Laurie Cunningham: el aplauso eterno
Foto: Bob Thomas Sports Photography

El firmamento del fútbol no solo tiene espacio para los astros que ocupan un hueco eterno gracias a legendarias carreras sustentadas en trayectorias para el recuerdo. Entre los grandes nombres, los imprescindibles para entender el noble arte del balompié, también han surcado el cielo de este deporte estrellas fugaces. Cometas que no llegan para quedarse, pero sí dejan tras de sí la imborrable huella de su paso efímero. Cuerpos con un brillo tan intenso que son capaces, antes de desaparecer, de iluminar al fútbol para hacerse inmortales.

El nombre de Laurie Cunningham no será recordado como uno de las mayores leyendas del Real Madrid. Su tiempo vistiendo el blanco fue corto, estuvo acompañado de pocos títulos y no aportó todo lo que las expectativas habían dictado. Sin embargo, detrás de la figura de lo que podría ser uno más en la lista de fichajes estelares frustrados se esconde una leyenda. La historia del madridista que consiguió que el Camp Nou, el feudo del Barcelona, eterno rival de los vikingos, aplaudiera la actuación sobre el verde de un jugador vestido de blanco. Un blanco tan brillante que dejó una marca imborrable en la historia de la rivalidad más grande del fútbol español.

Cuando el cometa parecía estrella

El cometa Cunningham comenzó su travesía por la inmensidad espacial del fútbol con el brillo de los grandes astros. Corría el año 1977 cuando un joven inglés de 21 años debutaba con el primer equipo del West Bromwich Albion. Velocidad fugaz, exquisita habilidad, portentoso físico y capacidad goleadora eran las señas de identidad de un futbolista que se mostró al mundo durante dos grandes años con el equipo inglés, en los que tuvo tiempo de presentarse ante España con una destacada actuación frente al Valencia en la Copa de la UEFA.

Fue por entonces el fichaje más caro de la historia blanca con un coste de 195 millones de pesetasSus aptitudes llamaron la atención de gran parte del mundo del fútbol, pero fue el Real Madrid quien se llevó el gran premio. El equipo madrileño vio en la luz de Cunningham a un astro destinado a marcar una época, e hizo del inglés el fichaje más caro de la historia del club hasta ese momento: 195 millones de pesetas.

Uno de los primeros 'galácticos' del Real Madrid, un pionero en la integración en Inglaterra de los jugadores negros y el primer inglés en vestir la camiseta del club merengue. Bajo el apodo de 'La Perla Negra', el nuevo dorsal 11 del equipo de Chamartín se postulaba como una de las grandes promesas del fútbol mundial.

Foto: @ollie_bache

La luz más potente de la galaxia

El nuevo cuerpo celeste que había irrumpido en el firmamento se dejó ver a muchísimos años luz en los primeros compases de su existencia. En su temporada de estreno con el Real Madrid, comenzó marcando las diferencias: parecía un atleta del fútbol moderno en la época equivocada. Su estilo a la hora de tratar el cuero era una referencia, y el Bernabéu empezaba a vislumbrar de lo que era capaz su 'Perla Negra'.

Sin embargo, no fue hasta el 10 de febrero de 1980 cuando, sin previo aviso, Cunningham se hizo un hueco en los corazones de todos los aficionados al fútbol, sin importar el color de la elástica. Nadie podía haber esperado que un inicio de campaña prometedor acabaría llevando al 11 blanco a crear un mito alrededor de su figura en apenas 90 minutos.

Foto: centrocampista.com

En la citada fecha, el Camp Nou acogió el duelo entre dos puros rivales, polos futbolísticos opuestos. Fútbol Club Barcelona y Real Madrid Club de Fútbol frente a frente en un capítulo más de una eterna disputa. Pero la presencia de Cunningham hizo de esa contienda algo más que una nueva edición del llamado 'Clásico'. Cualquier lector que se precie de la historia de los enfrentamientos entre los dos clubes dobla la esquina de la página correspondiente a esta tarde de febrero de 1980, para no perderla entre el mar de hojas y poder releerla como las mejores partes merecen.

Cunningham derribó las fronteras trazadas por el blaugrana y el blanco: el Camp Nou le ovacionó como si el partido se jugase en el BernabéuEl Camp Nou presenció aquel día una exhibición monumental única. El Real Madrid venció en el feudo culé por 0-2, pero hubo un protagonista absoluto que eclipsó a todo lo demás. Cunningham emergió como una figura imparable, una fuerza incontenible sobre el césped de Barcelona. Sus impredecibles regates e inalcanzables galopadas causaron tal admiración entre el público local, que las fronteras trazadas por el blaugrana y el blanco se derribaron para dar paso al disfrute del fútbol puro. Así, un público teóricamente rival como el barcelonista dedicó numerosas ovaciones al pelotero inglés cuando este hacía magia con el esférico. El espectáculo era tal, que solo quedaba sentarse y disfrutar.

Una jugada que quedó grabada con especial intensidad en la retina de los allí presentes fue la del segundo gol del partido. Un balón suelto en dominios del Barcelona quedó en tierra de nadie, y un defensor local inició su carrera hacia el cuero para hacerse con el control. Sin embargo, Cunningham, que también había apostado por poseer ese esférico, arrancó en clara desventaja en cuanto a metros de distancia con el objetivo y se llevó el premio dejando perplejos a su contrincante sobre el césped y a la afición en la grada. Acto seguido, asistió para materializar el segundo tanto del choque.

"Sus súbitas arrancadas y sus alardes de dominio de balón fueron premiados con ovaciones como si el partido se disputara en el campo del Madrid", escribió Alfredo Relaño en la crónica del encuentro del diario El País. Un hecho absolutamente singular para el que quizás el destino había reservado la autoría del mismo a Laurie Cunningham.

Y la estrella se convirtió en fugaz

Ni el mejor telescopio habría sabido con precisión en aquella época si el caso de este cuerpo luminoso se correspondía con una gran estrella o un simple cometa. De lo que seguramente nadie tenía certeza es que la desaparición de la luz de este astro se precipitaría a un ritmo tan endiablado como el de su explosión futbolística.

Las lesiones y el asesinato de dos de sus hijas y su cuñada destrozaron su prometedora carreraA pesar de que su eterna exhibición en el Camp Nou dio pie a todo tipo de pronósticos relativos a la proyección de Cunningham, el trazo que dibujaba la trayectoria del 11 del Real Madrid comenzó a torcerse. El encadenamiento de varias lesiones privaron al inglés de su mejor forma, y junto al lastre de los problemas físicos llegó el enorme golpe que supuso el asesinato de dos de sus hijas y su cuñada.

El cielo de Cunningham se llenó de nubes y nunca volvería a verse por Chamartín a esa 'Perla Negra' que enamoró en su tiempo a todo seguidor del fútbol. El precipitado final llegó finalmente en 1983, cuando volvió a Inglaterra para probar suerte en el Manchester United. Dejaba atrás una etapa de blanco en la que había anotado 20 goles en 66 partidos oficiales.

Foto: centrocampista.com

A partir de este momento, nada pudo parar la caída cuesta abajo de la carrera de Cunningham. Jugó en el Sporting de Gijón, Olympique de Marsella, Leicester City, Charleroi, Wimbledon y finalmente regresó a la capital para defender los colores del Rayo Vallecano en 1988.

Consiguió el ascenso en su primera temporada con la escuadra de Vallecas y ya se estaba gestando su renovación con el club rayista, pero la vida no quiso que el recorrido del cometa prolongara su curso. El 15 de julio de 1989, Cunningham falleció en un trágico accidente de tráfico. Y con él, se apagaba un astro que había brillado con más fuerza que nadie en sus días de gloria.

La estela de 2014

Caprichos del destino, meras coincidencias o simples imaginaciones de quien firma este artículo, 25 años después de la muerte de Cunningham otro joven de habla inglesa realizó un homenaje por todo lo alto al portento que antaño había dejado sentados a sus defensores gracias a su descomunal potencia.

Casualmente, se trata de un jugador también procedente del Reino Unido y de nuevo portador del dorsal número 11. En el 2014 que se cierra, una secuencia ya es parte de la historia del madridismo: el gol de Gareth Bale en la final de la Copa del Rey. El galés, tras ser empujado por Marc Bartra fuera del terreno de juego, luchó contra los elementos y la enorme desventaja para alcanzar a la carrera un balón imposible y anotar en la recta final del choque el gol de la victoria. Un gol con una carrera que, como la que hizo Cunningham 34 años atrás en el Camp Nou, hizo posible lo que parecía imposible.

Quizás fue 'La Perla Negra' quien quiso dar un impulso extra a su compañero de territorio natal y dorsal, cerrando así un círculo que había quedado imperfecto. Quizás fue la estela eterna de lo que un día fue un potente cometa. Quién sabe.

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