal dominaba pero no agobiaba

Al margen de faltas laterales y saques de esquina, bien defendidos por el Celta (extraordinaria la mejoría en esa faceta), el Villarreal apenas creó peligro. Hubo que esperar al filo del descanso. Una arrancada de Prebet en el carril del ocho, acabó en un disparo desviado tras librar a dos defensas.

Tras el paso por los vestuarios, la tónica parecía querer cambiar. El Celta introdujo un cambio. Íñigo López debutaba de celeste desde el inicio del segundo tiempo, sustituyendo a un Cabral amonestado y descentrado. El equipo gallego quiso estirarse. Santi Mina, mucho más acertado con la pelota que en los últimos choques, empezó a merodear el gol. A los tres minutos de la reanudación, enganchó una pelota muerta en el balcón del área y se sacó un latigazo con la zurda que salió muy cerca del palo derecho de la portería de Juan Carlos. Más tarde tuvo otra ocasión, tras zafarse de dos rivales con caño incluido. El canterano lleva el gol en la sangre. Cuando a ese instinto asesino le acompañe la serenidad del paso del tiempo, probablemente aparezca un delantero de primer nivel.

Mientras el Villarreal empujaba, el ninja esperaba

La línea ascendente de Celta en los últimos tiempos va paralela a la de Fabián Orellana. De descartado a factor diferencial. El chileno se exhibe partido a partido tras recobrar la confianza perdida por Luis Enrique y ya lleva así dos meses. Contra los amarillos dejó calidad con la pelota y entrega y sacrificio si ella. En la segunda parte, con la entrada de Nolito y su desplazamiento a la derecha, su participación bajó. Pero como el asesino silencioso que es, esperó su momento agazapado entre las sombras.

Los protagonistas abandonan el campo ante la toxicidad del gas. (Foto: Domenech Castelló | EFE).

Mientras tanto el Villarreal acrecentó su dominio. Cada vez con más insistencia, cada vez con más fe. El cerco a la portería de Yoel ya era un hecho, a falta 20 minutos para la conclusión del partido. Pero el portero vigués estaba tenía decidido cerrar la persiana y quedarse sin encajar por segunda jornada consecutiva. Agrandado. Con cada intervención, el rubio fue ganando confianza. Seguro. Se mostró solvente en las salidas por alto y sereno en dos mano a mano, que resolvió perfectamente. Ni Moi Gómez, ni Perbet lograron batirle. El guardamete estuvo, además, bien secundado por la defensa, que vio en Íñigo López un buen puntal para el futuro. El debutante cuajó un segundo tiempo muy serio.

El ejecutor apareció entre las sombras

Con el Villarreal dominando, pero no agobiando, se llegó al tramo final del choque. El empate a cero parecía que podía ser el resultado final. Si acaso la victoria local. Orellana tenía otros planes. El ninja esperaba su oportunidad oculto en las sombras De la forma más inesperada, el Celta desniveló la balanza. En una acción a pelota parada, de esas en las que los celestes apenas generan peligro, llegó la ejecución del Villarreal. Álex López templó al punto de penalti, a tierra de nadie. Fue entonces cuando apareció el ninja. Desde la sombras, desde el silencio. El más pequeño de todos, casi imperceptible para la defensa amarilla, remató de espaldas a la portería, con los pies en el suelo y con una precisión letal. Gol partido.

La euforia se había desatado. Orellana volvió a aparecer y el Celta confirmó que ha aprendido a competir. El Villarreal intentó irse hacia arriba, sin fuerzas y sin fe. El partido estaba acabado. ¿Lo estaba?

Del gas al surrealismo

Indicar que el Celta ha dado un paso de gigante hacia la permanencia en Villarreal, sería lo lógico tras una victoria por 0-2 ante el quinto clasificado de la Liga. Ocho puntos de distancia con la zona de descenso, 13 de los últimos 18 en juego, cuarto partidos sin perder y segundo con portería cero. Son datos relevantes, que quedan en segundo plano ante el suceso acontecido en el minuto 87. Con 0-1 en el marcador, se arrojó un objeto que un primer momento parecía ser una bengala, desde uno de los fondos de El Madrigal.

Sin embargo, la celeridad con la que los jugadores se acercaron a la banda a echarse agua en los ojos, hacía sospechar que podía ser algo peor. En efecto. Se trataba de una bomba de gas lacrimógeno, que obligó a los futbolistas a retirarse directamente a los vestuarios, y a los aficionados a desalojar el estadio. El sentido común invitaba a pensar que el encuentro se daba por finalizado. No fue así. Fernández Borbalán decidió que había que jugar los tres minutos restantes, más el correspondiente añadido. 20 minutos después, con las gradas ya desiertas, los jugadores volvieron al campo para acabar el encuentro, entre la sorpresa y la incredulidad.

El Villarreal lo intentó, pero todo lo sucedido había descentrado a los futbolistas, que fríos y faltos de fuerzas no fueron capaces de crear peligro. Cuando el 0-1 parecía un hecho, Nolito ejecutó magistralmente una falta. La barrera amarilla no saltó y el balón se alojó en la red para finiquitar el partido.

La derrota, deja al Villarreal como estaba: quinto con 40 puntos, a cuatro del Athletic, pero con un partido más. La semana que viene, visitará Cornellà con la misión de no descolgarse más en su lucha por la Champions. El Celta, por su parte, ha dado un golpe encima de la mesa en la pelea por la salvación. La derrota del Valladolid ante el Atlético de Madrid, otorga a los celestes un colchón de ocho puntos sobre la zona de descenso. Una nueva dosis de confianza en su ya reforzada moral y, sobre todo, la sensación de que el equipo mejora semana a semana.

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